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"Siempre mencionamos a Pugliese", decía León Gieco.

A los 75 años, en una entrevista de la revista “Humor” fue consultado por si habría un sucesor de su carrera. A ésto respondió: “Yo se lo voy a explicar a mi manera, aunque me demore un poco. El tango tiene dos facetas que son definidas, una la melódica, y otra la rítmica, o como solemos decir nosotros, la milonguera. La expresión del tango melódico, en la época culminante del ’26, la dieron Francisco de Caro, Carlos Flores, y en cierta manera Cobián; ellos fueron frutos de esa época. Francisco de Caro se caracterizó por hacer tango melódico, como “Flores Negras”, “Mi Diosa”, que muchos intérpretes han puesto en su repertorio. Hay otra tendencia, mucho más popular, que fue aceptada por la mayoría del público, la del cine mudo, bailes, y cafés, porque se podía escuchar, gozar y bailar, y es el tango “milonga” de Bardi, Arolas, Pedro Maffia, Julio de Caro, Laurenz… Entonces, si hoy yo me pongo a trabajar en la profesión, estudio un poco, ¿cuál es la línea que elijo? Yo elijo esto último. Y en la época actual permanezco fiel a esa tendencia; si lo hago bien o mal, mala suerte, pero en mis sentimientos y en mi concepto permanezco fiel a esa tendencia. Ahora, hay otros profesionales que, dado que cambiaron las fuentes de trabajo y las características, adocenaron la música popular con la técnica y un poco con fuentes extranjeras como el jazz, dándole un camino totalmente diferente y extraño a nuestros sentimientos…”.

En alguna oportunidad lo he mencionado, refiriéndome a su carácter de santo, brindando buena suerte a quien lo tenga presente. Osvaldo Pugliese, este fenómeno del tango argentino que se autoproclamaba “la medallita del pueblo”, es considerado antimufa, y hasta más de uno le ha dedicado una estampita. La que fuera difundida el en 3er Festival de Tango Porteño rezaba al “Maestro”: “Protégenos de todo aquel que no escucha. Ampáranos de la mufa de los que insisten con la patita de pollo nacional. Ayúdanos a entrar en la armonía e ilumínanos para que no sea la desgracia la única acción cooperativa. Llévanos con tu misterio hacia una pasión que no parta los huesos y no nos deje en silencio mirando un bandoneón sobre una silla”.

Muchos aseguran que les ha traído buena suerte, otros le adjudican milagros. Todos coincidimos que fue un grande de nuestra música arrabalera, y de la cultura argentina en general. Nació el 2 de diciembre de 1905 en Villa Crespo, Buenos Aires. Si bien pertenecía a una familia de músicos, se opuso desde chico a seguir la tradición y se negaba a practicar con el piano que le habían regalado sus padres.

Recién a los 13, cuando apenas jugaba con la guitarra y el bandoneón, lo convencieron a que comenzara a tomar clases con Antonio D’Agostino.De a poco fue dándole forma a una tremenda carrera, que tuvo sus primeros pasos con tangos como “Retoños” o “Recuerdo”, complicaciones con la aparición del cine sonoro, y los comienzos para la formación de su orquesta, que quedó definitivamente conformada en 1939.

Pero aparte de músico, era un hombre comprometido con su profesión y con la sociedad en general. Estuvo afiliado al Partido Comunista y por sus declaraciones en muchas oportunidades tuvo censuras y hasta fue detenido. Rescato otro fragmento de la entrevista que mencioné al comienzo, publicada durante la última dictadura militar, y donde se le preguntaba si medidas políticas apuntaban a que una música como el tango quedara alejada de una “auténtica política cultural”. Pugliese decía: “El país, desde el punto de vista de una política cultural, ha sufrido muchos tropiezos, porque hay una política destinada a aplastar todos los rasgos nacionales de nuestra cultura popular. Se debe, en mayor parte, a la puesta en marcha de un plan económico. No lo podemos negar, porque no nos podemos poner un chupete en la boca, cerrar los ojos, y decir que Martínez de Hoz es un hombre buenito, que quiere a los argentinos, o que le abrió la puerta a los argentinos para que trabajen y se puedan ganar la vida. No, no es así, al contrario; vino la invasión de la música envasada, la invasión del ruido y no del sonido“.

El 25 de julio de 1995, a los 89 años, falleció el maestro, el santo. Es creer o reventar, pero 30 segundos antes de terminar esta crónica, se me dió por poner la batería de la netbook. Mientras escuchaba a Pugliese en el Winco se cortó la luz y habría perdido todo lo escrito si me mantenía trabajando con el cable. ¿Habrá sido una casualidad o un “milagro” de nuestro querido santo? Un abrazo, hasta la próxima.

