Por Marcos Jure
Si se pensara con lógica futbolera, donde la suerte suele ser un elemento determinante, podría decirse que Argentina no pega una. Ni económica, ni política, ni social ni, por supuesto, deportivamente. La penuria es tan profunda que el país se vio condenado en los últimos días a festejar que el dólar no haya seguido escalando por encima de los 28 pesos y que Nigeria derrotara a Islandia para que la endeble y errática selección de Jorge Sampaoli pudiera mantener un hilo de vida en la remota Rusia.

Episodios que sirven de triste consuelo ante la amenaza de que el desastre podría haber sido aún peor.

Pero lo que suele adjudicarse a la suerte o a la falta de ella esconde, en la mayoría de los casos, una cadena de causalidades y responsabilidades, de acciones y omisiones, de consecuencias que se van desencadenando.

Ni la selección puede adjudicar su presente caótico y patético a algún factor externo o azaroso, ni el gobierno de Macri puede argumentar seriamente que el cuadro de situación complejo que padece se haya corporizado porque en el mundo “pasaron cosas” que torcieron lo que venía derecho, como declaró el jefe de Estado hace una semana.

El Ejecutivo ha cometido profundos desaciertos económicos y de gestión, coinciden los analistas, pero además continúa incurriendo en torpezas discursivas y comunicacionales que se agigantan en tiempos en que debería imponerse la mesura. Cambiemos pasó de ser un campeón de la comunicación moderna por su utilización de las redes sociales y su gestualidad alejada de la dirigencia tradicional a erigirse en un acumulador de errores no forzados. Sus exponentes se han convertido en plena crisis, que es cuando las virtudes o los defectos se expresan en su real dimensión, en Caballeros de la política. Pero no precisamente por sus modales, sino porque parecen émulos del infausto arquero argentino y su inclinación por las pifiadas monumentales.   

¿Qué otro calificativo podría caberle, por ejemplo, a Luis Caputo, flamante presidente del Banco Central, que en plena escalada del dólar, con una devaluación del 60%, caída del poder adquisitivo, indicios de recesión, empresas asfixiadas por las altas tasas, despidos y cierres de fábricas, declaró alegremente que la crisis cambiaria fue “lo mejor que nos podría haber pasado”? Esas palabras no hicieron más que ratificar la idea arraigada de que el de Cambiemos es un gobierno insensible, ajeno a los sufrimientos de la enorme mayoría de la población y encerrado en una visión elitista de la sociedad.

¿No ha sido también un “Caballero” el nuevo ministro de Producción, Dante Sica, quien en vez de anunciar medidas y acciones para revertir el preocupante contexto vaticinó, como si aún fuera un consultor privado, que hay que prepararse porque el segundo semestre será “muy difícil”?

La comunicación no parece estar fluyendo en el equipo de Macri porque mientras Sica descerrajaba su diagnóstico depresivo, Nicolás Dujovne continuaba machacando con su optimismo a prueba de realidades y sostenía que el país recuperará en poco tiempo su crecimiento perdido. 

El Gobierno padece complicaciones en todos los niveles. A la sublevación del mercado cambiario hay que sumarle ahora otro frente, el sindical, que parece haber despertado de su letargo y realizará mañana un paro general que conjuga todos los condimentos para ser contundente.

Parece paradójico pero a los ideólogos del concepto de que la calle ya no es un factor relevante en la política, la calle no para de darles señales. El debate por el aborto generó movilizaciones masivas en todo el país. Pero no siempre hace falta que la gente salga para dar un mensaje a una gestión. La ausencia y el vacío también pueden ser un grito de disconformidad.

Si mañana el paro alcanza los niveles que se esperan, será la muestra de un descontento que tendría razones suficientes en los próximos meses para alimentarse y crecer. 

Con una inflación que, con viento a favor, se ubicará por encima del 27 por ciento, y sueldos que en la mayoría de los casos arañarán aumentos del 20, la caída del poder adquisitivo de las familias, principalmente de las de clase media, provocará consecuencias inevitables en la política.

