"Soy muy corajudo con el micrófono en la mano, pero tímido en la vida"
QUIÉN ES Nombre: Mario Daniel Massaccesi Edad: 40 años Nació: en Río Cuarto. "Viví acá
Nadie es profeta en su tierra, por eso este periodista riocuartense, desde hace 16 años, trabaja para los medios más importantes de Buenos Aires. Habla de su pasado, de cómo le costó llegar, de su vida en la gran ciudad y analiza la repercusión que tuvo a nivel nacional el caso Nora Dalmasso.
-¿Por qué te fuiste a Buenos Aires?
- Porque nunca conseguí trabajo fijo, si no, no me iba. No estaba en mis expectativas el irme, siempre quise quedarme acá, pero tenía contratos que a los meses se terminaban. Yo soy muy de relación de dependencia, me gusta tener un sueldo, una obra social, soy muy ordenado en eso. Y vino la oportunidad para irme, fui a probar y me quedé. Y conseguí ser efectivo, a los 34 años.
- Entonces no volvés más a Río Cuarto.
- No volvería; por ahí, las circunstancias te llevan a volver, pero en este momento mi lugar en el mundo es Buenos Aires. Siempre tuve muy buena gente que me ayudó mucho, dicen que depende de uno y no del lugar, que uno va generando lazos, y yo no me puedo quejar, me ayudaron muchísimo, porteños y no porteños. Generalmente, cuando uno va del interior, solo y sin familia, se te abren todas las puertas y hay que saber generar los vínculos. Y estoy bárbaro, enloquecido, pero bárbaro. Porque es una vida de locos.
-¿Cómo vivís allá?
- Vivo en Palermo, tengo mi departamento que estoy terminando de pagar, ahora me quiero cambiar porque tengo un perro hace un año. Trabajo por la tarde, de 14 a 22; me levanto y voy a correr. Generalmente, no miro televisión ni escucho radio, a lo sumo me meto un ratito por Internet o veo los títulos de TN, pero trato de buscar información por otros lados. Entonces, cuando salgo a correr voy viendo cómo está la calle, si hay tránsito, si hay algún despelote, porque voy corriendo por la ciudad hasta los lagos de Palermo.
- Y vas generando tus propias noticias.
- ¡Exactamente! En cada lugar observo si es noticia o no, si lo uso o no, trato de estar al margen de lo que están diciendo los medios. Obviamente, al mediodía me llaman del canal para decirme qué tengo asignado ese día y trato de concentrarme en eso. Pero no soy de los que leen todos los diarios y ven todo para estar informado. Soy más selectivo, lo que me toca me informo y voy a fondo, el resto lo picoteo.
-¿Y cómo te fue con el desarraigo?
- Me costó unos tres años, sobre todo extrañar lo que Río Cuarto tiene. Y hay cosas que sigo extrañando, por ejemplo, la siesta, el “paso por tu casa, te toco timbre y entro”, el “paso a ver si estás”... Allá, si no me llaman por teléfono y me avisan que vienen, no abro la puerta. La reunión familiar de los domingos se extraña mucho, hay veces que necesitás estar con ese olor que tiene la familia propia. Me costó mucho el horario corrido de los comercios, querés ir a hacer un trámite al banco a las 8 de la mañana y están cerrados. Todo se soluciona en taxi, porque cuatro cuadras de allá no son las mismas que acá, son más largas, hay más tránsito. A las 8 de la noche venía del Golf y me parecía que estaba en el campo, porque estoy acostumbrado a ver a esa hora una multitud de gente. Todavía extraño a esas cosas.
-¿Y cómo era tu vida en Río Cuarto?
- Muy contenida, porque vivía con mis viejos, con mi familia. Y de mucho miedo, porque siempre me gustó ser periodista, pero creía que no tenía dones para serlo. Esto me generaba mucha tristeza y decepción conmigo mismo. Y había hechos puntuales que marcaban esto, como que nunca me tomaran en un trabajo, de que no fuera elegido, “vení, que te queremos, te necesitamos”, y eso sí me pasó en Buenos Aires. Ricardo Sánchez siempre me cargaba: “Al final, hacés de todo”, un tiempo me contrataban para Agropecuarias, otro en Cotizaciones, Locales, Cables, y yo pensaba que no servía para nada, que me ponían como un parche...
- Ay, al contrario, podías ser bueno en todo.
