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Papá Noel en su versión sabor cola.

Ya sé que pasó la Navidad y el Año Nuevo, pero aprovecho la proximidad de Reyes para la publicación de este post. El título no tiene nada que ver con que un año más tiramos con la familia una fortuna a la basura por un “gordo de Navidad” que nunca ganaremos y que año tras año me rehúso a pagar pero termino pagando. El título, en realidad, tiene que ver con aquellas épocas en las que aún no habíamos sido invadidos por la cultura consumista que alcanzó a las Fiestas, y no existía el Papá Noel rescatado por Coca Cola, sino que los más pequeños esperaban ansiosos al “Niño Dios”.

Conversando con un gran amigo, con algunos años más que yo, se me ocurrió preguntarle por cómo eran sus fiestas de pequeño, hace muchos años, cuando ni siquiera tenían heladeras para mantener fresca la sidra con la que brindaría. Me resulta fascinante preguntarle a los más grandes por las costumbres que a veces nos resultan tan comunes y que eran bastante diferentes tiempo atrás. La locura de los comercios del centro para conseguir el autito con la foto del dibujito de moda, o la muñeca que baila y hace burbujas de colores, o la ametralladora que tira balas de verdad pero de mentirita, la gente entrando y saliendo de los locales, chocándose unos a otros y esperando hasta último momento para hacer la compra, no es lo que se veía años atrás. Tampoco lo eran los usos de la pirotecnia, o lo que se devoraba en la comida, o se tomaba.

Como dijimos, primero y principal, los chicos esperaban el paso del “Niño Dios”, era una fiesta mucho más relacionada con lo religioso. Se esperaban los regalos como ahora, pero el que los traía no era un panzón con traje de invierno en pleno verano. Los chicos tenían que portarse bien durante el año y todo, pero la recompensa era mucho más austera, dependiendo de las posibilidades de cada familia. Por supuesto que no existía la oferta en juguetes que existe ahora, así que las posibilidades no variaban mucho de un autito, una pelota, una muñeca o un triciclo para el más pudiente.

La comida estuvo siempre presente, pero era algo simple, algún bichito a la parrilla o algo preparado frío. Sin olvidarnos de los sorteos de mesas servidas, que más tarde eran compartidas por todos en el pueblo. Como no había mucha luz, ya que en algunas localidades se cortaba a cierta hora de la noche, no se extendía hasta la madrugada el festejo. Ahora es frecuente transitar la ciudad y ver que las familias sacan todo a la vereda y con la música a todo volumen dan forma a un importante bailongo, sumándose quien lo desee a la celebración. Antes pocos tenían equipos de música, y muchos menos radios a baterías como para sobrevivir al momento del corte de luz, por eso si no se acudía a algún baile que se hubiese organizado en el poblado, la fiesta tenía poca duración.

Decíamos que no había luz y por eso tampoco música, pero por supuesto que mucho menos había heladera. Me contaba mi amigo de cómo sus abuelos bajaban en un canasto de mimbre la bebida al aljibe, donde se conservaba fresca en el agua. A la hora de la cena o del brindis, la sacaban y estaba helada. Otros que preferían ponerla en la bacha de material donde se lavaba la ropa, con una barra de hielo arriba para que mantuviera el punto fresco obligado para estos tragos.

Eran costumbres diferentes para estas fechas, lo que no implica que sea mejor o peor. Lo importante es que se mantengan ciertos valores, que sigan siendo los más viejos los que estén al centro de la mesa, compartiendo con los más pibes, y disfrutando de una bella cena familiar. Salud!

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Que todos tengan una Navidad con los que quieren.

Una cosa linda me pasó ayer, que animó en cierta medida la recepción de la Navidad. Estaba trotando en un parque de mi ciudad y a lo lejos veo a un grupo de niños que marchaba con pancartas con las siguientes leyendas: “Regalo abrazos”, “Regalo sonrisas”. Pensaba que se trataba de algo simbólico, como invitando a la ciudadanía a estar un poco más alegres y juntos para estas fiestas, y dejar de lado todas las preocupaciones de fin de año, normalmente vinculadas a lo económico. La cuestión es que mientras me les acercaba, casi bromeando, abrí los brazos como para recibir los regalos que proponían, y todos se vinieron al humo. Realmente sus regalos, para estas fiestas, consistían en abrazos y sonrisas. Cualquier persona falta de corazón pensaría que, claro, con esta economía no alcanza más que para eso. Pero creo que es más caro que cualquier otro presente, pues pocos se animan a recibir un gesto de cariño del prójimo, y menos aún ofrecerlos. “Felices fiestas”, dijeron los pibes, y me fui corriendo luciendo una gran sonrisa.