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Malena, de Demare y Manzi.

Malena canta el tango como ninguna
y en cada verso pone su corazón.
A yuyo del suburbio su voz perfuma,
Malena tiene pena de bandoneón“, dice el tango que en 1941 escribieron Lucio Demare y Homero Manzi. Es una de las niñas mimadas de la música arrabalera, una historia que se hizo leyenda y quedó para siempre en el mundo del 2×4, con mil desviaciones de la realidad, pero con una magia que nunca muere en el bandoneón.

Es curioso leer todas las versiones que se manejan de la vida de la muchacha, que realmente existió, con el nombre Malena De Toledo (nombre artístico de Elena Tortolero). Al parecer, fue el mismo Manzi que la descubrió, en su paso por San Pablo (Brasil), cantando en un cabaret. Hay quienes dicen que nació en Buenos Aires y de pequeña se fue a vivir al país vecino, porque su padre allí era cónsul del gobierno español. Biógrafos aseguran que nació en 1916, pero no se sabe con certeza dónde fue. Otros dicen que era chilena o santafecina, pero tampoco está comprobado.

Tus ojos son oscuros como el olvido,
tus labios apretados como el rencor,
tus manos dos palomas que sienten frío,
tus venas tienen sangre de bandoneón“, dicen que después de conocerla a Manzi le quedó grabado el nombre de la cantante y le prometió regalarle un tango. Quienes la vieron actuar en alguno de los cafetines que se presentó, la recuerdan con un cuerpo atractivo, muy elegante y dueña de una hermosa voz, capaz de cantar tanto en español como en portugués.

En una gira por Cuba conoció al cantante mexicano de boleros Genaro Salinas, conocido como “La voz de oro de México”, con quien luego se casaría. Vivieron un tiempo juntos en Argentina y él luego se marchó con una gira que lo llevó hasta Caracas, Venezuela.

Hay quienes aseguran que toda esta historia es falsa y que en realidad “Malena”, la del tango, era una bailarina del teatro Maipo, o que de hecho se trataba de la cantante Nelly Omar, con quien Manzi mantuvo una relación amorosa. Ella misma supo decir en alguna oportunidad: “Malena soy yo”. No obstante, los periodistas del mundo del tango indican que en 1941, cuando nacieron los versos de la canción, el músico no había conocido aún a la cantante, y desacreditan esa versión.

Una cantante de La Boca, la modista de la señora de Manzi, hay muchas historias que refieren a quién podía ser la musa que inspiró la histórica canción arrabalera. Hay una que es la más romántica, la más poética, y por supuesto la que más me gusta a mí, y dice que en realidad Malena, la del tango, no existió, que fue una síntesis que hizo Manzi de las mujeres. Sea como fuere, cuenta la leyenda, y cito aquí a los historiadores del sitio Todotango.com, que Malena De Toledo tenía en su repertorio a la canción de Homero Manzi, sin saber que podía ser ella la inspiradora. Cuando se enteró que en ella habrían pensado a la hora de componer el tango, dejó de cantar para siempre.

Tus tangos son criaturas abandonadas
que cruzan sobre el barro del callejón,
cuando todas las puertas están cerradas
y ladran los fantasmas de la canción“. Hasta la próxima.

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El Tortoni, uno de los históricos de Buenos Aires.

El murmullo constante, ese que se torna ensordecedor. El movimiento de las sillas, alguna radio en AM prendida de fondo que nadie escucha. El perfume de los granos de café recién molidos, y el calor del vapor con el que se prepara el cortado. Las risas, las discusiones, los saludos efusivos, la luz tenue que se mezcla con los rayos del sol en la ventana. Los llamados al mozo, la seña del café con los dedos índice y pulgar formando una “C”, el hombre que detrás de la barra limpia los pocillitos y la pintona muchacha que pasa por la vereda, siempre a las 12 a la vuelta del trabajo, y hace que todos giren para mirarla.

De chiquilín, te miraba de afuera”, decía el tango de Mores y Santos Discepolo, “como a esas cosas que nunca se alcanzan”. El pequeño lo mira como si se tratara de un sueño, porque ser parte de esa mesa significa entrar en un mundo de adultos. Como lo era compartir la cena con los grandes, viajar en el asiento de adelante o lo que en otras épocas era usar pantalones largos. Poder escuchar lo que hablan los mayores, ser parte de ese ritual de encuentro, debate, humor, consulta y confesión.

