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El vaporcito del locro, otra de nuestras postales.

Siempre se habla de lo que hace falta como para sentirse realizado en la vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro (ahora le suman también: donar un órgano). Desde mi poca experiencia en este planeta Tierra yo a estas afirmaciones les sumaría algunas más, como aprender a trabajar la madera, saber hacer pan o conocer el mar y la montaña. Por el momento estoy lejos de ser un buen carpintero o maestro panadero, pero al menos puedo echar pifia de haber conocido las olas y el viento de las sierras.

Éstas son cosas que creo hacen al hombre, y no lo digo en su relación al género masculino, sino al ser humano en general. Porque ya hemos aprendido que no es cierto que para los trabajos que requieren el uso de la fuerza sólo sean aptos los hombres, ni que en la cocina solamente las mujeres se pueden mover con habilidad. Ahora, ¿cuáles serían las cosas que hacen al argentino? ¿Qué debe hacer en su vida una persona nacida en nuestro país para que el día del juicio final, a la hora de mirar para atrás y hacer un balance, diga con certeza que cumplió como argentino?

Seguramente la lista sería muy larga, y no podrían faltar en ella la visita de algunas de nuestras hermosas ciudades, o disfrutar de algunos de nuestros grandes artistas, o jugar un picadito de fútbol, o aprender a bailar tango. Aquí quizás vuelven a presentarse cosas que son discriminadas de acuerdo al género del argentino en cuestión, como lo que tiene relación al deporte o lo que estaría vinculado a las danzas. De todas formas, todos estamos en condiciones de pasar por estas experiencias, como la de comer dulce de leche con el dedo, o tomar mates con las patas descalzas en el pasto, o comprarnos un poncho rojo como los de los hombres de Gúemes.

Toda esta reflexión surgió por encontrarme pensando en nuestras comidas típicas y al tomar noción de que no sabía cómo preparar algunas de las claves, como es el caso del locro. ¿Cómo haría para transmitir a futuras generaciones costumbres bien argentinas como la preparación de este plato, si ni siquiera había probado elaborarlo? Más o menos me la rebusco con todo lo que se cocine a las brazas, he aprendido a hacer mazamorra y a cebar unos mates medianamente decentes, algo conozco de la fabricación de tortas fritas y para los borrachines cómo se arma una rica sangría en el verano. Sin embargo, nada sabía del locro más que me encanta comerme una buena porción los días de fiestas patrias.

La idea acá no es contar cuál es la receta del locro, la verdad es que hay varias y cada uno lo elabora a su gusto, con más de un ingrediente que otro, con distintos tiempos de cocción y tantas otras cositas que puedan ir sumándose. Para ir armando la receta que finalmente pondré en práctica en el mediodía de hoy, día de la Bandera (después les cuento cómo me fue finalmente), hablé con muchas personas que lo venían haciendo desde hace años, y para quienes en algunos casos fui comensal. Aquí otro de los puntos que me parecen fundamentales para el desarrollo de la persona, y que el día de mañana intentaré transmitir a mis hijos, el hablar con la gente, escuchar lo que tienen para decir, conocer sus experiencias y así aprender para poner eventualmente en práctica en las nuestras.

Leer nuestra historia, saber de memoria un poema de Gelman, ver el gol de Maradona a los ingleses en el ’86, caminar por Caminito, hacer dulce de leche, escuchar a Gardel, conocer la fuente de las Nereidas de Lola Mora, son algunas de las cosas que se sumarían a la lista. Hoy, por lo pronto, puedo sumar la de preparar locro a mi lista. Hasta la próxima.

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La prueba de fuego para las transeúntes.

La verdad que no iba a tratar este tema para la carga de hoy, pero viniendo para la redacción del diario vi varios casos similares de un mismo fenómeno que me llamó la atención. Seguramente no es una de las temáticas más interesantes para tratar, pero me causó gracia y me hiso reflexionar sobre lo frecuente que es ver situaciones como estas en nuestro país, fundamentalmente en lo que se discrimina como “interior”.

