Dicho en Criollo

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Una del genio Liniers... un maestro.

Cómo no ser poeta al estilo de Gelman, o un cuentista del calibre de Cortázar, o quizás un músico como Spinetta, que con cosas simples de la vida se inspiran para dar forma a cosas tan hermosas, ya sea desde las letras como desde un grupo de acordes. Lamentablemente no soy ni lo uno ni lo otro, pero igual hay cositas pequeñas que me despiertan ciertas sensaciones y tengo este espacio como para compartirlas con ustedes. Estuve pensando en cuáles serían esos placeres casi gratuitos que nos da el vivir, y que existen en cualquier cultura, pero que se relacionen directamente con lo argentino. La idea surge después de que, caminando de regreso de mi trabajo, me agarró la lluvia y opté por no acelerar el paso o encorvarme con cada gota que me alcanzaba, sino que alzar la frente y disfrutar de uno de esos típicos chaparrones de verano.

Alguno de los “placeres argentinos” ya los he mencionado como al pasar en otras cargas, pero me pareció interesante hacer una suerte de catálogo de estas cosas que nos llenan el espíritu sin tener que gastar una fortuna. Uno de los ejemplos claros, que también involucra a la lluvia, tiene que ver con la siestita escuchando cómo las gotas golpean la chapa de zinc del techo. Recuerdo una ilustración, no estoy seguro si de Caloi o Quino, en la que un hombre se bajaba de una larga limusina, llegado de una gran mansión, y le preguntaba al dueño de un humilde ranchito si le dejaba a su patrón escuchar la música de la lluvia en el techo.

Otro deleite surge con los primeros mates, ni bien aparece el sol, en algún momento de descanso. Puede ser en un camping en las sierras, puede ser en una galería en el campo, o puede ser en la cocina de la pensión en la que uno vive, no importa dónde, la clave está en tomarse ese tiempito para unos buenos amargos, y si el clima es fresco, mejor aún. Todavía con la fiaca de la noche, despertándose de a poco, mirando la nada por la ventana, con el mate de metal, sobre el mantel plástico de la mesa en la cocina. Cebar directamente de la pava, sin pensar en qué nos depara el destino.

Ya que estamos en algo medianamente relacionado a lo gastronómico, no se puede olvidar empapar el pan en alguno de nuestros tradicionales guisos. Puede ser en el locro, con el sabor dulzón del zapallo, o en la humita, con el choclo y algún que otro condimento picante. Lo mismo que cuando se rompe el huevo frito de una milanesa a caballo y se disfruta de todo el sabor de la yema. ¿Qué me vienen a hablar de sushi o caviar?, con mucho menos podemos lograr mucho más. Incluso no hace falta que nos llevemos el morfi al buche, con sólo sentir el aroma del humito de un asado nuestro cuerpo puede quedar en estado de shock. O podríamos quedar hipnotizados, mirando cómo bailan las llamas y se encienden las brasas mientras preparamos lo que sea a la parrilla.

Hay algunos placeres gratuitos que se disfrutan tanto acá como en la otra punta del mundo, como pasar en un segundo del fondo de una fila a estar en el primer puesto por la retirada de los anteriores, o sacar un boleto capicúa en el bondi, encontrar una moneda en el piso, por más que sea de cinco centavos, o pisar las hojas secas del otoño y sentir su crujido. Cierro aquí con una de mi infancia, que seguro es compartida por varios, y tiene que ver con el momento en que mi mamá me daba la espátula con la que preparaba una torta, toda llena de merengue, chocolate o dulce de leche, para que la disfrutara como si fuera una chupaleta. Dicho en criollo, placeres que nos da la vida de regalo. Hasta la próxima.

 

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Dicho en criollo, hay que brindar por el blog.

A modo de presentación, o quizás de declaración de metas, este espacio se abre con el objetivo de trazar un mapa sobre aquellas cosas que nos hacen argentinos“, decía hace exactamente un año en el primer post del blog. Dicho en Criollo cumplió un año de vida, como un bebito pequeño, pero de esos que crecen rápido, esos que pertenecen a algunas especies que ni bien nacen ya están caminando como si fueran seres experimentados. Así dio sus primeros pasos tímidamente y pronto llegó a sumar varios lectores, amigos de la casa que nos acompañaron durante todo este tiempo, ya sea con sus comentarios o con el acto de presencia.