Para la mesa de café no aplica esa máxima que prohíbe el tratamiento de ciertas temáticas como la política, la religión o el fútbol, que suelen censurarse en las reuniones familiares. Todo lo contrario, son los ejes principales de estas charlas, con alguna que otra variante dependiendo del género que prime entre los miembros de la mesa. Porque está la confianza de hablar de estos temas sin caer en una ofensa, y se sabe que ante cualquier posibilidad de discusión las heridas se borrarán para el día siguiente, cuando continúe todo sin ningún tipo de rencor. Por supuesto que hay códigos, no es que uno pueda decir lo que se le cante. Hay cosas que no se pueden tocar, como las madres o las pasiones. “Cómo olvidarte en esta queja, cafetín de Buenos Aires, si sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja”, seguía sonando de fondo en la radio AM.

“Yo solamente, necesito agradecerte, la enseñanza de tus noches que me alejan de la muerte”, decía, en tanto, Castaña, como para citar a uno de los tantos tangos que se le dedicaron a este rinconcito de la ciudad, espacio de complicidad y compañerismo. Como para cualquier otro ecosistema, se podría describir con detalle la flora y la fauna, cómo se construye el contexto, y quiénes son los protagonistas de estas charlas. El filósofo, el galán, el humorista, el experto en deportes, el artista. Cada uno tiene su rol y su momento en la charla, cuando se analiza la vida, los amores, el laburo, lo que se espera para el futuro.

No soy partidario del cigarrillo, pero no se puede negar que también fue parte de la escena durante muchos años, aunque ahora esté prohibido. Tampoco se puede obviar algún trago, pero prefiero terminar el cuadro sólo con el cafecito, el cortado, la lágrima, el ristretto, dependiendo del gusto de cada uno y del coraje que tenga para enfrentarse a la cafeína.

“Yo simplemente te agradezco las poesías, que la escuela de tus noches le enseñaron a mis días”. Hasta la próxima.

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En blanco y negro, sus bellos ojos verdes.

Semanas atrás hablaba de una historia de amor autóctona, la de los amantes del Nahuel Huapi. Ahora seguimos un poco la colección pero con una del desamor. Los otros días una amiga renegaba con las películas de Hollywood que narraban historias de príncipes azules e ilusionaba a las pequeñas con la llegada de un amor perfecto y eterno. Aquí, entonces, me referiré a una que da cuenta de todo lo contrario, de una de esas que no nos hace suspirar, sino más bien apiadarnos de la dama. Esta historia dio origen a un vals, uno de los más bellos para mi gusto, y tuvo como protagonista principal a una bella muchacha de ojos verdes: Ada Falcón.

Decía la letra compuesta por Francisco Canaro, en homenaje a los faroles de la cantante:

“Yo no se si es cariño el que siento,
yo no se si será una pasión,
sólo se que al no verte, una pena
va rondando por mi corazón…
Yo no se que me han hecho tus ojos
que al mirarme me matan de amor,
yo no se que me han hecho tus labios
que al besar mis labios, se olvida el dolor“.

El muchacho estaba casado, pero mantenía una relación en secreto con la diva. A ella le había prometido una y mil veces que se separaría para poder casarse, pero la promesa quedó en la nada y nunca lo hizo. Al parecer, su divorcio le hubiese costado mucho dinero, y no le era conveniente, por lo que el futuro junto a Ada se diluyó.

“Yo no sé qué me han hecho tus ojos” fue escrita pensando en ella y para que fuera ella quien la cantara. Quienes la seguían destacaban que cantaba con emoción sincera, sufriendo el amor. De joven comenzó a cantar tangos y su corta carrera tuvo su final antes de que ella cumpliera los 40, no por una cuestión de falta de méritos, sino que se alejó del mundo, se metió en un monasterio franciscano y se distanció de las cámaras y micrófonos.

Con Canaro comenzó a cantar en el ’29, y juntos grabaron más de 180 títulos

Yo no se cuántas noches de insomnio
en tus ojos pensando pasé;
pero se que al dormirme una noche
con tus ojos pensando soñé…
Yo no se que me han hecho tus ojos
que me embrujan con su resplandor,
sólo se que yo llevo en el alma
tu imagen marcada con el fuego de amor“, seguía la composición.

Pocos años antes de que falleciera, Ada dio su única entrevista en el marco del documental que llevó el nombre del vals en cuestión. Como si se tratara de un encuentro con un ser de otro mundo, o si hubiera encontrado al mismísimo Carlitos que no había muerto, el entrevistador consiguió que la mujer de ojos verdes le concediera una charla. Ya viejita, con el recuerdo de haber sido una de las mujeres más lindas de Argentina, se refirió a ese pasado que tanto le dolió.