Capaz que de eso se trata esta época del año, de un tiempo con los que uno más quiere. Va más allá de una creencia religiosa, se ha superado esa definición para que la Navidad se convierta en una fiesta de todos. No importa si uno es católico, o si festeja el año nuevo en otra época del año, o si no coincide con una celebración que parece impuesta desde el extranjero. No hace falta tener el pinito armado, o comer un pan dulce, o tirar cañitas voladoras, lo importante es compartir un rato todos juntos, disfrutar de ese momento. Algunas organizaciones impulsan actividades en las que los que más tienen le dan una mano a los que menos tienen, para comer juntos en Noche Buena, en una misma mesa, intercambiando historias y brindando todos juntos cuando el reloj da las 12.

Decía que no es necesario tener algunas cosas, pero no niego que ayudan a la escena. Es como si en un 25 de Mayo no hay locro, o faltan los huevitos de chocolate en Pascuas. El pinito, el verde, rojo y blanco, las luces de colores decorando de fondo, la garrapiñada y el turrón blanco con maní que nadie puede ni doblar de lo duro que es, el pan dulce, el brindis con la sidra, las cañitas voladoras iluminando el cielo, los chicos correteando por ahí ansiosos por la llegada de Papá Noel, la radio en una frecuencia de AM que espera la cuenta regresiva de medianoche con villancicos grabados originalmente en 1934, la mesa larga, la sobremesa, las anécdotas del abuelo, son todas cosas que le dan a esta fecha un gustito especial, y uno puede disfrutarlas sin importar su credo o la clase social a la que pertenece.

En otra oportunidad les contaré de cuando ví el trineo de Papá Noel cruzando el cielo, justo cuando pasaba por la altura de la luna, o de cómo no podía entender que recibía más regalos de lo que había pedido originalmente, gracias al afecto de una numerosa familia. Pero por el momento cierro el post recordando esos segundos que parecían una eternidad, en los que me dirigía desde el patio de mi casa, donde miraba el cielo iluminado por los fuegos artificiales, hasta el living, donde estaba el pinito. Corría bien rápido, creía que le pisaba los talones al viejo barbudo, incluso tras ver los paquetes con moño y todo, seguía de largo y abría la puerta de la calle para ver si lo atrapaba. Pero no, ya no estaba, aunque me daba vuelta y quienes sí estaban era mi familia, todos sonrientes y brindando por la feliz Navidad. Felicidades a todos! Hasta la próxima!

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Asado a lo Mallmann en Alpa Corral.

Cuando anuncié la apertura del blog comenté que, entre otras temáticas, hablaría de los maravillosos paisajes que se pueden descubrir si se recorren las rutas argentinas. Por suerte, mi familia tuvo siempre la costumbre de viajar y conocer el país. Por eso mis padres nos llevaban, a mi y mi hermana, a vacaciones en ciudades del sur, algunas próximas a las cordilleras y otras del mar argentino. Más de grandecito, y ya sin mis viejos, tuve la posibilidad de conocer el norte y algunas provincias más a las que no había ido nunca.

Todos los paisajes de nuestro país tienen sus condimentos. Las montañas nevadas del sur, los colores de la tierra en el norte, las flores de la mesopotamia, el perfume de las pampas, y por supuesto que los alfajores de la costa. Pero en este momento me referiré a lo que tengo más cerca y, por lo tanto, con un lugarcito especial en el corazón. Córdoba, mi provincia, sea como sea y esté como esté, va tener siempre una consideración especial, y sus sierras serán ese lugar soñado para vivir.

Desde que nací fui a veranear una localidad que se llama Alpa Corral, y pertenece a la zona sur de las sierras. Cerca están otras localidades igual de bellas como Las Albahacas o Achiras, mientras que hacia el norte está el valle de Calamuchita, con lugares increíbles para visitar como Santa Rosa, La Cumbrecita, Villa del Dique o Villa General Belgrano. Finalmente, cruzando la sierra, nos encontramos con Mina Clavero, Nono y Cura Brochero, entre otros, todos espacios que no sólo nos maravillan a los argentinos, sino que son destinos turísticos de pobladores de todo el mundo.

En el fondo las montañas, con sus árboles, sus flores, todos sus colores que lentamente se incrustan en las nubes. La piedra, el perfume de los yuyos que toda señora se lleva de recuerdo para condimentar el mate. El sonido del agua que baja por el río y el cantar de cientos de aves que bailan arriba. Podría estar todo un día describiendo cada uno de los elementos que van dando forma a estos pequeños paraísos, seguramente muchos de ustedes incluso coincidirán conmigo con las descripciones. Pero lo que pasa es que, como dice un viejo cartel en la salida de Alpa Corral: “Conocer es volver”.

