Por Marcos Jure
El caso de los cuadernos, que llevó a la cárcel a 17 empresarios y funcionarios del gobierno kirchnerista y que volvió a instalar en la agenda pública el eje de la corrupción en la década de Néstor y Cristina, tuvo su capítulo cordobés. Menos espectacular, sin revelaciones, pero con un perfil que permite vislumbrar por dónde pasará la campaña electoral que se avecina en la disputa por el poder provincial.

Ni bien se desató el vendaval de detenciones y empezaron a difundirse transcripciones de la prolija y cuidada letra del chofer Oscar Centeno, Cambiemos Córdoba lanzó su propia campaña en las redes para pegar al oficialismo provincial con el escándalo de los cuadernos. “Principales constructoras del gobierno de Córdoba: Odebrecht y Electroingeniería, asociadas con corrupción #CuadernosCBA”, decía uno de los tuits que incluyeron radicales y macristas en sus cuentas.

La réplica de Unión por Córdoba tuvo un sesgo más institucional: difundió un comunicado oficial en el que acusó a la oposición de instalar sospechas donde no existen y de soslayar el hecho de que en los cuadernos aparecen empresas vinculadas a la familia Macri.

Ese cruce de descalificaciones hace presagiar una campaña en la que la corrupción será un eje trascendente. Nada original: sin demasiado lugar para diferenciarse en el plano ideológico, los candidatos suelen enfrascarse en peleas para definir el nivel de turbiedad de cada uno. Sin embargo, las primeras mediciones sobre el impacto público de los cuadernos están arrojando datos significativos.

Un sondeo de alcance nacional que comenzó a hacerse el día en que estalló el escándalo y se desataron las detenciones, realizada por un reconocido consultor, sorprendió incluso a los encuestadores porque ni la imagen de Cristina ni la de Macri, que viene de una caída profunda el mes pasado, se movieron un milímetro. La conclusión preliminar es que el eje de la corrupción parece casi agotado como dador de rédito político y de caudal electoral al menos a nivel nacional. Quienes creen que la pareja Kirchner estaba integrada por dos ladrones desenfrenados sólo recibieron con los cuadernos una posibilidad de reafirmar sus convicciones; quienes están persuadidos de lo contrario consideran que la nueva causa es otra operación para tratar de frenar la vuelta de la expresidenta a la Casa Rosada.

Además, el caso conlleva un riesgo latente para el gobierno nacional: en los supuestos sobornos ya no sólo están involucrados dirigentes políticos sino también empresarios, algunos de los cuales son cercanos a los Macri. Si comienza a equipararse la corrupción pública con la privada, la historia de la familia presidencial podría incluso jugarle en contra al jefe de Estado.

Macri lanzó un discurso en pleno escándalo en el que intentó capitalizar políticamente la trama de las coimas: “Que devuelvan la guita que se llevaron”. Ese ensayo habría sido vano hasta el momento no sólo por el efecto neutro que ya tendría el eje de la corrupción sino porque al Gobierno le está costando instalar en los grandes centros urbanos una agenda que deje en un segundo plano las complicaciones económicas. La preocupación fundamental está siendo, más que nada en los conurbanos, llegar a fin de mes, tener trabajo, comprar comida. Los cuadernos pierden, en ese contexto, peso específico.

Por lo tanto, es dudosa la efectividad de una campaña centrada en la corrupción en Córdoba, donde, por las razones que sean, todavía no hay funcionarios individualizados ni mencionados expresamente.

El inicio de la estrategia de Cambiemos anclada en la negatividad es previo a los cuadernos. En las redes ya había ametrallado a Unión por Córdoba con tuits hipercríticos, que apuntaban tanto a desgastar al oficialismo como a servir de aglutinador en la heterogénea fuerza opositora que cuenta con media docena de precandidatos.

La necesidad de unificación es un síntoma también de que el macrismo y sus socios ya sienten en el cuerpo un menoscabo de la fortaleza que poseían hace apenas unos meses, cuando Macri arrasó en las legislativas cordobesas y desestabilizó al poder que el PJ viene ejerciendo por cinco períodos consecutivos.

Como complemento, el schiarettismo encaró una contraofensiva para tratar de provocar divisiones y heridas en el frente opositor. Y, para hacerlo, eligió la herramienta más efectiva conocida hasta hoy: el dinero.

El gobernador tentó a los intendentes con el reparto de 2.700 millones de pesos, y algunos opositores no sólo firmaron sino que se sacaron la foto y sonrieron, más entusiasmados con los fondos que les llegarán inmediatamente para afrontar la demanda social y el pago de sueldos que por la estrategia electoral futura.