En el documental de Sergio Wolf, en el encuentro con Falcón le muestran algunas grabaciones de sus años mozos, y ella se reía de su propia voz, diciendo como que era chillona. Lo más emocionante, y que con sólo recordarlo se me hace un nudo en la garganta, es cuando desde el equipo de música se escucha el vals de su amor imposible. “¿Quién es esa?”, le pregunta a su interlocutor. “Usted”, le responde él. Mirando al vacío, con un parche en uno de sus ojos por una enfermedad, Ada regresa por un momento al pasado, cuando estaba con Francisco, cuando era amiga de Gardel y tantos otros, cuando la gente la seguía, cuando no se sabía qué hacían sus ojos.

“Tus ojos para mi
son luces de ilusión,
que alumbra la pasión
que albergo para ti”… hasta la próxima.

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El vaporcito del locro, otra de nuestras postales.

Siempre se habla de lo que hace falta como para sentirse realizado en la vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro (ahora le suman también: donar un órgano). Desde mi poca experiencia en este planeta Tierra yo a estas afirmaciones les sumaría algunas más, como aprender a trabajar la madera, saber hacer pan o conocer el mar y la montaña. Por el momento estoy lejos de ser un buen carpintero o maestro panadero, pero al menos puedo echar pifia de haber conocido las olas y el viento de las sierras.

Éstas son cosas que creo hacen al hombre, y no lo digo en su relación al género masculino, sino al ser humano en general. Porque ya hemos aprendido que no es cierto que para los trabajos que requieren el uso de la fuerza sólo sean aptos los hombres, ni que en la cocina solamente las mujeres se pueden mover con habilidad. Ahora, ¿cuáles serían las cosas que hacen al argentino? ¿Qué debe hacer en su vida una persona nacida en nuestro país para que el día del juicio final, a la hora de mirar para atrás y hacer un balance, diga con certeza que cumplió como argentino?

Seguramente la lista sería muy larga, y no podrían faltar en ella la visita de algunas de nuestras hermosas ciudades, o disfrutar de algunos de nuestros grandes artistas, o jugar un picadito de fútbol, o aprender a bailar tango. Aquí quizás vuelven a presentarse cosas que son discriminadas de acuerdo al género del argentino en cuestión, como lo que tiene relación al deporte o lo que estaría vinculado a las danzas. De todas formas, todos estamos en condiciones de pasar por estas experiencias, como la de comer dulce de leche con el dedo, o tomar mates con las patas descalzas en el pasto, o comprarnos un poncho rojo como los de los hombres de Gúemes.

Toda esta reflexión surgió por encontrarme pensando en nuestras comidas típicas y al tomar noción de que no sabía cómo preparar algunas de las claves, como es el caso del locro. ¿Cómo haría para transmitir a futuras generaciones costumbres bien argentinas como la preparación de este plato, si ni siquiera había probado elaborarlo? Más o menos me la rebusco con todo lo que se cocine a las brazas, he aprendido a hacer mazamorra y a cebar unos mates medianamente decentes, algo conozco de la fabricación de tortas fritas y para los borrachines cómo se arma una rica sangría en el verano. Sin embargo, nada sabía del locro más que me encanta comerme una buena porción los días de fiestas patrias.

La idea acá no es contar cuál es la receta del locro, la verdad es que hay varias y cada uno lo elabora a su gusto, con más de un ingrediente que otro, con distintos tiempos de cocción y tantas otras cositas que puedan ir sumándose. Para ir armando la receta que finalmente pondré en práctica en el mediodía de hoy, día de la Bandera (después les cuento cómo me fue finalmente), hablé con muchas personas que lo venían haciendo desde hace años, y para quienes en algunos casos fui comensal. Aquí otro de los puntos que me parecen fundamentales para el desarrollo de la persona, y que el día de mañana intentaré transmitir a mis hijos, el hablar con la gente, escuchar lo que tienen para decir, conocer sus experiencias y así aprender para poner eventualmente en práctica en las nuestras.

Leer nuestra historia, saber de memoria un poema de Gelman, ver el gol de Maradona a los ingleses en el ’86, caminar por Caminito, hacer dulce de leche, escuchar a Gardel, conocer la fuente de las Nereidas de Lola Mora, son algunas de las cosas que se sumarían a la lista. Hoy, por lo pronto, puedo sumar la de preparar locro a mi lista. Hasta la próxima.

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"¿No ves que va la luna?"