Pasaron por estas líneas algunos de los hombres y mujeres que mejor nos han representado en todo el mundo. Argentinos que llevaron a todos los puntos del globo nuestra cultura, nuestros valores, nuestras capacidades y nuestra picardía. Desde el arte al deporte, desde las ciencias a la política, referentes que nos hacen poner orgullosos de vestir los colores celeste y blanco.

Pasaron costumbres, esas hermosas que llevamos con nosotros cuando nos vamos de viaje. Desde el mate a la siesta, del dulce de leche al asadito. Las cosas que hacemos todos los años para las fiestas, las reuniones con la familia y los amigos, el preparar un locro con música Atahualpa de fondo, o enseñarle al hijo los secretos de un buen costillar a la parrilla. Escuchar las gotitas de lluvia que golpean en la chapa de cinc, pasear por “Caminito” o visitar Salta “la bella”.

Últimamente nos toca ver un país con ideologías divididas, posturas muy marcadas y enfrentadas, con anuncios apocalípticos como los erróneamente analizados de los mayas. Hay quienes no toleran dos minutos de debate y hasta peligra la histórica charla de café por estas posiciones. Nos peleamos como si estuviéramos en guerra, y se llegan a decir cosas muy feas, que en definitiva nos lastiman a todos.

Días atrás me tocó hacer una nota a un diseñador gráfico de nuestra tierra que ha tenido reconocimiento a nivel nacional. En un momento de la charla le pregunté por cuál creía él que eran los valores que nos identificaban a los argentinos en el exterior, aquellos que los diseñadores rescataban en sus campañas. Entre otros puntos, él se refirió a uno muy especial, aquél que da cuenta de que los argentinos no nos cansamos de pelearla. A pesar de todos los problemas que podamos llegar a tener, le seguimos dando para adelante y le encontramos la vuelta.

Rescato, sin tomar partido, una frase con la que suelen acompañar algunos spots desde el Gobierno Nacional, esa que indica que Argentina es “un país con buena gente”. No lo dudo, es más, aseguro que así es. Somos un país que no lo piensa dos veces antes de extender una mano, que escucha, que da una palmada de aliento en la espalda cuando más se lo necesita. Por supuesto que hay excepciones, pero también los países considerados del primer mundo tienen violencia, o corrupción, malos políticos o  empresarios interesados.

Por eso no dejo de alegrarme de ser argentino y vivir en mi tierra. Este país que elegí para crecer, para estudiar, para trabajar, para formar familia y para hacer lo posible por que mis hijas disfruten tanto de él como yo. Decía tiempo atrás que con las líneas de este blog buscaba cambiarle el significado a una frase que nos pintaba como egoístas, y creo que de a poco le voy agarrando la mano. Dicho en criollo, cada vez más me alegro de poder decir “yo, argentino”. Salud y por muchos años más.

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"A tomar la leche!!!", les dijo la madre.

Hace un tiempo tenía una columna en el diario donde escribía sobre la historia de mi ciudad. Estuve recorriendo un poco algunos de los textos que publiqué entonces y me encontré con uno que me pareció interesante recuperar para el blog: las meriendas de mediados de siglo XX. No es mi intención hacer cual algunos docentes universitarios y repetir conceptos con un copy-paste, pero creo que son algunas costumbres comunes a todos los argentinos. Quizás, a partir de estas líneas surjan algunas que ustedes han vivido y quieran compartirlas conmigo.

En aquél artículo recordaba que la mayor parte de los productos que daban forma a las meriendas eran de producción casera, incluso el pan que se cocinaba a diario en cada hogar. No obstante, los comerciantes llegaban con la leche o alguna tira de felipe. Me contaban mis amigos más grandes que mientras sus madres les preparaban el desayuno, los más pequeños se peleaban por la nata de la parte superior de los tachos de leche, eso a lo que llamaban “gordura”, y con ella mojaban un pancito.

Por aquellos años no habían máquinas expendedoras de café con leche, o capuchino, ni se podía conseguir un envase de tetrabrick con leche chocolatada lista para el consumo. Menos habían microondas que facilitaran el hervor del agua, se prendía la hornalla, o a lo sumo se acercaba la pava al calor de la salamandra, y se esperaba que estuviera a punto para preparar algunos mates, un cocido  o un cafecito. No existían tampoco tantas opciones de compra de chocolates de preparación instantánea, sólo el clásico Toddy, que persiste en nuestros días, ideal para acompañar a una rodaja de pan con un poco de manteca o alguna galletita dulce.