Días atrás veía la película “De Caravana”, producción que se ha tomado como referencia del cine cordobés. Una escena me pareció muy representativa de lo que ahora quiero tratar. En un momento frena en medio de la calle un vehículo en el que viajaban los protagonistas. Se bajan y se desarrolla la acción. Dos personas, ajenas a la historia, que se encontraban haciendo labores en la pared de una casa en el fondo, se incorporan al diálogo y, gritando desde donde estaban, se hacen parte de la escena.

Ese diálogo con extraños, con personas que uno apenas puede haber visto alguna vez o que nunca tuvo la posibilidad de tratar, es el motivo de esta carga. La verdad que me gusta más escribir sobre esas costumbres que veo propias de nuestra cultura antes que los logros de algún personaje célebre. Porque dan realmente cuenta de cómo nos comportamos los argentinos. He visto en algunas parodias extranjeras, en las que realizan personajes latinos estereotipados, que también los hacen gritones o metiches. La verdad que mi experiencia de paseo por otros países no ha dado cuenta de que el comportamiento sea igual al que me refiero de nuestras tierras.

Un ejemplo puntual es el de las gastadas por el resultado de un partido de fútbol. Sabemos que para el argentino “la pelota no se mancha”, como decía el Diego, este deporte es sagrado, y también lo es el sentimiento del hincha. Por supuesto que las bromas tienen mayor lugar en los clásicos de cada ciudad, provincia o los de nivel nacional. River vs Boca siempre generaron la mayor cantidad de gritos en la calle, incluso estando ahora en diferentes categorías.

Lo particular es que, por más que la víctima de la cargada se ofusque, se traga la bronca y espera hasta la próxima oportunidad para vengar el agravio. No niego que en algunos casos los encontronazos llegan a tener que resolverse como si se tratase de púgiles, pero no es lo normal. Resulta muy gracioso escuchar cómo uno bromea y más aún cuando se trata de frases elaboradas originalmente.

Otro ejemplo pasa por los piropos. Aquí también resulta muy atractivo observar la originalidad en las declaraciones y no caer en un simple, sexista y hasta agresivo: “Mamita!!!!”. Lo bueno es que no se salva nadie, es algo que va más allá de las convenciones de belleza de cada momento, todos reciben en algún momento un piropo. Por supuesto que son más las mujeres que los hombres que resultan objetivo de los gritos, pero eso pasa por una cuestión de cuan desinhibida puede ser la persona. Las metáforas, analogías y todos los recursos retóricos posibles son empleados en estas palabras que se suelen escuchar por las calles.

 Los ejemplos pueden ser varios, de hecho invito a que ustedes piensen en algunos más. Hay algunos más amigables, otros más agresivos, no falta el que grita: “¡Pelado!”; o “¡Suegro!”; o las infaltables y hasta insoportables manifestaciones de los conductores de autos como “¡Anda a lavar los platos!”. Dejamos para la próxima otros gritos que son más ricos para el oído, como el del vendedor de choripanes. Un abrazo y nos vemos!

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Minguito con la Santa Milonguita.

Era una de esas personas que parecen haber sido absorbidas por sus personajes. Una suerte de Charles Chaplin con su vagabundo, pero bien argentino. Con su sonrisa y su humor para todos, nos divirtió desde la radio, la televisión y el cine.

Elegí a Juan Carlos Altavista para la primera carga relacionada al humor y la televisión por su simpleza. Al menos así se mostraba, como un hombre de “rioba”, como diría tiempo después el personaje que lo inmortalizó. Ante esa indumentaria alocada y esas palabras difíciles que se le cruzaban, era imposible no sonreír. “Bestia, así no se dice”, lo retaría alguno de sus interlocutores. “Sé gual…”, le respondería con simpatía, y seguiría enroscándose con el palillo bailándole en la boca.

De una camada con numerosos capocómicos que hicieron historia, Altavista se destacaba por sus chistes sanos, de los que se podía reír todo el mundo y que no caían pesados. No necesitaba acudir a lo escatológico, como hicieron muchos por aquellos años, para despertar una gran sonrisa en su público.

Nació en Buenos Aires, en 1929, y durante toda su vida estuvo cerca de las tablas. Pasó por el radioteatro y llegó a la televisión. Quizás pocos saben que participó en más de 50 películas, pero todos lo recuerdan de sus participaciones en “Operación Jaja” o en las primeras emisiones de “Polémica en el bar“, siempre con su inolvidable personaje: Minguito Tinguitella (aquél que creó junto a Juan Carlos Chiappe).