“Con Pichuco (por Anibal Troilo) me pasó una cosa impresionante. El estaba medio celoso de mi colaboración con Astor; yo los conocía a los dos desde los años cincuenta. Me llamó por teléfono al día siguiente del festival y me dijo: ‘¿Por qué no se viene a tomar unos mates conmigo?’ Cuando llego, él estaba con un pijama chino rojo y negro, abrió la puerta y se despachó con un: ‘Usted sabe que ustedes dos han escrito de nuevo La cumparsita ‘. Eso me dijo Troilo. ¡Impresionante! ¡Impresionante!”, decía Horacio Ferrer en una entrevista por los 30 años de “Balada para un loco“.

No hace mucho tiempo atrás me refería a la vida de Astor Piazzolla y destacaba, entre otras de sus obras, a aquella que produjo junto a el gran Ferrer. Esa canción que llegó para revolucionar al tango sigue al día de hoy fascinando a todos los argentinos, y se constituyó en uno de los temas emblemáticos de nuestra música. A mi, en lo particular, es uno de los que más me gusta del género, y da la casualidad que se lo tocó por primera vez en un festival un 16 de noviembre, justo el día de mi cumpleaños.

En realidad se lo presentó en sociedad mucho tiempo antes de que yo naciera, en 1969, durante el Festival de Buenos Aires de la Canción y la Danza en el Luna Park (tendría que dedicarle alguna carga al Luna, es otro pedacito gigante de nuestra historia). Ante un público recontra exigente, Amelita Baltar se desarmó en el escenario recordando “ese qué se yo” que tienen las tardecitas de nuestra ciudad capital y a “los locos que descubrieron el amor”. El público se dividió, como suele suceder ante las grandes obras de arte, entre los que se maravillaron ante lo que estaban presenciando y los que consideraron que se trataba de una falta de respeto a la historia del tango.

Dicen que el resultado estaba inclinado hacia “Balada…”, pero finalmente el jurado que integraban entre otros Vinicius de Moraes y Chabuca Granda, le dieron el primer premio a otro de los temas que competían en el certamen. Hoy pocos tienen presente a “Hasta el último tren”, pero todo el mundo sabe de “Balada…”. De hecho, no pasó más de un mes de que se lo tocara por primera vez para que el mismísimo Polaco Goyeneche pidiera permiso y procediera a grabar un disco con él.

Es gracioso el origen de la canción, con la inspiración para sus autores desde la película de 1966 “Rey por inconveniencia”, dirigida por Philippe de Broca y protagonizada por Alan Bates. Ferrer señala que lo primero que se le ocurrió fue esa frasecita antológica: “Yo sé que estoy piantao”, y el resto se fue dando. Primero con el versito del comienzo, y después dándole más y más fuerza. Sumó mucho que el letrista y Piazzolla tuvieran cerca a Amelita, sabiendo de la potencia que ella podía aportar y cómo expresaba con mucha alma cada uno de los versos de sus canciones. Hubo otras versiones de “Balada…”, pero como la de Amelita no.

“Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…
No ves que va la luna rodando por Callao;
que un corso de astronautas y niños, con un vals,
me baila alrededor… ¡Bailá! ¡Vení! ¡Volá!”, dice la obra de Piazzolla y Ferrer, que nos invita a delirar un rato, en esa ilusión “supersport” que daba cuenta de un cambio gigante. Y sí… Suele suceder que a los vanguardistas los tratan de locos, pero que pedazo de linda locura. Un abrazo gente, que ande todo bien y hasta la próxima.

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El regreso de la milonga.

“¡Qué saben los pitucos, lamidos y shushetas!
¡Qué saben lo que es tango, qué saben de compás!
Aquí está la elegancia. ¡Qué pinta! ¡Qué silueta!
¡Qué porte! ¡Qué arrogancia! ¡Qué clase pa’bailar!
Así se corta el césped mientras dibujo el ocho,
para estas filigranas yo soy como un pintor.
Ahora una corrida, una vuelta, una sentada…
¡Así se baila el tango, un tango de mi flor!”

(fragmento del tango de Elizardo Martínez Vilas)

Hay una escena increíble en la película “Luna de Avellaneda”, en la que nace el protagonista del film. Están todos en el club de barrio, bailando y disfrutando de la quermés. De fondo, estaba el “doctor del tango”, Alberto Castillo, cantando “Así se baila el tango“. Simplemente pienso en esa imagen y se me pone la piel de gallina. A veces me dicen que vivo en el pasado, algo así como la última película de Woody Allen, pero en verdad me encantaría transportarme a aquellos años en los que todos sabían realmente bailar el tango, lo sentían en su interior y les nacía sin dificultad.