Tampoco existían las grandes cadenas de supermercados, por lo que todo lo que necesitaba quien estuviera encargado de la preparación de la merienda lo conseguía en el almacén o en alguna rotisería. Incluso se compraba un producto que le daba al agua un sabor similar al chocolate, conocido como “cascarilla”, y que resultaba mucho más económico que el producto real.

Para acompañar, quienes estuvieran en mejor posición podían acceder a alguna galletita. Las Manon son históricas, si se navega un poco en Internet se encuentran las publicidades de la marca que desde hace tantos años están con los argentinos. Las Sandokan y los “Bay biscuits” de Terrabussi, que ahora se consiguen en cualquier panadería, eran otras de las alternativas. Pero no había mucho más que eso, a lo sumo alguna torta frita, una media luna o la gloriosa rasqueta, cubiertas con manteca o algún rico dulce casero, de esos que hacía la abuela. O, ¿por qué no?, manteca y dulce como para quedar pupudo.

Algo que me vuelve loco es preguntarle a mis mayores sobre las gaseosas de sus años. A cualquier niño le encanta disfrutar de una dulce gaseosita, y por eso todos le guardan mucho cariño a aquellos productos de cuando jóvenes. Es muy particular la expresión de las personas cuando empiezan a recordar algo que en algún momento les causó ese placer, y como tomar, por ejemplo una Bidu Cola, no era cosa de todos los días, escuchar su nombre trae sonrisas a más de uno. Tampoco la lista era tan larga como las opciones que existen ahora, pero hay quienes mencionan a la  Orange Crush, Pomelo Neuss, Bliz o la Old Colony como alternativas. Hace un tiempito, en una casa de compra y venta de Rosario, me encontré con otra de las rarezas de nuestra historia, por la que morían los chicos porque les hacía cosquillita el gas, un antepasado de las gaseosas, la “bolita, que tenía en el pico un espacio con una pelotita de vidrio que impedía que se escapara el gas.

La última, como para cerrar estas líneas, algo infaltable en la merienda, el grito de la madre a los chicos que estaban jugando a la pelota, para que se metieran a la casa velozmente: “A tomar la leche!!!”…

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"¿Qué hacés? ¡Vigilante!", el histórico fresco y batata.

Ya sea como postre para un buen asado o pensando en acompañar unos ricos amargos, la gastronomía argentina nos ofrece muchas dulzuras difíciles de encontrar en otros puntos del globo. Desde el dulce de leche, que ya ha sido otrora objeto de una de las cargas de Dicho en Criollo, hasta la variadísima panificación, muchas herencias de inmigrantes y alguna que otra producción que llega desde los pueblos originarios de estas tierras. Producciones que llegan para dejar un saborcito dulce en la boca y la panza llena para el corazón contento.

Uno de mis postres favoritos es el “vigilante”. Es simple, un trozo de queso y uno de dulce de batata. No tiene tanta ciencia, ni hay que ser un gran cocinero para lucirse con este plato en la mesa, pero ese saborcito agridulce me encanta. Yo creo que tiene un poco de carga sentimental, de cuando me juntaba con mi abuelo a tomar la leche y él sacaba de un tupper el queso cáscara colorada y el dulce, y con unas fetas gruesas como sus gordos dedos, acompañábamos la charla con un vigilante.

También están aquellos que se comen en una compotera y con cuchara. Esos jugosos y que suelen manchar con mucha facilidad. El arroz con leche y la mazamorra están en la cima de esta lista. Ambos hechos con azúcar, leche y una larga cocción, uno con arroz (como lo dice en su nombre) y el otro con maíz blanco. En otra oportunidad hablaba del listado de cosas que debíamos aprender como argentinos, entre ellas en la cocina, bueno, éstos dos platos son algunos de esos ítems. Como en los actos de escuela con los versitos: “Mazamorra caliente, para la vieja sin dientes”, o la chiquita pintada con corcho disfrazada de negra mazamorrera, esas dulzuras que están en el menú de los postres argentinos.

Decía antes de la gloriosa panificación que nos dan esos aromas en la mañana. Aquí el listado es tan largo que podríamos hacer un post simplemente enumerando las alternativas: caras sucias o tortitas negras (de acuerdo a la provincia en la que se viva), las facturas con crema y/o dulce de membrillo, aquellas otras rellenas de dulce de leche, los pastelitos rellenos, los churros, los buñuelos, la pasta frola, etcétera, etcétera, etcétera. Honestamente no sé el origen de todos estos productos, pero sí sé que se pueden conseguir en la panadería amiga para la hora del mate cocido. Sin ser tan dulce, no se pueden olvidar las rasquetas, o los criollitos cordobeses, esos de grasa o los hojaldrados, únicos cuando están recién sacados del horno.

