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Portada > Locales > Nota > 01/12/2008
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Reinas, corsos y caretas en el carnaval de Río... Cuarto

Se organizaron varias veces durante el siglo pasado, pero los que realizaron los Bomberos fueron todo un clásico. Por el bulevar no se podía ni caminar por la cantidad de serpentinas

De punta a punta en el bulevar Roca, dos días del año en las calles se formaba una espesa alfombra de serpentinas. Desde el Andino hasta las 5 Esquinas, toda la familia jugaba con agua entre carrozas, música y disfraces. Una costumbre que hoy ya no tiene ni organizadores ni adeptos fue la de los carnavales. A lo largo del siglo pasado se realizaron varios, incluso hasta no hace mucho tiempo. Sin embargo, los que más sensación causaron entre los riocuartenses fueron los que planearon los Bomberos Voluntarios en la década de los ‘50.
Con el objetivo de juntar fondos para la formación de la institución se realizaron varios bailes y carnavales. Con un largo pasado de este tipo de celebraciones como antecedente los bomberos se dispusieron a realizar “El Carnaval de Antaño”, en 1953, que inició todo el camino, y a éste le siguieron “El Carnaval de América” y “El del Pueblo”, entre otros.
Más tarde se continuó por algún tiempo con estas grandes fiestas familiares, y reinas como Denys Angeli en el ‘73 llevaron la corona que representaba la belleza local. Con los años se abandonó la costumbre y ya nadie se encargó nuevamente de su organización. Por las esquinas de algún barrio, lejos del centro, los chicos aprovechan ahora cualquier calorcito para jugar un rato con bombitas.

$0,50 la entrada

En la década del ‘50 los Bomberos iniciaron sus campañas de recolección de fondos con una de las grandes tradiciones locales que se desvanecieron en el tiempo. Con sólo $0,50 se podía acceder a las calles donde se llevaba a cabo la gran fiesta, una ganga pensando en lo que significaba el festejo. Los carnavales despertaron más que nunca al niño que vive dentro de uno, con una diversión más que sana y bromas muy ingenuas.
Se organizaron en dos lugares clave: el bulevar y la plaza Roca. Desde el Andino hasta las 5 Esquinas de punta a punta e ida y vuelta. O en el corazón de la ciudad, partiendo por Vélez Sarsfield, General Paz, Rivadavia, Sobremonte, San Martín y Constitución, en dos vueltas de un ocho que finalizaba en la esquina del banco de Córdoba con toda la fiesta.
Las carrozas de todos los clubes de la ciudad, y algunos invitados de los pueblos vecinos, recorrían las calles ante la atenta mirada de los riocuartenses que correteaban por ahí tirando serpentinas. Normando Patroni, actual presidente del Centro de Jubilados de barrio Alberdi, recuerda con una gran sonrisa: “Era impresionante la cantidad de serpentinas y papel picado que había en las calles. Me acuerdo que muchos iban descalzos al carnaval y había barras que les tiraban cigarrillos a los pies. ¡Vieras cómo saltaban los negros!”.
Los eventos se planeaban siempre para la misma época, “febrero era un momento hermoso”, asegura Patroni. Los carnavales de Bomberos comenzaron a organizarse en 1953 con el famoso “Carnaval de Antaño”, que contó con la participación de instituciones como el Centro Cultural Alberdi y la Oleaginosa Río Cuarto. Un año más tarde se desarrolló el “Carnaval de América”, donde la carroza ganadora fue la del club Arsenal, representando a Perú.  En 1955 tuvo lugar el “Carnaval del Pueblo”, con el lema: “Una fiesta del pueblo y para el pueblo”. Las provincias del país estaban representadas en hermosas carrozas. Entre ellas, el Club Gorriones representó a Misiones, con un gigante mate abriendo camino entre la gente; el Club Sportivo Atenas y su gran canasta de manzanas homenajeaba a Río Negro; y el Gorriones Rugby Club trajo a Río Cuarto toda la belleza de Entre Ríos. En el ‘56 se llevó a cabo el “Carnaval de la Alegría”, que agrandó aún más la sonrisa de los riocuartenses.