Después de mucho tiempo en el que se fue perdiendo la tradición de la danza arrabalera, se ha vivido en el país un regreso al tango, especialmente desde los jóvenes. En los barrios nacen talleres en los que se dictan clases del 2×4, instituciones como universidades incorporan las danzas en su currícula, los chicos en las escuelas lo bailan en los actos, por todos lados vuelve el respeto por esta música bien nuestra.

Yo tuve un intento, medianamente frustrado, hace un par de años. Llegué a estar en una suerte de ballet de tango y hasta me presenté en un escenario con una coreografía grupal de “Libertango”. Toda la vida pensé que era hábil para las danzas, pero me di cuenta que el tango es totalmente diferente a lo que conocemos. Quizás, lo que está bueno que aprenda la gente, lo que se conoce como “tango salón”, no es tan complicado, y está al alcance de todos. Pero lo que hacen los bailarines profesionales en los escenarios parece de otro mundo.

Boleas, destaques, ganchos, fueron un mundo nuevo para mis piernas poco delicadas y con el tiempo lo terminé abandonando. Los tiempos, los pasos, la elegancia, la fuerza, todo hace a una danza especial, que ha tenido reconocimiento en todo el globo. ¿Cuántos campeones mundiales de tango escenario hubo de Japón?, por ejemplo… Todos los turistas que llegan a nuestras tierras, entre los primeros deseos como probar un asado, piden aprender a bailar, y hasta pagan grandes sumas por las clases. Del mismo modo, cuando uno está fuera del país, entre los primeros pedidos que te hacen, nuevamente como que prepares un asado, se encuentra que enseñes a bailar tango. Lamentablemente no todos los argentinos lo saben…

Todo el ritual es sensual. Desde la invitación a bailar hasta la danza bien pegaditos. La música dulzona y el abrazo íntimo. Por suerte, junto con las clases, han aumentado las milongas, y los bailarines pueden demostrar lo aprendido. No importa la edad de quienes se entregan al 2×4, se ve a los jóvenes compartiendo con quienes tienen algunas canas o las marcas de los años en el rostro. De hecho, hasta han destacado al tango como actividad física, por sus aportes al corazón. No lo digo sólo como metáfora, más de uno se ha enamorado aprovechando la oscuridad de la milonga.

¿Cuándo será el día que la gente baile en las calles el tango, aunque ya no haya empedrados? ¿O que en medio de una fiesta toda la familia se le anime al abrazo de nuestra danza? Por el momento invito a quien no lo conoce a que intente aprenderlo y disfrute de nuestras raíces.

“¿Será mujer o junco, cuando hace una quebrada?
¿Tendrá resorte o cuerda para mover los pies?
Lo cierto es que mi prenda, que mi “peor es nada”,
bailando es una fiera que me hace enloquecer…
A veces me pregunto si no será mi sombra
que siempre me persigue, o un ser sin voluntad.
¡Pero es que ya ha nacido así, pa’ la milonga
y, como yo, se muere, se muere por bailar!”.

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Libertango.

Quereme así, piantao, piantao, piantao…
Trepate a esta ternura de locos que hay en mí,
ponete esta peluca de alondras, ¡y volá!
¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!
Quereme así, piantao, piantao, piantao…
Abrite los amores que vamos a intentar
la mágica locura total de revivir…
¡Vení, volá, vení! ¡Trai-lai-la-larará!

¿Qué se debe sentir al reformular todo un estilo musical? ¿Cómo debe ser cambiar todo lo que se ha hecho e inventar algo totalmente nuevo en un rubro que se creía gastado? Me imagino la mente de aquellos tipos, seguramente que son muy pocos, a los que se le prende la lamparita y descubren, por ejemplo, que el 2 x 4 no necesariamente es 8, como para decirlo de algún modo.

Ya de por sí el instrumento que tocaba este dotado de la música intimida por tantos botones. La posibilidad de tantas combinaciones dan cuenta desde un principio de la habilidad de su ejecutor. Pero hay bandoneonistas y bandoneonistas. Éste era de otro mundo, y por eso fue que lo conoció, justamente, todo este mundo. Desde su nombre nomás llamaba la atención: Astor Piazzolla.

Por ahí le adjudican una frase, en la que habla sobre su rol de transformador del tango. Dicen que dijo: “Sí, es cierto, soy un enemigo del tango; pero del tango como ellos lo entienden. Ellos siguen creyendo en el compadrito, yo no. Creen en el farolito, yo no. Si todo ha cambiado, también debe cambiar la música de Buenos Aires. Somos muchos los que queremos cambiar el tango, pero estos señores que me atacan no lo entienden ni lo van a entender jamás. Yo voy a seguir adelante, a pesar de ellos”.

