TEATRO / “CONSEJOS PA UN HIJO GUACHO”
Soltura y humor
Fernando Rossaroli parece sentirse cómodo trabajando en solitario. Su segundo trabajo desde que está en Río Cuarto vuelve a mostrarlo en su múltiple faceta de autor, puestista y protagonista, en este caso dando vida a varios personajes.
Esa capacidad para desdoblarse que, en escena y en plan interpretativo, se manifiesta con marcada naturalidad, no sólo lo transforma en un “rara avis” dentro del teatro local sino que también le asigna una perspectiva descentrada.
“Consejos pa'un hijo guacho” es un unipersonal derivado de esa mezcla de perspectivas desde las que Rossaroli se dispone a jugar en un terreno que merodea la parodia aunque nunca se instala decididamente en ella.
La idea es contar, desde una diversidad de puntos de vista, que asume él mismo, como autor primero y como actor después, el proceso de un hecho de índole policial que se ve constantemente contaminado por elementos de una realidad difusa y exterior al suceso.
La trama, que se desarma constantemente en esas perspectivas, muestran y ocultan, todo a la vez, la personalidad de un asesino serial de mujeres, una búsqueda en medio de la cual se descubren elementos insólitos, además de un culpable inesperado.
En la intersección de personajes insólitos -desde un médico forense que encuentra belleza, y placer, en los cuerpos muertos, hasta un abogado mexicano que parece sacado del doblaje de las series judiciales de televisión- la trama se deshilacha frecuentemente.
Porque lo que importa no es desarrollar la estructura de una anécdota más o menos convencional sino precisamente desmadejar de ese núcleo central una serie de situaciones insólitas, absurdas, desbordantes de sin sentido muchas veces.
El psicologismo barato, la entronización de estereotipos según la cual funcionan los medios de comunicación, los tics de género, el criollismo sentencioso, son burlados mientras una trama se desarrolla de forma intencionadamente inconexa.
La tragicomedia que se esconde en anverso y reverso de los actos humanos va desplegándose de esa manera mientras Rossaroli desarrolla su trabajo con naturalidad, hasta lograr que las múltiples voces que asume, resulten chirriantes.
Si a veces el desarrollo tiene caídas de ritmo, especialmente en algunas salidas a foro, rápidamente el quiebre se disimula por la presencia constante de una mirada burlona que se hace sustancia textual gracias a un humor muy afilado.
One-lines y situaciones graciosas se combinan a lo largo de la pieza y sirven para que las costuras a las que obliga este “estilo” no se noten en demasía, y el monólogo quebrado se disfrute en el marco de una naturalidad elogiable.
Refrescante y descontracturado ejercicio dramático, “Herencia pa'un hijo guacho”, muestra a un Rossaroli afirmado en su búsqueda y haciendo gala de una espontaneidad y gracia poco frecuente en el medio.
R.S.




