Portada > Deportes > Nota > 15/07/2017
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La página de Wehbe

El Gordo Horacio

Parecía un scrum ese amontonamiento de gente alrededor de las dos sillas que ocupaban relator y comentarista a la vera del ring en el Luna Park. Se había terminado la pelea de fondo y mientras el grueso del público tomaba Corrientes hacia arriba comentando el fallo o el nocaut, un buen grupo escuchaba el comentario de Horacio García Blanco en el lugar, in situ, quería sentirlo desde la propia voz del Gordo, a pesar de que varios tenían sus portátiles.
Osvaldo Caffarelli ya se preparaba para cerrar con el clásico: “Hasta todos los momentos”, mientras Horacio analizaba a Saldaño, a Cachazú, a Locche o Ramón La Cruz.
Horacio García Blanco. Mi amigo. Nació un 15 de julio de 1937 y se fue en mayo de 2002. Su partida tuvo además un dejo de cuestión mediática dramática, respecto a realidades políticas y económicas de alguno de los despojos a los que fuimos objetos los argentinos. El “corralito” y sus circunstancias, digo.
Horacio García Blanco fue un buen referente del periodismo deportivo nacional y fue fundamentalmente un gran tipo. De barrio, de los burros, del boxeo y del fútbol.
Al frente de la revista Goles manejó una gran opción en paralelo a los grandes tiempos de El Gráfico. Fue allí desde redactor a director entre el 62 y el 75 siendo contemporáneo, claro, a Don Enzo Ardigó.
Había debutado en Radio, en el 60; en Belgrano, y seis años después se incorporaría a Rivadavia para trabajar con Muñoz. Su voz se hizo inconfundible.
Llegó a relatar un Gran Premio de Turf, en el que ganó un caballo de su propiedad y terminó el relato diciendo: “¡Ganó el mío Muñoz!” y se fue a festejar.
Comentarista de boxeo y fútbol de pocas palabras, para nada extenso y sí contundente, Horacio García Blanco definía los eventos con sagacidad y mucha calle, con vehemencia y respeto por los protagonistas a la vez.
Cuando en una Copa Libertadores, siguiendo a Vélez, le anunciaron la muerte de su mujer, su vida cambió para siempre. Aferrado según sus propios relatos a su hija Rocío, continuó su carrera, herido de tristeza infinita.
Mirada de búfalo y sonrisa bien porteña, García Blanco fue un gourmet de aquellos, un cocinero excepcional. Compartir con él un departamento durante toda una Copa del Mundo en EE.UU. fue un banquete de sapiencia y entretenimiento gastronómico.
A la par de narrar experiencias de veladas inolvidables en el Luna y en todo el mundo, de contar uno tras otro partidos extraordinarios en la cancha del mundo que fuera, era capaz de hacer el pollo a la cacerola más rico que se imagine.
Horacio era capaz de llamar en medio de un programa al centro de prensa, si él se había quedado en el departamento, para preguntar si nos gustaba el bife a la criolla o lo preferíamos sólo con tomate y huevos.
El Gordo García Blanco contaba que era de Independiente y se afirmaba en: “Tenemos kilómetros de vueltas olímpicas”.
Una noche mirábamos televisión en Dallas y no había canales en castellano. Había una película que yo más o menos entendía por haberla visto y por algún conocimiento de inglés. Whiskies de por medio, observábamos y tomábamos, hasta que a los cuarenta y cinco minutos más o menos, largó: “Wehbe... yo lo tengo que querer mucho a usted, porque hace una hora que estoy sentado acá sin entender un joraca y no me muevo de la silla”.
De Horacio dijeron alguna vez que no iba a un Mundial en una cobertura televisiva porque era “feo”. Los noventa nos pasaban por arriba.  El comportamiento y la sapiencia no eran medida en esos tiempos. Y el Gordo lo fue sintiendo.
Hizo una muy buena pareja de relato y comentario con el querido Juan Carlos Morales, en América y Nacional.
Tiempos del cumpleaños del Gordo García Blanco. Salud amigo. Gracias por haber sido quien fue, detrás de un micrófono y fundamentalmente en la vida. Por la amistad incondicional, por el aprendizaje, por el amor a su hija, por el cariño a Independiente, a los burros y al boxeo. En donde esté ya habrá llamado al cielo vecino para consultar si el pollo lo quieren con papas al horno o con una buena tortilla a la española.
Horacio García Blanco. A la memoria de un bueno.

   Osvaldo Alfredo Wehbe.