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Silbar mientras camino.

Eran ya como la una y media de la mañana, en pleno enero, y como el Gallego cierra el café a la una en punto, sea invierno o verano, yo me iba para mi casa, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminando despacio y silbando bajito bajo los árboles“. Del cuento “Verde y Negro“, de Juan José Saer.

A veces pienso que me gustaría ser como los plomeros o albañiles, que saben silbar como nadie. Mientras realizan su labor embellecen el sonido del ambiente con sus interpretaciones de tangos o valsecitos en un silbido avanzado. La música es una de mis mayores frustraciones, porque a pesar de que me gusta mucho, nunca he podido abocarme al estudio de algún instrumento o encontrar el tono adecuado cuando canto. Hasta me han llegado a decir que desafino cuando silbo, por eso digo que estaría bueno tener la habilidad de esos técnicos que lo hacen con mucha soltura e incorporando variaciones sumamente elaboradas en su actuación.

Ya lo he dicho en otra oportunidad, pero éstos son los posts que más me gustan, los que tienen que ver con el día a día de la gente, con esas costumbres de los barrios, esas que vienen desde hace tiempo y luchando contra los avances de la sociedad y las tecnologías. Digo ésto porque tengo una pequeña teoría, que desarrollo en breve para no alejarme del tema de la carga: “Los mp3 son un atentado para el silbido”. Claro, antes, cuando no había diskman, o walkman, o wincoman, uno iba por la calle amenizando el andar con un canto, los más desinhibidos, o simplemente con un silbido. Y era frecuente cruzarse a alguien haciéndolo sin que tuviera pudor por regalar al resto de los transeúntes su performance. Ahora no, cada uno camina con sus auriculares, cada vez más grandotes, cubriendo todo el oído, dejándonos en una burbuja (de hecho creo que ese ha sido el eje de más de una campaña publicitaria de teléfonos o reproductores de música).

No sé si es algo solamente argentino, tampoco he andado tanto por el mundo para asegurar que en otros países nadie silba, pero sí es una característica de nuestra gente, al menos lo fue por un largo tiempo, y es un rasgo que me gusta mucho. Me acuerdo que a la vuelta de la escuela, cuando era pibe, pasaba por el frente de la casa de un hombre que siempre se sentaba a “tomar la fresca” (lindo tema para otra carga, ¿no?) y se la pasaba silbando. Lo más gracioso era que cuando el caballero no ofrecía una de sus canciones en silbido, lo mismo tenía la cara alargada, con los labios en forma de pico, como si silbara en silencio. Ya de grande me mudé y al hombre no me lo volví a cruzar, pero no falta oportunidad en la que me encuentro con alguno andando en bicicleta, luciendo quizás una camiseta de morley o con la media arriba del pantalón para que no se enganche en la cadena, y silbando con el ritmo de la pedaleada algún que otro tanguito.

No me refiero al silbido del piropo, o el chiflido para llamar a alguien, sino a silbar como medio de expresión artística, como si uno se sintiera un pájaro que canta con la salida del sol. Como entretenimiento, para hacer el paseo más llevadero, o en un juego con los niños para que adivinen la canción. Como no podía ser de otro modo, termino estas líneas con la canción de José González Castillo, “Silbando“, y me retiro justamente silbando bajito… Hasta la próxima.

Y, desde el fondo del Dock,
gimiendo en lánguido lamento,
el eco trae el acento
de un monótono acordeón,
y cruza el cielo el aullido
de algún perro vagabundo
y un reo meditabundo
va silbando una canción…

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