El nombre de su padre polaco puede parecer un trabalenguas, de esos de difícil lectura a pesar de su poca cantidad de letras (no como el mío que la dificultad para la lectura pasa por otro lado). Sin embargo, el suyo, el artístico y reducido, era más simple, como lo que escribía, como para que lo leyeran todos y disfrutaran de la literatura sin la obligación de ser de la clase alta y paqueta de la época. Se lo recuerda fundamentalmente por su pluma, ya sea como escritor, dramaturgo o como periodista, pero pasó por varias profesiones desde muy pequeño, entre ellas inventor y hojalatero, que lo formaron desde las calles. Roberto Arlt, el cronista del mundo, es sin dudas uno de mis escritores favoritos, y aquí lo retomo con algunos de sus trabajos.
“Como todos los seres. humanos he localizado muchas mezquindades en mí y más me agradaría no tener ninguna, mas al final me he convencido que un hombre sin defectos sería inaguantable, porque jamás le daría motivo a sus prójimos para hablar mal de él, y lo único que nunca se le perdona a un hombre, es su perfección“, decía Arlt en una de sus aguafuertes porteñas, esas que publicaba en el diario “El Mundo“. Seguía en ese artículo titulado “Soliloquio del solterón”: “Hay días que me despierto con un sentimiento de dulzura floreciendo en mi corazón. Entonces me hago escrupulosamente el nudo de la corbata y salgo a la calle, y miro amorosamente las curvas de las mujeres. Y doy las gracias a Dios por haber fabricado un bicho tan lindo, que con su sola presencia nos enternece los sentidos y nos hace olvidar todo lo que hemos aprendido a costa del dolor“. Elegí ésta como podría haberlo hecho con cualquiera de sus columnas que comenzaron a publicarse desde 1928, reflejando una realidad muy dura de los marginados, de la gente de mala vida, de personajes oscuros que llegó a frecuentar y que al día de hoy se mantienen tan vigentes.
A sus aguafuertes se suman las que escribió en Europa, en su viaje por España, y por aquellos años dio forma a sus dos novelas más recordada: “Los siete locos”, y “Los lanzallamas”. En aquellos libros, Arlt contaba la historia de un grupo de personas, pertenecientes a este mundo de las sombras que tanto le gustaba, que buscaban realizar una insólita revolución. Era una crítica durísima de la sociedad de la época, pero como digo, que se podría aplicar al día de hoy. “Llegará un momento en que la humanidad escéptica, enloquecida por los placeres, blasfema de impotencia, se pondrá tan furiosa que será necesario matarla como a un perro rabioso“, decía el Astrólogo, uno de los principales personajes de la historia, en uno de los tantos discursos que dan forma a ese maravilloso texto.
“El juguete rabioso”, “El amor brujo”, “El jorobadito”, “Saverio el cruel”, “Las fieras”, son algunas de las otras producciones de nuestro genio porteño que falleció a los 41 años. Un tipo que en su momento fue criticado por su modo de escribir, alejado del estilo europeo en el que se manejaban muchos de los literatos de la época, y que supo marcar un modo propio de escribir en medio de las disputas entre los miembros de Boedo o Florida. Seguramente retomaré a mi amigo Arlt en otras oportunidades, quizás deteniéndome más en algunos de sus textos. Por ahora los dejo con un parrafito que me encanta de “El juguete rabioso”, que dice: “Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra y de que todo es nuevo, flamante, hermoso. Entonces abrazaría a la gente por la calle, me pararía en el medio de la vereda para decirles: ‘¿Pero ustedes por qué andan con esas caras tan tristes? Si la vida es linda, linda… ¿no le parece a usted?’“. Hasta la próxima.
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