Portada > Locales > Nota > 08/12/2015
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entrevista

Esther Díaz: la mujer que se rebeló para que la dejaran ser filósofa

Su familia, de origen muy humilde, le impidió hacer el secundario. Se casó joven y fue una mujer golpeada. Terminó el bachillerato a los 29, entró en la UBA y a los 51 años se recibió de Doctora en Filosofía. Hoy es reconocida incluso a nivel internacional

PERFIL
* Esther Díaz nació en Ituzaingó en 1939. Es filósofa, epistemóloga y ensayista. Cursó sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Dictó seminarios de posgrado sobre Metodología de la Ciencia y Epistemología en las Universidades de Entre Ríos, Tucumán y de Nordeste.
* Realizó numerosas conferencias en universidades latinoamericanas. Dirige la Maestría en Metodología de la Investigación Científica en la Universidad de Lanús.


Su destino era otro. Ser costurera, como quería su familia. O ayudante de peluquería, como debió hacerlo cuando, casada y con dos hijos, tuvo que salir a buscar el sustento para su familia.

Pero Esther Díaz no se resignó. Desde niña pidió que la dejaran estudiar, ya que le encantaba leer y conocer, que era lo único que la apasionaba. Sus padres, muy humildes, no querían ni siquiera que cursara el secundario. “Te vas a echar a perder”, le decían. Pudo hacer el secundario cuando rozaba los 30 años.

A una edad en la que la mayoría de la gente considera que está demasiado grande para estudiar, ella recibió su doctorado en Filosofía. A los 51 años, defendió su tesis. Había elegido un autor polémico, controvertido en aquellos inicios de los ‘80: Michel Foucault. Ella fue una de las intelectuales que terminaron introduciendo el pensamiento de ese francés que se dedicó a describir la sociedad disciplinaria, los mecanismos de control sobre las mentes y los cuerpos, el biopoder y la biopolítica.

Esther Díaz estuvo en Río Cuarto, convocada por el Consejo Económico y Social para contribuir a pensar la sociedad actual y la del futuro.

A los 76 años, todavía se emociona cuando cuenta en primera persona cómo llegó a convertirse en filósofa.

Su niñez. “Provengo de una familia muy humilde. Mi papá fue un chico de la calle. Contaba que no tenía ni para comprarse alpargatas. Con mi mamá se casaron muy jovencitos; ella fue sólo hasta segundo grado. Y tuvieron tres hijas. Soy la del medio. No había nada que hiciera decir que de esa hija del diariero iba a salir una doctora en Filosofía porque no se valoraba la cosa intelectual”.

“En mi tiempo había primero inferior, primero superior y recién después segundo. Cuando terminé primero inferior, una tía me llevó a San Martín de los Andes porque tuve unos problemas de salud. Como era verano, para que viniera preparada para marzo me mandó a la maestra particular y esa fue la primera persona que captó algo diferente en mí. Dijo que era una lástima que fuera a primero superior. ¿Por qué no la preparamos y que rinda libre? Bueno, dí libre primero superior y cuando vine estaba un año adelantada respecto de mis compañeritos. De hecho terminé muy chica el primario y siempre pensando que quería hacer el bachillerato. Lo que sí tenía seguro era que quería ir a la Universidad. Cuando se lo manifesté a mis paderes, me dijeron que no, que el secundario no lo iba a hacer de ninguna manera. Ellos me decían que las estudiantas se echaban a perder. Me decían que en el tren fumaban y hacían lío. No me dejaron, no me dejaron. Tenía 10 años, había terminado la primaria y ya no podía hacer nada. Entonces me mandaron a estudiar cosas insólitas, crueles. Como insistía tanto que quería estudiar, me mandaron a estudiar bordado a máquina. Me atravesé el dedo índice con la aguja mecánica. Y una de mis compañeras le dijo a la profesora que yo era medio tontita. Y, sí, para eso era tontita. Mi autoestima estaba por el suelo. Quería estudiar algo que era imposible y me mandaban a hacer cosas que no estaba en mi naturaleza. Me acuerdo que en una oportunidad una amiga de mi mamá dejó una Biblia en casa; yo chocha porque al fin había un libro. La Biblia me la leí dos veces entera, no por religiosidad sino por las historias. En mi casa los libros no existían”.