El marplatense, nacido en 1921, fue duramente criticado por los más conservadores del tango por considerar que su música no se correspondía con las melodías arrabalera. Luego de un inicio en la orquesta de Aníbal Troilo, Piazzolla fue ganando su propia identidad, al fusionar el tango fundamentalmente con ese jazz que había mamado desde chico en su infancia en Nueva York.

Seguramente podría cansar con una extensa biografía de Piazzolla, pues en sus 70 años de vida pasó por numerosos escenarios, y compartió el aire de su bandoneón con los mejores músicos del mundo. Como para mencionar a algunos de nuestros artistas, junto a los que actuó, se puede hablar de Atilio Stampone, Lalo Schiffrin, Edmundo Rivero, Cacho Tirao, o Amelita Baltar. Incluso con personalidades de otras artes, como Ernesto Sábato o Alfredo Alcón.

En uno de sus discos, “El Tango”, le puso música a textos de Jorge Luis Borges, temas como “Jacinto Chiclana” o “El hombre de la esquina rosada”, son impresionantes. “Esa ráfaga, el tango, esa diablura, los atareados años desafía; hecho de polvo y tiempo, el hombre dura menos que la liviana melodía, que sólo es tiempo“, decían las líneas del histórico poema de Borges mientras de fondo sonaba el inconfundible estilo de Piazzolla.

La música de Piazzolla tiene su lugar en los días de todos los argentinos. Casualmente, mi único paso por la danza del tango fue con mi amigo Astor. La única vez que estuve en un escenario para demostrar mis pocos dotes para el tango fue con una coreografía grupal de “Libertango”. Todavía tengo, después de cientos de ensayos, la música de ese histórico tema que aún emociona a quien lo escucha. Sin embargo, mi favorito siempre fue y será aquél que acompañó Horacio Ferrer en la letra, confesar que estoy piantao y que la gente grite “viva”, por los locos que descubrieron el amor.

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Desde el chaperío...

Milonguerita linda, papusa y breva,
con ojos picarescos de pippermint,
de parla afranchutada, pinta maleva
y boca pecadora color carmín,
engrupen tus alhajas en la milonga
con regio faroleo brillanteril
y al bailar esos tangos de meta y ponga
volvés otario al vivo y al rana gil“.

Quizás una de las cosas que hace más atractivas las poéticas letras de los tangos es la forma en la que dicen lo que dicen los arrabaleros. Yo puedo decir que alguien se va a dar cuenta de lo complicada que es la vida cuando se está desempleado y no se consigue trabajo, pero al escuchar “cuando rajés los tamangos buscando ese mando que te haga morfar“, sin dudas que dice algo más.

Ese es el protagonista de la carga del día de la fecha. Me doy cuenta que tengo una debilidad por lo que pasó en el siglo XX en nuestro país, en especial con aquellas cosas vinculadas a los años próximos al 1900. Me es inevitable emocionarme con cualquier tango y pensar en cómo sería vivir en esa época. Más cuando encuentro alguna fotografía en blanco y negro, medio desteñida y ajada, con los bacanes todos empilchados y las minas bien producidas, juntos bailando en alguna milonga.

Esa forma de hablar que se originó en el río de la Plata, pero que luego se extendió para todo el país, es otra cosa que nos caracteriza. Me causa mucha gracia generar desconciero en algún extranjero al hablar de cuánto nos cuesta el laburo o que no tenemos guita porque alguien nos afanó, de que algo es yeta y lo que es yirar. Eso que nosotros llamamos “lunfardo“, hace a la forma en la que hablamos los argentinos, pero a la vez da cuenta de nuestros orígenes. Tal como detallan los estudiosos de la materia Gobello y Oliveri, no se trata de un dialecto llegado de otro país y aplicado en Argentina, ni un sociolecto propio de una clase, ni siquiera de una jerga propia de un oficio o profesión.

Muchas de las palabras que conforman a ese modo de hablar se fueron formando (o deformando) a partir de las palabras del español, pero también hay otras de origen italiano, francés o incluso portugués. En aquellos años Argentina crecía a pasos agigantados con la llegada de miles de inmigrantes europeos a los que se les dio refugio, todo eso tuvo mucho que ver en el desarrollo del lunfardo. Les decía antes de mi debilidad, y aquí insisto en aquellos conventillos que albergaban a familias enteras de todas partes del mundo. De algún modo se tenían que comunicar, y así surgieron estas palabras.

