Juan Lucchini - | puntal.com.ar
El músico italiano que brilló en la ciudad.
“Siñor Sanche, teno uno tema di película per tocare en il programa”, te dijo la última vez que charlaste con él, de paso, el último verano, y lo tuviste ahí, a dos palmos de narices, con ese rostro surcado tan particular y esa actitud de cercanía que era casi como una caricia.

Les puedo asegurar que el cocoliche que trata de traducir la primera frase no es en absoluto exagerado: así hablaba Juan Bautista Lucchini hasta ayer nomás, porque nunca había despejado del todo, de los arcanos de la lengua, la reminiscencia del Friuli.

Quiero decir que, aunque era riocuartense desde hace mucho tiempo, con todos los sentimientos y vicisitudes de la vida clavados y plantados entre nosotros, y con toda la música que dejó circular por aquí, nunca había dejado del todo su Prato Carnico natal.

Sé de algunos compañeros que, mientras estaban transformándose en expertos en la lengua del Dante, se solazaban haciéndose atender por Juan, que después de músico era peluquero, para ensayar unos diálogos imposibles con su dialecto.

“Ve bene, parliamo italiano”, dice que aceptaba Juan cuando se le plateaba tamaña dificultad, un poco resignado por cierto, pero accediendo a acercarse al otro, con esa actitud afable y esa vocecita queda, tan suya, que apenas ocultaba una firme voluntad.

Y volviendo a los temas “di película” que te proponía en cocoliche, eran “El oboe de Gabriel” y “Cinema Paradiso”; vamos que había algo en la sangre de Juan que se inquietaba cuando escuchaba la música de Ennio Moricone, acaso la respiración del niño que fue, en L’Italia.

Más que conocerlo personalmente, con alguna cercanía, lo recordás ensayando con otros músicos, también cercanos y que hace ya unos años lo dejaron un poco solo: en aquellos tiempos de hace más o menos veinte años, formaba parte del entrañable “Trío del 900”.

Es una buena imagen para decirle adiós. Una imagen plena, rotunda, entrañable, recordarlo así, con Juancito Crettón y Ricardo Pedraza a su lado, desplegando el viento de la música que le salía del alma, y que, riocuartense y todo como era desde que aquí plantó su vida, sonaba, y soñaba, también en italiano.

R.S.

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