Regreso nuevamente a este pueblito de las sierras porque es el que más conozco. Mis abuelos tenían casa en el medio de la montaña, a varios kilómetros del poblado, y desde que tuve un par de meses hasta la semana pasada, he ido todos los años, sin excepción, a pasar al menos un día en el lugar. Toda la familia disfruta de estas localidades y aprovecho mi experiencia para graficar lo que digo.

De niño, muy pequeño, me llevaban al río, donde jugaba con la arenita y disfrutaba del agua. Más tarde, podía corretear entre los árboles y me enseñaron a pescar (las truchas de la zona son muy ricas). Me hice de mis amigos y cuando tenía edad, me iba en bici hasta el pueblo para jugar al fútbol. No faltaron nunca las “expediciones” a lugares poco conocidos y perdidos en el monte. De adolescente comencé a salir de noche, fogones y guitarreadas, boliches y viajes en carpa. Después los viajes con mi pareja y, hace un par de años, con la familia completa y mostrándole todos estos lugares a mi hija.

La semana pasada fuimos a pasar el día. Prendimos un fueguito sobre la arena a menos de una baldosa del agua. Me sentía Francis Mallmann en uno de sus programas. Mientras soñaba con poder vivir algún día en ese paraíso, veía a mi hija nadar solita en el agua por primera vez.

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¡Felices fiestas a todos!

Si uno se quisiera poner a jugar al “Feliz Domingo”, imitándolo a Soldán, podría pedir: “Sin soplar ni repetir, nombre las diferencias de los festejos navideños que se ven en las películas con las que vivimos los argentinos todos los años”. La respuesta que primero vendría a la mente es: “Acá no nieva”. Y no, claro, estamos en verano por estar en otro hemisferio. Pero esa misma respuesta da forma a  la Navidad festejada en Argentina, con todas sus características particulares y con su encanto único.

Nuestras reuniones se caracterizan por aunar a toda la familia. En general, son grupos numerosos, cinco hijos por allá, los primos que vienen de Buenos Aires, el tío que presenta a su novia. Además siempre hay lugar para algún vecino que no tenía dónde pasarla o un amigo que no se fue con su familia porque no tenía un mango. En mi caso, todos los años llegamos a superar las 30 o 40  personas, y son muy pocas de ellas con las que comparto sangre.

Eso es lo más lindo de nuestro festejo navideño (por supuesto que también el de Año Nuevo), que por un momento se olvidan las diferencias y se deja de lado todo el stress que se lleva acumulado del año. La mesa es larga y por lo general en el patio, buscando un poco de aire fresco en medio del verano. Con el cielo como techo y una radio sonando de fondo con la cuenta regresiva para la llegada de Navidad.

Por supuesto que no puede faltar el asado, comida única para festejar momentos importantes. El fuego listo desde temprano y más de uno acompañando al asador. La carga religiosa de la festividad se ha ido perdiendo lentamente con el paso del tiempo, aún no ha desaparecido, pero son pocos los que esperan las 12 de la noche con algún motivo más que el del brindis.

En otros países se hacen hasta concursos para ver quién decoró mejor su casa. Acá no es uno de los puntos fundamentales a tener en cuenta en la organización. Mientras que estén todos avisados a qué hora deben presentarse, qué tienen que llevar y contemplar que haya suficiente comida y bebida, el resto es irrelevante. – “Vos llevá pionono, vos un vitel toné”. – “Yo llevo una torre de panqueques”. – “No, eso es una porquería, más vale traete una ensalada rusa”.  Diálogos propios de esa organización.

Ahora, hago una aclaración sobre nuestros festejos. Si la economía hogareña no está en condiciones como para darse el gusto del lechón a las brazas o un buen champagne para brindar, eso no va a empañar la celebración. Lo importante es reunirse, reírse con los chistes del primo, escuchar las anécdotas del abuelo, ver a los más chiquitos corretear y esperar ansiosos los regalos de Papá Noel, probar una buena porción de la ensalada de frutas que hizo la vieja y disfrutar, si se puede de las luces de las cañitas que tira el tío, sino se disfruta de todas las otras que se tiran en la cuadra.

Más tarde, llega el turno de los turrones, garrapiñada, pan dulce y tantas cosas que durante el año quién sabe adonde van a parar. El saludo con cada uno de los presentes a las 12 en punto y la charla cordial que lentamente se va orientando al baile. En general cuarteto, chamamé o cumbia, dependiendo de la zona en la que uno viva, siempre contemplando que sea un ritmo movedizo y para celebrar.

La alegría también puede ser argentina, y eso se va a ver en cómo mantengamos nuestras tradiciones, nuestros rituales, nuestros festejos. Cómo vivimos estas Fiestas es parte de lo que somos y de lo que no se tiene que perder en las futuras generaciones.

A todos, felices fiestas. Que la pasen con quienes quieren y disfruten mucho. Eso sí, ¡cuidado con los corchazos!

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