Como suele suceder con todo lo que es diferente en lo cultural, éste modo de hablar fue considerado vulgar, y hasta se la llamó “la lengua de los ladrones”. Con el tiempo, y a través del tango, llegó a todos. Si se recorren las estrofas de reconocidos escritores de la música de aquellos años, los términos de nuestro lunfardo se encuentran por doquier. Si uno no está empapado con aquél lenguaje, podría resultar muy difícil de entender y parecería que se trata de una charla de colifas.

Además están las palabras que se pronuncian al vesre, quizás las que más me gustan. Esas propias de los barrios porteños, como hablaba Mingo, y como las que aún usan tantos.

Es por momentos algo machista el lunfardo, hay que admitirlo, pero todo el mundo del arrabal lo es. En el tango el que guía es el hombre… No hay mucho por decir sobre eso. Por eso puede sonar un poco fuerte que se refieran a las mujeres como minas o que se la llame papusa, percanta, o como fuera. También están los insultos, que al día de hoy se pueden escuchar en cualquier esquina. Esos sí me gustan, como ortiba u otario, te hacen sentir un guapo del arrabal. “Te acordarás de este otario que un día, cansado, se puso a ladrar“… Hasta la próxima.

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El "zorzal criollo" según José Silva.

Rechiflao en mi tristeza  
hoy te evoco y veo que has sido  
en mi pobre vida paria  
sólo una buena mujer.  
Tu presencia de bacana  
puso calor en mi nido,
fuiste buena, consecuente  
y yo sé que me has querido  
como no quisiste a nadie,  
como no podrás querer

La escena era muy extraña, de esas que algunos llaman “bizarra”. Viajaba con unos amigos en un taxi después de que su conductor nos prometiera cantar tangos en el camino. Estábamos en Colombia, donde los tangos del zorzal criollo aún sonaban en las radios. El taxista entonaba con un acento muy diferente las estrofas de “Mano a Mano” (de 1918, grabado en 1923 por primera vez), y nos decía con orgullo que él también había escrito algunas canciones del género.

La pequeña anécdota viene para ilustrar la magnitud que alcanzó “el morocho del Abasto”, aún después de más de 70 años de su muerte (en aquél accidente de avión casualmente en Colombia). Muchos se disputan su origen. Algunos dicen que era francés, otros que era uruguayo (versión que yo veo como más creíble), pero Carlos Gardel, “Carlitos”, fue adoptado por Argentina para llevar la bandera del tango a todo el mundo. Desde chico vivió en nuestro país y su imponente voz quedó para siempre en el espíritu de todos nosotros.

Su origen incierto, según el escritor Juan José Sebreli, es uno de los factores que influyeron para que Gardel llegara a asumir su carácter de mito. En su libro “Comediantes y mártires”, Sebreli menciona además el hecho de que pasara de la pobreza a la fama y riqueza rápidamente, su oculta vida sexual, su gran “pinta” y su temprana muerte, todos como motivos por los que el artista quedó en el corazón de la gente por años.

En realidad, Sebreli es un poco duro con el “zorzal criollo”, al punto de decir que si su desaparición no se daba en ese momento de su vida (y carrera) pasaría inadvertido en la historia del tango. Yo creo que no fue tan así, sin la intención de contradecir al reconocido escritor, pero tenía un porte increíble y es verdad esa frase de que “cada día canta mejor”. Me resulta imposible escuchar su versión de “El día que me quieras“, como para poner un ejemplo, sin que se me haga un nudo en la garganta.

Además, estaba esa sonrisa icónica que tanto han recuperado artistas plásticos desde su fallecimiento, y su “pinta”, por supuesto. Está bien que el escritor Celedonio Flores le dedicó varios tangos, y quizás por eso es medio subjetiva la mirada, pero ya lo decía en “Corrientes y Esmeralda” (de 1933): “En tu esquina rea,  cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel“. Así fue que enamoró a las rubias de New York y encantaba a todos con la posibilidad de su “volver”.

“Todos somos imitadores de Gardel”, me decía un viejo arrabalero en una nota para el diario sobre las visitas del artista a mi ciudad. Seguramente hablaré del morocho del Abasto en más detalle en próximos post, también tendrán su lugar el tango y el lunfardo. Por ahora me despido con el final de la canción que nos cantaba el taxista colombiano, aquella a la que Gardel le pusiera música junto a José Razzano y escribiera el mencionado Celedonio Flores:

Y mañana, cuando seas descolado mueble viejo
y no tengas esperanzas en tu pobre corazón,
si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo,
acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo
pa’ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión“. Chan chan…

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