Cómo no ser poeta al estilo de Gelman, o un cuentista del calibre de Cortázar, o quizás un músico como Spinetta, que con cosas simples de la vida se inspiran para dar forma a cosas tan hermosas, ya sea desde las letras como desde un grupo de acordes. Lamentablemente no soy ni lo uno ni lo otro, pero igual hay cositas pequeñas que me despiertan ciertas sensaciones y tengo este espacio como para compartirlas con ustedes. Estuve pensando en cuáles serían esos placeres casi gratuitos que nos da el vivir, y que existen en cualquier cultura, pero que se relacionen directamente con lo argentino. La idea surge después de que, caminando de regreso de mi trabajo, me agarró la lluvia y opté por no acelerar el paso o encorvarme con cada gota que me alcanzaba, sino que alzar la frente y disfrutar de uno de esos típicos chaparrones de verano.
Alguno de los “placeres argentinos” ya los he mencionado como al pasar en otras cargas, pero me pareció interesante hacer una suerte de catálogo de estas cosas que nos llenan el espíritu sin tener que gastar una fortuna. Uno de los ejemplos claros, que también involucra a la lluvia, tiene que ver con la siestita escuchando cómo las gotas golpean la chapa de zinc del techo. Recuerdo una ilustración, no estoy seguro si de Caloi o Quino, en la que un hombre se bajaba de una larga limusina, llegado de una gran mansión, y le preguntaba al dueño de un humilde ranchito si le dejaba a su patrón escuchar la música de la lluvia en el techo.
Otro deleite surge con los primeros mates, ni bien aparece el sol, en algún momento de descanso. Puede ser en un camping en las sierras, puede ser en una galería en el campo, o puede ser en la cocina de la pensión en la que uno vive, no importa dónde, la clave está en tomarse ese tiempito para unos buenos amargos, y si el clima es fresco, mejor aún. Todavía con la fiaca de la noche, despertándose de a poco, mirando la nada por la ventana, con el mate de metal, sobre el mantel plástico de la mesa en la cocina. Cebar directamente de la pava, sin pensar en qué nos depara el destino.
Ya que estamos en algo medianamente relacionado a lo gastronómico, no se puede olvidar empapar el pan en alguno de nuestros tradicionales guisos. Puede ser en el locro, con el sabor dulzón del zapallo, o en la humita, con el choclo y algún que otro condimento picante. Lo mismo que cuando se rompe el huevo frito de una milanesa a caballo y se disfruta de todo el sabor de la yema. ¿Qué me vienen a hablar de sushi o caviar?, con mucho menos podemos lograr mucho más. Incluso no hace falta que nos llevemos el morfi al buche, con sólo sentir el aroma del humito de un asado nuestro cuerpo puede quedar en estado de shock. O podríamos quedar hipnotizados, mirando cómo bailan las llamas y se encienden las brasas mientras preparamos lo que sea a la parrilla.
Hay algunos placeres gratuitos que se disfrutan tanto acá como en la otra punta del mundo, como pasar en un segundo del fondo de una fila a estar en el primer puesto por la retirada de los anteriores, o sacar un boleto capicúa en el bondi, encontrar una moneda en el piso, por más que sea de cinco centavos, o pisar las hojas secas del otoño y sentir su crujido. Cierro aquí con una de mi infancia, que seguro es compartida por varios, y tiene que ver con el momento en que mi mamá me daba la espátula con la que preparaba una torta, toda llena de merengue, chocolate o dulce de leche, para que la disfrutara como si fuera una chupaleta. Dicho en criollo, placeres que nos da la vida de regalo. Hasta la próxima.
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