Párrafo aparte le dedico a esa gran dulzura argentina: el alfajor. También de éste hay muchas versiones, incluso su fabricación cambia a lo largo del territorio argentino, distintos ingredientes y diferentes sabores. En general vienen con corazón de dulce de leche, pero también los hay de frutas, chocolate, merengue y tantas otras versiones. Su fama lo llevó hasta las producciones en masa, lo que nos da la posibilidad de encontrarlo en cualquier kiosco y es uno más rico que el otro. Nuestros chocolates son reconocidos en todo el mundo, siendo Argentina un importante exportador de esos productos, especialmente elaborados en ciudades como Bariloche, con algunas de las más exquisitas elaboraciones.

Hemos hablado a lo largo de toda esta carga de productos acompañados por el dulce de leche, con sello argentino se convierte en uno de los protagonistas de todas nuestras dulzuras. Junto al arroz con leche, con los alfajores, en las facturas, acompañando un queso, compañero de la crema en un buen flan casero o un budín de pan, rellenando el panqueque o en alguna torta como el rogel.

Son algunos de nuestros postres, tema que en cualquier otro momento retomaremos, pero que por ahora lo dejaremos en el tintero para no aburrir, y dando lugar a que ustedes se queden relamiendo un rato. Saludos a todos y hasta la próxima.

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Asado a lo Mallmann en Alpa Corral.

Cuando anuncié la apertura del blog comenté que, entre otras temáticas, hablaría de los maravillosos paisajes que se pueden descubrir si se recorren las rutas argentinas. Por suerte, mi familia tuvo siempre la costumbre de viajar y conocer el país. Por eso mis padres nos llevaban, a mi y mi hermana, a vacaciones en ciudades del sur, algunas próximas a las cordilleras y otras del mar argentino. Más de grandecito, y ya sin mis viejos, tuve la posibilidad de conocer el norte y algunas provincias más a las que no había ido nunca.

Todos los paisajes de nuestro país tienen sus condimentos. Las montañas nevadas del sur, los colores de la tierra en el norte, las flores de la mesopotamia, el perfume de las pampas, y por supuesto que los alfajores de la costa. Pero en este momento me referiré a lo que tengo más cerca y, por lo tanto, con un lugarcito especial en el corazón. Córdoba, mi provincia, sea como sea y esté como esté, va tener siempre una consideración especial, y sus sierras serán ese lugar soñado para vivir.

Desde que nací fui a veranear una localidad que se llama Alpa Corral, y pertenece a la zona sur de las sierras. Cerca están otras localidades igual de bellas como Las Albahacas o Achiras, mientras que hacia el norte está el valle de Calamuchita, con lugares increíbles para visitar como Santa Rosa, La Cumbrecita, Villa del Dique o Villa General Belgrano. Finalmente, cruzando la sierra, nos encontramos con Mina Clavero, Nono y Cura Brochero, entre otros, todos espacios que no sólo nos maravillan a los argentinos, sino que son destinos turísticos de pobladores de todo el mundo.

En el fondo las montañas, con sus árboles, sus flores, todos sus colores que lentamente se incrustan en las nubes. La piedra, el perfume de los yuyos que toda señora se lleva de recuerdo para condimentar el mate. El sonido del agua que baja por el río y el cantar de cientos de aves que bailan arriba. Podría estar todo un día describiendo cada uno de los elementos que van dando forma a estos pequeños paraísos, seguramente muchos de ustedes incluso coincidirán conmigo con las descripciones. Pero lo que pasa es que, como dice un viejo cartel en la salida de Alpa Corral: “Conocer es volver”.

Regreso nuevamente a este pueblito de las sierras porque es el que más conozco. Mis abuelos tenían casa en el medio de la montaña, a varios kilómetros del poblado, y desde que tuve un par de meses hasta la semana pasada, he ido todos los años, sin excepción, a pasar al menos un día en el lugar. Toda la familia disfruta de estas localidades y aprovecho mi experiencia para graficar lo que digo.

De niño, muy pequeño, me llevaban al río, donde jugaba con la arenita y disfrutaba del agua. Más tarde, podía corretear entre los árboles y me enseñaron a pescar (las truchas de la zona son muy ricas). Me hice de mis amigos y cuando tenía edad, me iba en bici hasta el pueblo para jugar al fútbol. No faltaron nunca las “expediciones” a lugares poco conocidos y perdidos en el monte. De adolescente comencé a salir de noche, fogones y guitarreadas, boliches y viajes en carpa. Después los viajes con mi pareja y, hace un par de años, con la familia completa y mostrándole todos estos lugares a mi hija.