Insisto en lo de Chaplin porque desde su aspecto despertaba la alegría. La camisa prendida hasta arriba, con el saco desalineado y con el sombrero tapando un pelo despeinado, sumado a las alpargatas y el palillo, daban forma a un personaje único que rozaba el delirio. Ese que hablaba dando vueltas las palabras y hasta en capicúa, algo común en los barrios porteños.

Yo lo descubrí con la película “Mingo y Aníbal contra los fantasmas”, una de las tres que haría con Juan Carlos Calabró de esa serie (también hizo “Dos pelotazos en contra” y “En la mansión embrujada”). Pero lo llegué a conocer recién en la televisión, con todas sus ocurrencias y su inentendibles diálogos (todavía retransmiten el programa los domingos al mediodía por Volver).

En Supermingo, el programa que en 1987 llegó a superar a “No toca botón” en el rating, tuvo momentos que quedarán para siempre en la historia de la televisión argentina. Se acercaba a personajes, que seguro serán objeto de futuras columnas de Dicho en Criollo, como Sandro, Monzón, Gabriela Sabatini o Lola Torres con toda su familia, y los trataba como si fueran amigos de toda la vida. Seguramente lo eran, porque Altavista parecía uno de esos tipos a los que quiere todo el mundo.

De todas formas, mi encuentro favorito fue el que tuvo con Maradona. El 10 lo visitó cuando estaba jugando en el Napoli y la magia que se veía desde ese estudio de televisión era inigualable. Mingo le dijo que tenía un sueño, atajarle un penal. El Diego le pidió ser Minguito por un momento y se puso el gorro, bufanda y palillo. Hasta le confesó al oído la verdad sobre el gol con la mano a los ingleses, a lo que el actor respondió con una carcajada cómplice. Después de separar los muebles y hacer lugar para una cancha imaginaria, Mingo se arremangó los pantalones y frenó el simbólico disparo del 10.

A los 60 años, en 1989, Juan Carlos Altavista falleció por una afección cardíaca. Casualmente fue un 20 de julio, Día del Amigo. Yo en ese entonces tenía solamente 6 años, pero quizás con los años hubiera podido tenerlo de gomía. Después de terminar una carga similar a esta, y por esas cosas de Internet, se me borró todo lo escrito. Me lo imaginé a Mingo diciéndome: “¿Qué hacé tri tri?”, “Todo mal, se me borró todo”, “Vení que te doy una noma“…

La última, y esta quizás es solamente para el público masculino, un lujito de Altavista. En 1968 el actor interpretó a uno de los personajes que se acuesta en el histórico camión frigorífico con la mismísima Coca Sarli en la película “Carne”. “Hay que levantarle un manolito“…

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Capturas de "la mano de Dios".

Así se confesó Maradona en su autobiografía, muchos años después de aquella jugada que quedó para siempre en la retina de los argentinos. Seguramente me detendré más adelante en otros artículos para hablar de lo que es el fútbol o lo que fue el mundial del ’86 para nuestro país, pero ahora quiero hacer hincapié en esta histórica jugada. Por lo que implicó en el partido y lo que significó en todo su contexto histórico.

Yo recién había nacido, apenas tenía dos años y la verdad que no me acuerdo nada de ese momento, pero al monumental salto (y uso ese adjetivo con una pizca de mala intención, aunque pueda generar un total descontento en el 10) lo he visto cientos de veces en fotos y videos. Tan significativo fue, no sólo para los argentinos sino que para todo el mundo, que ni siquiera el mejor gol del siglo logró que se borrara “la mano de Dios” de los libros de historia.

En su enfrentamiento contra el alto arquero inglés Peter Shilton, Diego Armando Maradona sintetizó esa picardía que caracteriza al fútbol argentino, eso que le da el potrero y que no tienen ni los mejores seleccionados del mundo. Fue una de esas pequeñas trampas que hacen del deporte un juego y que te dejan sonriendo largo rato. Seguro que a varios le llegó la imagen del Diego haciendo jueguito con el arco de madera de fondo y el piso de tierra, cuando decía que su sueño era jugar en la selección.