La clientela de Cambiemos está precisamente allí, en la clase media, que se sintió identificada con un proyecto que prometía previsibilidad y el fin del populismo, y que ahora se ve enfrentada a padecimientos que no previó o no quiso prever a pesar de que la memoria histórica de los ‘90, con sus ajustes y sus desastres económicos, aún permanece fresca.

El gobierno nacional carece además de respuestas políticas para mantener calmos a los sectores de poder. En el caso del sindicalismo, que fue disciplinado durante dos años por la tentación de los fondos de las obras sociales o el terror de pasar una larga temporada en la cárcel por los casos de corrupción, está impelido a tomar medidas; de lo contrario, su base de sustentación, ya resquebrajada, terminará de desmoronarse.

Y, por si fuera poco, ahora está interviniendo con mayor intensidad un actor que nunca fue afín al gobierno de Cambiemos pero que en las últimas semanas ha encontrado argumentos para profundizar su veta crítica: la Iglesia.

El debate por el aborto y la media sanción en Diputados dispararon una ofensiva que bajó desde el Papa y que derivó en un hecho absolutamente extraordinario: obispos cercanos a Francisco no sólo lanzaron duras críticas a la situación social sino que le hicieron, y ahí está lo inusual, un guiño al paro de mañana.

La Iglesia ha ampliado el campo de batalla con el macrismo: lo ha llevado desde el aborto al extendido territorio de la crisis social. Allí se ha afianzado como un antagonista político del gobierno nacional y, a juzgar por el panorama que se abre para los próximos meses, tiene la posibilidad cierta de incorporar adhesiones.

En la Casa Rosada, ahora que están envalentonados con la quietud temporaria del dólar, imaginan, según publican los diarios nacionales, una estrategia de reseducción de la clase media, para recuperar su electorado y llegar con chances a las elecciones del año próximo.

Sin embargo, parece un objetivo con posibilidades exiguas de concretarse. La dimensión de la crisis apenas ha comenzado a insinuarse. La cadena de pagos, según advierten las entidades empresariales, está dando señales preocupantes y si se corta o se estira demasiado actuará como un pernicioso efecto dominó.

Una tajada voluminosa del ajuste recaerá en las provincias, según el paper que el propio Gobierno distribuyó cuando se anunció el acuerdo con el Fondo Monetario. En Córdoba, aún sin los recortes en los envíos de fondos, han comenzado a encenderse las luces de alerta.

Los municipios le han planteado al gobierno de Juan Schiaretti que la suba de costos y el estancamiento de la recaudación y la coparticipación los dejan en un cuadro de extrema debilidad. Y piden asistencia. El interrogante es hasta dónde podrá llegar la mano de la Provincia si la crisis de ingresos se generaliza en el interior.

En el gobierno de Juan Manuel Llamosas no solamente han decidido ya circunscribir los pagos a los gastos corrientes y ser sumamente precavidos con el resto. Además, las diferentes áreas tomarán medidas para limitar los egresos; por ejemplo, se reducirán las horas extra y se privilegiarán los programas que se consideren prioritarios para la gestión. El resto quedará en suspenso. 

Pero también hay presiones externas para el incremento del gasto. Por ejemplo, las constructoras reclaman actualizaciones de precios porque los valores, fijados en diciembre de 2016, han quedado sumamente atrasados. Tanto las empresas que están haciendo el cordón cuneta como Incisa, que tiene a su cargo el plan de viviendas, exigen una readecuación que, en los hechos, implicaría desembolsos millonarios.

Normalmente, el cierre del grifo para las provincias y los municipios podría entenderse como un intento por coparticipar los efectos políticos de la crisis. Pero aquí también el Gobierno podría incurrir en errores de lectura y ejecución. De ahora en más, cada efecto negativo sobre la economía será interpretado, mayoritariamente, como una derivación de la crisis mayor, esa que estalló con el salto del dólar y la decisión desesperada de volver a caer en las manos ávidas del FMI.

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