La primera publicación. “En ese tiempo existía una revista, Mundo Infantil. Y leí que si uno escribía, podían publicarla. Hice un dibujito de la vaca Aurora y un versito. En mi casa no dije nada porque todas las cosas que hacía eran descalificadas. Agarré unas moneditas de los vueltos y me fui sola al correo y mandé esa carta. A la semana siguiente tuve mi primera publicación, a los 9 o 10 años, que se perdió como se perdieron las poesías. Hace dos o tres años, un periodista de Buenos adires que había sido discípulo mío en Filosofía y Letras, cuando conté esta historia le quedó repiqueteando y se apareció después con ese dibujo de la vaca Aurora. No sé dónde pero lo encontró. Mirá vos, gracias a los discípulos, que son una de las grandes satisfacciones de la vida, tengo ese dibujo que había perdido para siempre”.

Monja. “Tampoco me dejaban trabajar. Así que mirá la que me mandé: me metí a monja de clausura. Quería escapar y al final fue peor. Ahí había unas reglas muy rígidas. Entonces, el mandato fue que había que casarse. Y me casé muy joven. Tuve un hijo y una hija. Como mi marido lamentablemente resultó un golpeador, fue muy difícil divorciarme de un violento, máxime en aquellos tiempos. Mi familia me retiró el saludo. Cuando el tipo me pegó mi familia dejó de saludarme porque, según ellos, por algo era. Llegué con la cara destrozada y mi mamá me dijo: ‘te lo estabas buscando’. No hay nadie más solo que la mujer golpeada, al menos en aquel momento. Te convertís en un paria.

De peluquera a filósofa. “Había empezado a trabajar de peluquera para ganarme la vida. Porque este individuo, alcohólico también, no traía nada a la casa. Mientras tanto me sentía marcada, con un estigma por no haber estudiado. Tenía 26 años. Me sentía vieja para empezar el secundario. Pero decidí hacer lo que siempre había querido hacer. La ansiedad que tenía por entrar a estudiar hizo que empezara a preparar primer año libre. Entonces, entre diciembre y marzo dí las materias de primer año y lo aprobé. O sea que entré directamente a segundo año; ahí sí empezó el reconocimiento. Los profesores se dieron cuenta de que tenía una capacidad especial y me dijeron que era una lástima que estuviera cuatro años haciendo el secundario. En dos años me liquidé el bachillerato especializado en Letras”.

“Para entonces tenía 29 años, cuando conseguí el certificado. Decidí que quería entrar en Filosofia y Letras. Pero había que dar examen de ingreso. Imaginate, con la autoestima tan baja que tenía porque todo lo que había hecho había sido despreciado. Además, como decía Bourdieu, llegaba con cero capital intelectual. Venía de una familia totalmente iletrada. Por otro lado, ahora que lo logré no me arrepiento de haber sido una chica de barrio. Porque me dio calle y mi filosofía no está volando por los aires. Tengo una filosogía que sale de la tierra. Hago filosofía desde las prácticas, desde lo concreto hacia el concepto. Eso tiene que ver con haber sido una persona humilde”.

“Cuando me preparé para dar el examen de ingreso, para mí era casi inalcanzable. Me preparé con dos chicos más, que eran jóvenes. Cuando publicaron las notas fuimos los tres como para darnos ánimo. Se fijó uno de los pibes  y no había entrado. Se fija el otro pibe y no estaba en la lista. Yo me quería ir, no quería ni mirar. Ellos me insistieron. Bueno, cuando vi mi nombre entre los que habían ingresado, si me preguntás cuál fue el día más feliz de mi vida, fue ese. Mi nombre en Filosofía y Letras de la UBA. Era tocar el cielo con las manos”.

“Era peluquera durante el día, a la noche dejaba a mis hijos con una chica que los cuidaba y viajaba a estudiar. Pero cuando ingresé en la Universidad, conseguí trabajo en el Indec y me fui para el centro. Conseguí esa independencia que quería. También hice rápidamente la carrera porque a pesar de que trabajaba tengo esta avidez de conocimiento. En cuatro años y medio liquidé la carrera, convencida de que quería hacer el doctorado”.

Resistencia y doctorado. “Me dieron el título en el 74, cuando en Argentina empezó a haber problemas. Así que no pude hacer el doctorado porque al poco tiempo llegó el Ejército directamente a la Universidad. Con mi título de filósofa, para ganarme la vida salí a vender tizas en los colegios con un Fitito que tenía. Le sacaba el asiento de atrás al Fitito y le ponía 200 cajas de tizas.