La semana pasada fuimos a pasar el día. Prendimos un fueguito sobre la arena a menos de una baldosa del agua. Me sentía Francis Mallmann en uno de sus programas. Mientras soñaba con poder vivir algún día en ese paraíso, veía a mi hija nadar solita en el agua por primera vez.

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Ni manjar ni arequipe, dulce de leche.

No me vengan a hablar de la mantequilla de maní, ni de las jaleas europeas o esas cosas raras que suelen usar para endulzar. No hay nada mejor que el dulce de leche. Tostadas con dulce de leche, las tortas de chocolates con dulce de leche, los bombones de dulce de leche, helado de dulce de leche (y mejor si además tiene dulce de leche del verdadero), panqueques, churros, flan, budín de pan, o lo que sea con dulce de leche.

Sí, puede ser que se note que me gusta, no es que sea fanático del dulce de leche y tenga en las paredes de mi pieza posters con sus fotos, pero no soy el único que lo dice. No conozco persona a la que no le guste, ni argentina ni extranjera. Se de algunos que viven afuera del país y piden encarecidamente a quien los vaya a visitar que lleve entre el equipaje algunos frascos de esta delicia.

Es uno de los regalos obligados cuando uno va a ciudades como Mar del Plata y hasta se puede utilizar como postre sin compañía de ningún otro producto, sólo el dulce de leche y una cuchara. Incluso conozco gente que podría vivir solamente consumiendo este manjar en las cuatro comidas del día. Casualmente, en algunos países se conoce con el nombre de “manjar” o “arequipe” la leche azucarada de ese modo, pero dulce de leche hay uno solo, y es argentino.

Las historias sobre su origen son muy variadas y simpáticas. Entre ellas hay una muy común que vincula su nacimiento con un descuido de la criada de Juan Manuel de Rosas, que quiso calentar leche con azúcar y se le pasó la cocción, con lo que obtuvo esa pasta amarronada de tan rico sabor. Otros aseguran que su receta surgió en Brasil, y algunos que se lo ofrecieron chilenos a José San Martín en una de sus campañas.

Hay muchas marcas y de distinto tipo, pero a mi el que más me gusta es el casero, ese que se ve más clarito, el que hace la abuela en el campo, con la leche directa de la vaca. Me gusta ver cómo lo revuelve lentamente en esa vieja cacerola, con el cucharón de madera para que no se pegue, y esperar ansioso a que se enfríe para poder comerlo. Probar unas cucharaditas solo, para disfrutarlo, y después ponerlo en un pedazo de pan recién horneado con un poco de manteca. ¿Qué mejor para acompañar unos buenos mates a la hora de la merienda?

¿Quién no ha probado directamente desde el pote con un dedo el dulce de leche? Casi a escondidas para no pecar de mal educado, haciendo honor al dicho “para chuparse los dedos”. Es inevitable hacerlo, más cuando el brillo y la textura del dulce responden a los gustos del comensal.

Mientras escribía este post salí a pasear con mi hija. Fuimos a tomar un helado. Yo pedí sabor dulce de leche y ella de frutilla. A las tres cucharadas de empezar mi delicioso postre se me ocurrió ofrecerle a ella un poco. Inmediatamente abandonó el cucurucho que había pedido y me lo cambió por el mío. Se quedó con todo mi helado de dulce de leche. Desde chiquitos sabemos lo que es rico.

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"Un descansito", de Florencio Molina Campos

"Un descansito", de Florencio Molina Campos

Levantó el enrojecido rostro, rayado por los repliegues de la tela y húmedo de lágrimas.

Ella lo miraba serena.

- ¿Está triste?, preguntó. 

- Sí.

Luego callaron y un relámpago violeta iluminó los recovecos del patio oscuro. Llovía.

- ¿Quiere que tomemos unos mates?

- Sí.

En silencio preparó el agua. Ella miraba abstraída los cristales donde tamborileaba la lluvia, mientras Erdosain aprontaba la yerba. Luego, sonriendo entre las lágrimas, dijo: – Yo lo cebo a mi modo. Le gustará“.

Fragmento de “Los 7 locos”, de Roberto Arlt.

