Dicho en Criollo

Archivo
Etiqueta "malambo"

 

Los bailarines demuestran su destreza.

Debo reconocer que no soy el más idóneo en las músicas folklóricas argentinas, pero al menos de lo poco que conozco, lo que más me gusta es el malambo. Por el ritmo, por sus danzas, por esa suerte de posesión que se alcanza con la mezcla del ruido de los bombos, las boleadoras, y ruido de las botas contra el suelo.

La mirada en alto de los bailarines, que demuestran sus destrezas sacando pecho, con las piernas moviéndose a velocidades increíbles y, si llega a tratarse de una coreografía grupal, la coordinación entre los bailarines arriba del escenario. Todo da lugar a un espectáculo fascinante, que me conmueve cada vez que lo encuentro. Ahí se ven realmente los buenos bailarines, con esa habilidad que parece imposible de alcanzar.

Recuerdo haber intentado algún zapateo para los actos de la escuela, pero fracasé una y otra vez, siempre parecía que le pedía a mis piernas que hicieran algo mientras les hablaba en un idioma totalmente errado. Por eso, cuando veo a los bailarines de malambo me inunda la admiración. Más si en medio de la coreografía trabajan con boleadoras o los facones, seguramente saldría muy lastimado quien intente una pieza de malambo conmigo.

Leyendo un poco sobre los orígenes de esta danza, me encuentro con que tiene sus orígenes en Perú, al menos muchos historiadores así lo manifiestan. Con la aclaración que prácticamente todas las culturas han incorporado en sus bailes movimientos similares con los pies a los de nuestro zapateo. Rápidamente puedo recordar lo que hacen los bailarines de flamenco o de algunas danzas celtas.

Rescato uno de los textos referidos al malambo que publica en su sitio Web el Festival Nacional del Malambo, que se realiza en la localidad de Laborde. El relato data de 1883, y es de Ventura Lynch. Dice: “Dos hombres se colocan el uno frente al otro. Las guitarras inundan el rancho de armonías; un gaucho da principio, después para, sigue su antagonista y así progresivamente; muchas veces la justa dura de seis a siete horas. En el Bragado, en 1871, vimos un malambo que duró casi toda una noche, constando de setenta y siete figuras diferentes por cada uno de los bailarines“.

Luego continúa el texto: “El auditorio está pendiente de los pies de los danzantes que escobillean, zapatean, repican, ora arqueando, inclinando, doblando y cruzando sus pies, cuya planta apenas palpita sobre la tierra (…). Los espectadores aplauden, gritan, se cruzan apuestas a favor de uno y otro y hasta las mujeres y los niños participan del frenético entusiasmo que les comunica aquel precioso vértigo“.

Hay distintos tipos de malambo, que van variando de acuerdo a la zona en la que se lo practique, el tipo de música que se use y hasta la vestimenta. En este sentido, capaz que las que más me gustan son las coreografías en las que los bailarines usan las botas de potro, esas que no tienen suela. Ahí se resigna en gran medida el sonido que provoca el golpe de los pies en el suelo, pero a la vez se gana con la mística del baile y hasta su elegancia, obligando al bailarín a una mayor destreza.

No hay que olvidarse lo desestructurado del baile, cómo cada artista va elaborando sus “mudanzas”, o zapateos, de acuerdo a lo que le inspira el momento, el ruido del bombo y el sentir de sus piernas. Dicen que la palabra “malambo” tiene origen africano, y es inevitable pensar, al ver estas danzas, en las acciones de las antiguas tribus bailando al ritmo de los instrumentos de percución, con su alma expresándose desde lo más profundo. Otro ejemplo de nuestras raíces, las raíces del país que aún se disfrutan en nuestros escenarios. Hasta la próxima.

Leer más