Carnaval toda la vida

“En ese momento participaba la mayoría de los clubes - comenta Normando Patroni-, a veces había más de 20 carrozas. Lógico, algunas estaban más elaboradas y otras no tanto”. Toda la magia de las fiestas en el bulevar o la plaza no comenzaba con el desfile de las reinas sino algunos meses antes, con el armado de las carrozas.
Los socios de cada club dedicaban muchas horas al diseño y la construcción de esos gigantes que recorrían las calles de la ciudad, y por supuesto en medio intercalaban algún que otro ágape. “Aquí (por Alberdi) las diseñaba mi hermano Juan Carlos, y después trabajaba todo el mundo. Luego, cuando se terminaba de armar, se hacían grandes asados en los que se prendía todo el barrio”, cuenta Normando Patroni.
Había una institución que ponía la idea y organizaba todo el evento, ya sea Bomberos, la Municipalidad, o en una época, la vecinal Roca. Luego se ponía en contacto con los representantes de los clubes y vecinales de la ciudad para coordinar, entre otras cosas los premios para las carrozas y las reinas. “Como premio se entregaba dinero, y se les hacía un reconocimiento a las otras carrozas, pero no se justificaba la plata que se les entregaba en relación a los gastos que tenían en el armado”, asegura Patroni y agrega que, por sobre todo, “se hacía por vocación”.

Sobre disfraces y reinas

“Decime quién sos vos,
decime dónde vas,
alegre mascarita
que me gritas al pasar:
"-¿Qué hacés? ¿Me conocés?
Adiós... Adiós... Adiós...
¡Yo soy la misteriosa
mujercita que buscás!"
-¡Sacate el antifaz!
¡Te quiero conocer!
Tus ojos, por el corso,
va buscando mi ansiedad.
¡Tu risa me hace mal!
Mostrate como sos.
¡Detrás de tus desvíos
todo el año es Carnaval!”, decía en su tango Francisco García Jiménez. Ese misterio que nacía con el antifaz fue clave en cada festival. Todos buscaban un disfraz especial, aquél con el que nadie lo iría a descubrir. Por supuesto que eso incentivaba la originalidad y daba lugar a los más ocurrentes.
Ricardo Lukasiewicz, que también formó parte del centro Cultural Alberdi (ver aparte), recuerda: “A los disfrazados se los respetaba, nadie les pegaba, al contrario, se los aplaudía. Siempre había mucha gente disfrazada por todos lados. Había disfraces maravillosos como “el hombre sin cabeza”, “el rey de copas”, había princesas, matrimonios y otros más cómicos. El más común era uno que consistía en una túnica negra que a la altura de la espalda tenía un signo de pregunta. Uno tenía la cara tapada y cambiaba la voz para que no lo reconocieran. Además, era el más cómodo para bailar”.
- ¿De qué recuerda haberse disfrazado?
- Un año me disfracé de “penado 14”, de presidiario, con todas rayas negras y blancas. Yo me disfrazaba en una casa que no fuera la mía, para que no me descubrieran, y desde ahí me iba al Carnaval.
Cuando no tocaban “Los Cuervos”, la música la proporcionaba don Ezequiel “el pequeño” Fernández, que se encargaba de reproducir por sus parlantes la música de los mejores discos. Por las calles todos bailaban, desfilaba la carroza y alrededor iba la murga. “Nosotros nos llamábamos ‘Los indios del Alberdi’”, recuerda sonriente Normando Patroni, y agrega: “Fuimos una tribu que iba atrás de la carroza”.
Seguían a sus reinas, que habían elegido en diferentes celebraciones de cada barrio. “Acá teníamos una semana del Alberdi, donde participaban todas las organizaciones del barrio con sus reinas”, dice el actual presidente del Centro de Jubilados. Las bellezas luego competían entre sí y de ellas se elegía a la reina del Carnaval, aunque más tarde no representaban a la ciudad como sucede ahora con algunas fiestas nacionales.
Algunas de las que llevaron la corona de los festejos fueron Eva Berjano, la más linda del “Carnaval de América”; Lidia González, premiada en la fiesta “del Pueblo”, madre de la ex ministra Adriana Nazario; y Angelita Chiapello, que desde el Alberdi deslumbró a todos con su sonrisa.
“Ahora se ha desvirtuado todo, sin intención de ofender a la juventud, pero se ha entrado en un ritmo en el que si uno no tiene una copa de alcohol encima no es nadie. En esa época había alcohol, pero también había más conducta”, reflexiona Patroni pensando en cómo era la diversión en ese entonces.
La mayor agresión que uno podía sufrir en alguno de aquellos encuentros podía pasar por un ataque con un pomo comprado en la perfumería de los Lamborizzio o que con un roce le quitaran a uno el antifaz. Los intentos por traer de regreso los corsos se vieron frustrados por los miedos a los peligros que podrían implicar. “Según una difundida leyenda, el Carnaval fue alguna vez una fiesta popular, con personas disfrazadas, música, baile, bromas y murgas. En verdad, cuesta creer semejante cosa. Como quiera que sea, la legendaria gesta ha muerto ya”, dice Alejandro Dolina en “El corso triste de la calle Caracas”. Espero que no esté del todo en lo cierto.

Luis Schlossberg
lschlossberg@puntal.com.ar