Como no puede ser de otra manera, para el primer escrito del blog vamos a hablar del mate. Si bien no es únicamente argentino, es clave en nuestra cultura y para el desarrollo de nuestros días. El fragmento de la novela de Arlt es un ejemplo de tantos que se pueden elegir de la literatura nacional para ilustrar lo que significa esta infusión para alguien nacido en estas tierras. Deja de ser una simple merienda para definirse como un motivo de reunión, de compañía.

Cada uno tiene su propia manera de cebarlo, cada uno tiene su propio equipo y su propio reglamento sobre los modales de comportamiento respecto del mate y esas cosas. La elección entre palo dulce o de calabaza, la búsqueda de la yerba, el cuidado con el agua para que no hierva, y la terrible decisión si ponerle o no azúcar, son algunas de las definiciones que hacen a cada ronda de mates.

Sin embargo, no es ésto lo más importante del mate. Con quién toma uno un mate le da el mejor sabor de todos. Puede pasar que uno esté tomando por horas el mate tan lavado que parece ver un nado sincronizado de los palitos, pero si está acompañado de la persona indicada, saben como el más espumoso. Así, uno se siente grande cuando lo invitan a tomar los primeros mates con sus padres, aunque la temperatura del agua esté próxima a la de un tereré. O se siente con el estómago lleno al disfrutar de los amargos entre eternos amigos, por más que no se haya cambiado la yerba después de tres pavas. Incluso siente la mayor contención con esos verdes de la madrugada cuando se busca consejo de un amigo.

“¿Por qué toman ésto? Encima, con el calor que hace”, me dijo en una oportunidad un amigo centroamericano al que le intentaba explicar qué era esta bebida y en qué consistía la ronda del mate. Tras ensayar una improvisada exposición sobre el proceso de la yerba mate e indicarles que venía en nuestra cultura desde los pueblos originarios, intenté reflexionar sobre su contenido social. Sucede que al invitar un mate es como si estuviéramos integrando a la otra persona a nuestro grupo, aceptándolo como igual. Uno se abre al otro con un mate de por medio, sin necesidad de hacer la confesión más profunda, simplemente poniendo en común alguna anécdota o aspiración.

Cuando uno viaja no puede faltar el equipo completo con bombilla, termo y yerbera. En el extranjero los argentinos se juntan para tomar unos bien espumosos y ven como oro a un paquete de yerba. En la pileta con unas galletitas o en una galería refugiado de la lluvia en el campo, junto a unas tortas fritas. Dicho en criollo, el mate llega a ser esa parte de uno que deja un sabor amargo cuando no está presente.

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A modo de presentación, o quizás de declaración de metas, este espacio
se abre con el objetivo de trazar un mapa sobre aquellas cosas que nos
hacen argentinos. Creo que tenemos muchas cosas por las que ponernos
orgullosos, y que muchas veces no reconocemos, de lo que ha ido formando
nuestra cultura. Sin necesidad de caer en definiciones políticas ni mucho
menos, simplemente se trata de hacer mención de lugares, artistas, logros,
deportes, e incluso costumbres propias de Argentina.

Tampoco pretendo hacer ningún tipo de apología xenófoba o chauvinista,
no es cuestión de tirar basura a otros para destacar lo bueno propio, creo
que no nos hace falta. Hay muchas cosas por las cuales nos podemos sentir
orgullosos, y no en vano tantos que abandonan nuestras tierras lo hacen con
la nostalgia de querer regresar cuanto antes. De Ushuaia a La Quiaca, sin
querer robarle la frase a Gieco, hay muchas historias que nos tienen como
protagonistas y que invitan a cientos a visitar nuestras ciudades. Incluso
a través del tiempo, esos hechos curiosos que nos formaron en carácter y
espíritu.

Desde la posibilidad de compartir un mate entre amigos, o el asado del
domingo en familia, o hasta ver una y otra vez el gol de Maradona a los
ingleses en el ’86
. La posibilidad de leer a Cortázar o de escuchar un
tema de Piazzola, cualquiera de sus composiciones. Sonreír con el Oscar a
“El Secreto de sus Ojos”, o reconocer en un cuadro de Berni al pibe de la
esquina. Gratificarse con los esfuerzos de Leloir o sentir un terrible nudo
en la garganta al ver marchar a las Madres de Plaza de Mayo.

Cosas que nos hacen reir y llorar, quizás al mismos tiempo, pero que en el
fondo nos hacen sentir bien de acá. Se podría decir que hasta le hacen
cambiar el sentido al famoso “yo, argentino”, pensando en no desvincularse
a lo que es de uno, sino que a encontrarnos en cada pedacito de nuestra
historia. Dicho en criollo, a quererlo y defenderlo.

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