Esa debilidad originada en el bolsillo motivó acusaciones de alta traición, una reacción que no hizo más que ser funcional al sentido que precisamente tenía la jugada peronista.

Habrá 350 intendentes que tendrán los fondos pero 80 disidentes, todos radicales, prefirieron atalonarse e insistir con que el ofrecimiento es una migaja y con que la Provincia les retacea, en realidad, 5 mil millones.

Si bien no era estrictamente necesario, para convencerlos de que firmaran, en la Provincia les describieron a los jefes comunales un panorama desolador para el futuro cercano: señalan que el deterioro de la situación social será pronunciado y que se perciben dos tembladerales financieros en el horizonte: uno sería en diciembre, el otro en mayo de 2019.

Con ese pronóstico entre manos, Juan Manuel Llamosas se reafirmó en su convicción, que ya había hecho pública, de que el segundo tramo de su gobierno será diametralmente opuesto al primero y de que tendrá que estar atento sobre todo a la cuestión social.

Llamosas reprogramará una serie de proyectos de obra pública para poder responder a los efectos de la crisis. En ese contexto, produjo un cambio en su gabinete que no implicó una oxigenación, lo que habría requerido la incorporación de nuevas figuras, sino un reordenamiento.

En términos políticos, y más específicamente en la relación de fuerzas internas, el enroque entre Mauricio Dova, que pasó de Gobierno a secretario de Políticas Sociales, con Camilo Vieyra, que es el nuevo jefe de la cartera política, tiene efecto neutro. Esas dos áreas neurálgicas en el esquema de poder arrancaron en manos del llamosismo más puro y así continuará siendo. Fue una decisión del intendente: no permitir el avance de ningún otro grupo interno y mantener en puestos clave a quienes estuvieron a su lado desde el inicio.

¿Qué pasó con Dova? ¿Se trató de un castigo después del caso del Edecom, en el que se vio envuelto en una acusación por una empleada que ahora está imputada por robarle al Estado? Llamosas midió los tiempos para disipar el riesgo de esa lectura. 

El secretario ejerció desde el primer día de gestión un estilo confrontativo, áspero, en su relación con la oposición. Esa era su función original: ser la espada discursiva de un intendente que se inclina por la diplomacia. Pero, a la vez, era la figura que en el día a día decía que no. A ese estilo, que es naturalmente desgastante, se le sumó el hecho de que Dova también confrontó hacia adentro y con otras líneas del peronismo. Con el tiempo perdió, por lo tanto, la faceta primordial de un secretario de Gobierno: construir política. 

Pero, además, porque en ocasiones expuso sus desacuerdos con el propio intendente, la relación entre ellos fue sufriendo cierto deterioro. También fue haciendo mella el latiguillo que se había instalado en los círculos de poder: “El que realmente manda es Dova”, se oía. 

Ese tándem, que fue constitutivo en el llamosismo, finalizó con el cambio de gabinete. Y, en ese sentido, se inaugura una etapa nueva en el ejercicio del poder, cuyo estilo es una incógnita.

Dova resigna gravitación en el manejo de la política porque ya no será el secretario todopoderoso pero no está tan claro que el cambio haya significado una pérdida profunda; dentro del gobierno señalan que, con el enroque, Llamosas buscó preservarlo y sacarlo del centro de los conflictos. A la vez, el intendente ha machacado con que el  área social tendrá refuerzos presupuestarios y un sitial de preeminencia a la hora de las prioridades.

El secretario se lleva Promoción Social, Empleo, Derechos Humanos, Transporte, las cooperativas, las vecinales y la Sociedad del Estado. Desde allí asegura que hará más política de territorio, con más contacto con la gente. Deja las estructuras para instalarse en el nivel de la atención de las necesidades básicas en una época de deterioro socioeconómico profundo y vertiginoso. Su éxito o su fracaso incidirán por lo tanto en la suerte del gobierno que encabeza Llamosas. Pero tampoco estará libre de desgaste; si la política del Palacio lo afectó, la exigencia siempre extrema de asistencia también podría hacerlo.

Los dos, Dova y Vieyra, enfrentan un desafío capital. A priori, ninguno  cultiva un estilo que se adecue naturalmente a las áreas que ahora comandan. O, al menos, no lo han hecho hasta el momento. 

Llamosas apuesta pero no arriesga demasiado. Parece preferir lo suyo, lo conocido, a la incertidumbre de la novedad.

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