- Eran los comienzos. Y, por otra parte, el tener que trabajar y estudiar al mismo tiempo. Siempre mitad y mitad y era una sensación de frustración muy grande hasta que, diez años más tarde, me di cuenta de que tenía potenciales y dones naturales que había podido desarrollar y pude ver cómo hacer esto que siempre me había gustado. Lo que me salvó fue haberme ido de mi casa y de Río Cuarto, porque uno se abre al mundo. Cortás el cordón umbilical con la familia que te quiere y querés mucho y, sin perder las raíces, empezás a buscar otros rumbos, pero siempre mi corazón está acá.
-¿Y Buenos Aires es una ciudad que ampara y contiene?
- No, pero ahí me di cuenta de que una de las capacidades que tengo es de buscar amparo. Cuando uno está en un lugar inhóspito, en el medio del campo y viene una tormenta, hasta un pequeño matorral va a servir para cubrirte. Y empecé a buscar lazos que cubrieran esa necesidad de familia, de afectos, y no me costó. Naturalmente soy un tipo que genero vínculos. Y tampoco tengo miedos, los tenía internos, pero no hacia afuera. Me costaron algunas cosas, pero fue una aventura y me gustó.
-¿Por qué no te casaste?
- Porque estuve 38 años de mi vida dedicándome al trabajo, por este miedo permanente a que no fuera lo mío. A los 8 años jugaba a ser periodista, quería ser periodista. Y pensé que cualquier otra distracción de la vida me sacaba de ese foco, que era demostrarme a mí mismo que aquello que había soñado lo podía hacer. Recién hace un año y medio me solté, con ayuda de terapia, y pude ver que la vida tiene otros horizontes y que el trabajo no es la vida. ¡Tarde me di cuenta, a los 40! Ahora que conseguí que ese sueño sea realidad y lo disfruto, me permito vivir: tener un reencuentro distinto con mi familia, a la que no le he dado demasiada pelota, disfrutar más de los amigos, y recién me dan ganas de tener hijos, pero necesitaba confirmar que era capaz de hacer aquello que soñé.
-¿Perdiste muchas cosas en el camino?
- Sí, muchas y me cagué de hambre, casi pierdo una casa porque, además, fui muy selectivo con los trabajos, me ofrecían algunas cosas y no me interesaban porque no estaban dentro de mi perfil.
-¿Qué relación tenés con los grandes del periodismo televisivo?
- Con los popes del periodismo siempre he tenido buena relación, pero no soy un tipo cholulo ni interesado, siempre supe que para poder tener tu propia estrella, grande, chica o más luminosa, no hay que colgarse de nadie. Entonces, mantuve mucha distancia y respeto con la fama de los otros. Yo no me meto, ni me interesa, porque para tener lo propio hay que marcar el propio camino, escuchar, ver, aprender, tener cierto nivel de absorción para algunas cosas. Me encanta laburar con Santos, tengo una excelente relación con María Laura -el perro que tengo me lo regaló ella-, con Mónica, con César, con Llamas de Madariaga, con Any Ventura, pero nunca me hice amigo, ni los visito. Se puede establecer ese tipo de vínculos porque son humanos como cualquier otro, pero siempre me pareció que era un terreno en el que no tenía que meterme. Yo tengo que generar mi propio espacio, mi propia repercusión. Tengo un trabajo que naturalmente genera exposición y me cuido mucho de ella, y guardo mucha distancia con la fama de los otros.
-¿A dónde te gustaría llegar?
- Creo que ya llegué. Todo lo que quería, que era estar con un móvil de exteriores en la calle, ya lo conseguí, y más. Porque estoy haciendo piso, ahora voy a hacer En Síntesis, he viajado, me encanta esto que estoy haciendo acá, picotear distintos temas, estar en una villa, mañana en un palacio, el Mundial o cubriendo un accidente. Esta diversidad es lo que me sigue dando mucha adrenalina. No estoy presionado por metas y objetivos, me dejo llevar y me permito sorprenderme.
-¿Y cómo te llevás con el medio?
- Es un medio naturalmente egocéntrico, donde hay que empezar por dominar el ego, saber hasta dónde se lo deja llegar, si vos lo dominás o él te domina a vos. Y tenés que lidiar con el ego de los otros, hay algunos que lo tienen dominado, otros que no, y algunos que son impunes con su ego. Es un medio donde hay envidias, competencias y te expone todo el tiempo. Y hay que bancarse la crítica de mucha gente a la que no le gusta lo que hacés y darte cuenta de que es legítimo eso y que les generes rechazo cuando te ven en la pantalla porque no les gusta tu estilo. Y serruchadas de piso hay en todos lados, en la radio, en el canal.
-¿Alguna vez corrió riesgo tu vida en una nota?