Por supuesto que seguía estudiando por mi cuenta, con el profesor Andrés Mercado Vera, que debe haber sido la persona que más trabajó Hegel. Lo echaron de las tres universidades públicas en las que trabajaba. Él era peronista, no tenía ninguna militancia armada, pero lo echaron. A mí se me ocurrió buscar un grupo de colegas y les dije: ¿por qué no armarmos un grupo de estudio, seguimos formándonos y le damos una especie de sueldo al profesor”. Durante la epoca de la dictadura, esa fue mi resistencia. Nos juntábamos una vez por semana a seguir estudiando. Esa fue mi resistencia intelectual a esos años terroríficos. Cuando tuvimos la suerte de que volviera la democracia, Alfonsín tuvo una idea brillante, inventó el ciclo básico común de la UBA. Lo que pasa es que yo no tenía antecedentes. La gente que tuvo que exiliarse tuvo la desgracia de estar en el extranjero, pero venían con sus doctorados y sus maestrías. Yo tenía que competir con ellos. Un año vine a Córdoba capital para hacer currículum. Empecé a publicar, de manera tal que cuando empieza el CBC, ya me nombran adjunta.  En ese momento tenía una cátedra como adjunta pero a los 3 meses me nombraron titular a cargo. Tenía una cátedra con 120 docentes y 12 mil alumnos. Claro, porque esos 10 años en que la gente no pudo entrar a la Universidad vino en masa. Ahí sí pude anotarme en el doctorado, empecé a trabajar en la UBA como profesora y a la vez como alumna en el posgrado. Ahí elegí a Michel Foucault, hice mi tesis”.

- ¿Por qué eligió Foucault? Usted fue una de las intelectuales que introdujeron su pensamiento en el país.
- Justamente. No sabés cómo lo pagó mi cuerpo a eso. El día que defendí mi doctorado uno de los jurados me dijo que no era filosofía. ¿Por qué no era filosofía? Foucault me enseñó que la filosofía hay que comenzarla desde abajo. A eso ya lo había dicho Nietzsche. Él decía ‘yo soy un filósofo bajo, ando por los bajos fondos, ando por el barro de la realidad, me meto en el mal aliento, el olor a transpiración, en los cuerpos porque de ahí sale la filosofía’. Yo, un poco más groseramente, digo que la filosofía sale desde los ovarios, desde los testículos, de lo que uno siente en el cuerpo. Foucault se ocupa de la sexualidad, de la gente discriminada. Elegí al filósofo que por excelencia se ocupó de estos temas. Él también sufrió discriminación por su elección sexual.

Enamorada de Foucault. “No me querían aceptar el proyecto cuando quise hacer el doctorado. Lo rearmaba más críticamente. Me decían que era poco crítica del autor. Cuando estás enamorada de un autor no lo podés criticar. Hoy puedo tener una crítica pero porque tengo más elementos. Finalmente, conseguí un profesor de filosofía maravilloso, que fue Ricardo Maliandi, que no sabía nada de Foucault pero me ayudó mucho. Así como me había propuesto terminar el secundario, a los 50 años entrego mi tesis. Tardaron un año en llamarme. En ese año pasó una cosa muy triste en mi vida: pensé ‘esto no puede ser, estoy siempre luchando contra la corriente’. Tuve un intento de suicidio bastante embromado. Cuando en la Universidad se enteraron, cuando salí de la clínina me llamaron a defender la tesis. El momento fue duro pero me pusieron sobresaliente. Mirá, todavía me emociono, porque a mis casi 51 logré mi doctorado en Filosofía. A pesar de eso, hoy tengo casi 30 libros publicados, más de 100 papers y reconocimiento internacional porque me la paso viajando por el mundo”.

- ¿Foucault sigue siendo un autor fundamental para entender la sociedad presente, con sus conceptos de biopolítica, de vigilancia y control, biopoder?
- Hermosa la pregunta que me hacés porque antes de elegir a Foucault estaba haciendo mi primer doctorado sobre Hegel, sobre filosofía de la historia. Hegel es tan abstracto que no me servía para entender la realidad cotidiana. Cuando empecé a estudiar a Foucault ahí se me iluminó el diario de cada mañana. Cuando pasó lo de María Soledad Morales en Catamarca, desde Foucault se entiende perfectamente porque la micropolítica que él propone es lo que hicieron esas chicas con esas marchas del silencio. Lo hicieron desde la parte más débil de la sociedad: eran mujeres, adolescentes, provincianas en un país unitario. Les faltaba ser lesbianas y negras. Ellas subvirtieron las relaciones de poder. Cayeron jueces, cayó el gobernador, cayeron funcionarios. Todo eso se puede entender desde Foucault. Después de él seguí estudiando a otros autores y traté de construir un pensamiento propio. Pero si lo logré fue porque caminé sobre las espaldas de esos gigantes.


Marcos Jure
mjure@puntal.com.ar