No soy uno de esos devotos de la iglesia maradoniana, de hecho casi que no simpatizo con ninguno de sus comportamientos en la vida social, pero verlo adentro de la cancha es increíble. Insisto, no fui de esos que lo vio mucho en vivo, salvo algo del mundial de Italia y lo poquito del de Estados Unidos. De todas formas, esa velocidad, la zurda y la picardía fueron propias de su juego.

Ni bien entró la pelota al arco salió festejando como si nada hubiera pasado, como si hubiera sido un lícito gol de cabeza. El árbitro convalidó el tanto y los ingleses le salieron al humo. Ni siquiera consultando con uno de los auxiliares sacó otra idea que no fuera la de la total legalidad. Es más, uno tiene que reproducir el video en cámara super lenta para notarlo. La fotografía del mexicano Alejandro Ojeda Carbajal quizás fue la única que sirvió como prueba del “delito”.

Ahora, hay que analizar otros puntos que hicieron a este gol aún más grande. No sólo que fue en un mundial, también que ganamos ese campeonato. Nadie recuerda con la misma intensidad el pase a Caniggia en el gol del ’90, por más que haya sido contra Brasil. Pero además, el del Diego fue ante Inglaterra, uno de los más grandes de la historia del fútbol, y país con el que Argentina venía de enfrentarse en una terrible y desigual guerra.

Es feo, pero creo que éso también influyó. Hacía poco veíamos a nuestros jóvenes sufriendo en Malvinas, y para muchos el dolor era muy grande. Aquello ayudó a que el grito fuera más y más fuerte, el abrazo más estrecho y que la sonrisa cómplice de todos se extendiera de oreja a oreja con lo que hacía Maradona en el Estadio Azteca.

El histórico 10 dijo que sintió como que le robaba a la vez “la billetera a los ingleses”. Pero además aseguró en el libro donde relató su vida, con esa dosis de soberbia que lo caracteriza: “Qué mano de Dios, ¡fue la mano del Diego!”. Seguimos con las citas para el cierre de este artículo, recordando lo que dicen algunos seguidores de Maradona: “Otros dicen tener al rey, nosotros tenemos a Dios”.

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A modo de presentación, o quizás de declaración de metas, este espacio
se abre con el objetivo de trazar un mapa sobre aquellas cosas que nos
hacen argentinos. Creo que tenemos muchas cosas por las que ponernos
orgullosos, y que muchas veces no reconocemos, de lo que ha ido formando
nuestra cultura. Sin necesidad de caer en definiciones políticas ni mucho
menos, simplemente se trata de hacer mención de lugares, artistas, logros,
deportes, e incluso costumbres propias de Argentina.

Tampoco pretendo hacer ningún tipo de apología xenófoba o chauvinista,
no es cuestión de tirar basura a otros para destacar lo bueno propio, creo
que no nos hace falta. Hay muchas cosas por las cuales nos podemos sentir
orgullosos, y no en vano tantos que abandonan nuestras tierras lo hacen con
la nostalgia de querer regresar cuanto antes. De Ushuaia a La Quiaca, sin
querer robarle la frase a Gieco, hay muchas historias que nos tienen como
protagonistas y que invitan a cientos a visitar nuestras ciudades. Incluso
a través del tiempo, esos hechos curiosos que nos formaron en carácter y
espíritu.

Desde la posibilidad de compartir un mate entre amigos, o el asado del
domingo en familia, o hasta ver una y otra vez el gol de Maradona a los
ingleses en el ’86
. La posibilidad de leer a Cortázar o de escuchar un
tema de Piazzola, cualquiera de sus composiciones. Sonreír con el Oscar a
“El Secreto de sus Ojos”, o reconocer en un cuadro de Berni al pibe de la
esquina. Gratificarse con los esfuerzos de Leloir o sentir un terrible nudo
en la garganta al ver marchar a las Madres de Plaza de Mayo.

Cosas que nos hacen reir y llorar, quizás al mismos tiempo, pero que en el
fondo nos hacen sentir bien de acá. Se podría decir que hasta le hacen
cambiar el sentido al famoso “yo, argentino”, pensando en no desvincularse
a lo que es de uno, sino que a encontrarnos en cada pedacito de nuestra
historia. Dicho en criollo, a quererlo y defenderlo.

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