- La gran virtud de un periodista de calle es tener reflejos y capacidad de reacción. Reflejos, para darte cuenta dónde está la noticia y dónde el peligro. Y reacción para que, cuando la situación se descontrola y se va de las manos, puedas preservarte. Hay compañeros que, cada tanto, son agredidos y aparecen como los grandes valientes, pero son siempre los mismos, porque son prepotentes y hacen ese tipo de periodismo que no está ni bien ni mal, pero a mí no me gusta ni lo quiero. No quiero salir en cámara ni herido, ni lastimado ni golpeado, y no es ser cagón, la noticia es siempre lo que está pasando y se puede mostrar la violencia sin ser parte de las víctimas, simplemente contar qué está pasando. En el canal nos enseñan a preservarnos.
-¿Qué se siente volver a casa siendo famoso?
- La gente siempre mira la cosecha y no todo lo que hay detrás. Hay colegas a los que yo decía: “¡Ojalá me dieran trabajo!” y ahora me vienen a saludar. Me pone incómodo, porque hay periodistas con los que nunca he tenido contacto y ahora vienen a saludarme. Soy muy corajudo y sin miedos con el micrófono en la mano, pero soy muy tímido en la vida. Mis padres me enseñaron el perfil bajo y me gusta cultivar eso. Y me sorprende el cariño de la gente, compañeros de la infancia tratando de ubicarme cuando vengo. Acabo de festejar los 40 años el 21 de octubre, hice una fiesta para reencontrarme con mi pasado e invité a mis compañeros de la primaria, secundaria, de la universidad, amigos, colegas, y fueron todos a Buenos Aires. Y mis amigos llevaron a mi familia que, en 16 años, nunca me habían ido a visitar. Me hicieron un video con la calesita, la Catedral, el Colegio Nacional donde fui, del barrio y con saludos de mi familia que termina con ellos caminando por una calle de Banda Norte, donde está mi papá en el geriátrico y, cuando van acercándose a la cámara, se prendieron las luces y aparecieron todos en persona. ¡Fue la noche de la felicidad completa porque estaban todos!
-¿Por qué tanta trascendencia, a nivel nacional, del caso Dalmasso?
- Esto le demuestra a cierta gente de Río Cuarto que las cosas no siempre se pueden tener bajo control. Las apariencias nunca se pueden controlar. Y no estoy juzgando la vida de nadie pero, como sociedad, hay un trabajo que no hemos hecho, el de la verdad, mostrarnos cómo somos y el hacer lo que queremos, si no molestamos al otro, es posible sólo desde la verdad, de exponer la verdad ante los otros. Y esto les corrió la careta, la muerte de Nora Dalmasso es la demostración de que, en algún momento, el velo se corre y hay que sacarse la careta. Y se las sacó a muchos de los que hacen una apariencia y exhibición de una vida, en definitiva frustrada, porque demuestran una cosa y hacen otra. Podría haber pasado en cualquier otro lugar, como en Catarmarca, lo de María Soledad les sacó la careta a los poderosos. Esto de la doble vida, en algún momento se cae, lamentablemente se cayó con una muerte. Algunos sectores sociales necesitan de una muerte para exponer la verdad y lo hacen con vergüenza, el escándalo pasa por ahí, más allá de las dudas que hay sobre el crimen. Escuchaba a los periodistas de Buenos Aires, que no conocen nada de Río Cuarto, hacer un análisis de cómo funciona esta sociedad como si hubieran estado aquí en los últimos 20 años, se dieron cuenta enseguida de cómo éramos los riocuartenses. La muerte de Nora es un espejo de la sociedad que somos y de ocultar la verdad de lo que somos, eso nos hace menos honestos. Y les permitió a muchos mirar por el ojo de la cerradura a esos que se exhibían de una manera.
-¿No hay un poco de resentimiento social?
- El cuerpo de Nora es el ojo de la cerradura de toda la trama social de esos que se exhiben de una manera y, en realidad, son de otra. Sabíamos que eran de esa manera, pero ahora tenemos la prueba. El crimen de Nora puso en evidencia que los rumores, las sospechas y la intuición que muchos tenían de cómo era esa sociedad que se mostraba de una manera, ahora se pone negro sobre blanco. Y, ojalá podamos aprender que, independientemente de la clase social o del trabajo, nada nos da impunidad. A todos nos puede pasar, esto mismo debe haber pasado en barrios pobres o de clase media y no salió al aire. La muerte siempre nos iguala, nos pone en un mismo nivel, así como las circunstancias que rodean una muerte, todos somos humanos. Esto demuestra también que la clase alta tiene bajos instintos.
Ana Solá
Fotos: Estela Zogbe.