La economía da cada vez peores señales. Pero el Gobierno se aferra a la investigación de Bonadio para tratar de desgastar a los opositores. ¿El escándalo se trasladará también a Córdoba?
¿La crisis económica se impondrá al caso de los cuadernos o viceversa? Ese interrogante desvela, en estas horas de incertidumbre y confusión, a la política argentina.

De la respuesta depende, en gran medida, el futuro electoral, que parece lejano en un país capaz de comerse a un gobierno en una semana pero que ocupa un lugar central en las especulaciones y las decisiones de los principales actores de la política.

La gestión de Mauricio Macri no consigue amansar ninguna de las variables de la economía. Todas aparecen descontroladas y, en un lógico comportamiento inversamente proporcional, mientras la inflación y el dólar suben, la imagen del Presidente y de su equipo continúan erosionándose.

 Incapaz de conseguir resultados positivos, el Gobierno va acopiando descontento y le está dando prácticamente a cada uno de los sectores de la sociedad o la economía motivos para enojarse. Y a pesar de que existe un indisimulado intento de algunos medios adictos de invisibilizar los conflictos que desata el macrismo, la realidad se va colando, incontenible. Un ejemplo es la protesta universitaria. Las manifestaciones de la semana pasada fueron tan masivas, por ejemplo en Córdoba, una ciudad que Cambiemos reivindica como propia, que resultó imposible escamotearlas.

El manual de reglas básicas de la política contiene una máxima ineludible: no es recomendable golpear a todos al mismo tiempo. 

El Gobierno lo está haciendo. 

Pero, como agravante para sí mismo y para el resto, recién acaba de empezar. Todavía quedan por delante los efectos que tendrá el ajuste el año próximo, cuando se manifestará en su real dimensión.

Ya lo están padeciendo la mayoría de las familias, que ven cómo su poder adquisitivo se desmorona o que sienten inquietud por sus empleos, pero se trata solamente de un aperitivo. El plato fuerte se encuentra en preparación.

Una de las negociaciones capitales por el ajuste está produciéndose entre el Ejecutivo nacional y los gobernadores para que las provincias aporten en conjunto un recorte de $ 100.000 millones.

La Casa Rosada se apresuró a anunciar que el acuerdo estaba semicerrado pero los mandatarios peronistas lo cruzaron casi inmediatamente.

En la gestión de Juan Schiaretti existen dos visiones con respecto al diálogo iniciado con el gobierno nacional. Ninguna de las dos se caracteriza por el optimismo.

En el ala técnica de la gobernación indican que la negociación es sumamente compleja, incluso entre los propios jefes provinciales, pero no descartan que se pueda llegar a un acuerdo. 

Hay consenso en que es indispensable reducir el déficit; la discrepancia se concentra en el cómo. A los representantes del gobierno de Córdoba les llamó la atención la excesiva rigidez de la Nación: por disposición de Macri, los funcionarios enarbolan como única alternativa el recorte de gastos.

“Nosotros creemos que va a ser imposible si sólo nos enfocamos en los egresos. También hay que mirar los ingresos. Si bien la opinión mayoritaria es que, en este contexto, es inviable aumentar impuestos, hay mucho por hacer para mejorar la recaudación”, indicaron en la Provincia.

Un planteo de Córdoba fue que se retrase por un año la aplicación del Consenso Fiscal, que contempla la baja de impuestos, como por ejemplo Ingresos Brutos. Concluyen que esa resignación tributaria, sumada a un recorte de gastos, puede ser un combo explosivo, insostenible.

Para los técnicos de la Provincia, el gobierno nacional debería ser el primer interesado en cerrar un acuerdo con los gobernadores para aprobar el presupuesto. Sólo así, concluyen, habrá una señal clara de que el ataque al déficit fiscal no está compuesto por manotazos sino por medidas de mayor sustentabilidad.

“Han bajado el rojo pero sentándose sobre la caja. No les envían nada a las provincias ni le pagan a nadie. Pero todo el mundo sabe que eso es inviable de sostener en el tiempo. Si Macri no consigue un presupuesto en los próximos 15 días, la volatilidad del mercado cambiario y la suba del dólar van a continuar”, evaluaron en la gobernación.

El ala política de la Provincia es más pesimista: cree que si algo no predomina en la Nación es la racionalidad. “Tenemos la semiplena prueba de que Macri va a terminar haciendo naufragar cualquier negociación”, dicen en el Panal.

¿Por qué? Concluyen que Cambiemos, a pesar del desastre, no resigna su sueño de reelección y prefiere, por lo tanto, transferir los efectos nocivos del ajuste a la oposición; es decir, a los gobernadores peronistas. Si hay acuerdo por el presupuesto, entonces Buenos Aires y Capital Federal, dos bastiones del macrismo, deberán resignar 50.000 millones de pesos en subsidios al transporte. Si no lo hay, Macri podrá disponer del ajuste a su antojo.

“Va a buscar un doble efecto: culpar al peronismo de dejar al país sin presupuesto y, por lo tanto, de ser irresponsable, y, además, va a intentar que el ajuste no recaiga ni en Vidal ni en Larreta sino en nosotros”, concluyó un funcionario provincial.

El gobierno nacional padece un desgaste profundo y lo sabe pero el peronismo sospecha que un eje fundamental de la estrategia macrista pasa por extender ese desgaste como una mancha de aceite. Que la gente, en 2019, se vea obligada a elegir entre opciones que encuentre en el barro, que tenga que definir, otra vez, entre el menos malo de los malos.

En ese punto se cuela el escándalo de los cuadernos, un tema del que el gobierno nacional ha tratado de apropiarse en el plano discursivo. En la Provincia están convencidos de que Macri intentará enlodar no sólo al kirchnerismo, al que necesita, sino a todo el peronismo para adjudicarle la suma de las calamidades. 

Si lo que nos falta se debe a la corrupción, como dijo el Presidente en un acto, y si la corrupción es el peronismo, entonces, el desastre actual es producto no de la política económica sino de la cleptomanía justicialista.

En el gobierno de Córdoba creen que el macrismo irá por ellos, que intentará incluirlos en la trama de los cuadernos. O en el escándalo de Odebrecht, la empresa brasileña que es sinónimo de coimas. “Hay una diferencia notable con respecto a lo que pasa en el país. Primero, nosotros no recibimos obras del kirchnerismo porque estábamos peleados a muerte. Pero, fundamentalmente, porque acá no hubo cartelización, no se repartieron las obras entre cuatro o cinco empresarios sino que hubo procesos de licitación en los que todas las adjudicaciones se hicieron al precio oficial o, incluso, por debajo”, relató un funcionario.

El gobierno nacional ha encontrado en las denuncias que maneja Claudio Bonadio una posible tabla de salvación a la que aferrarse.

El interrogante, en el marco de esa estrategia, sigue siendo el mismo: ¿qué prevalecerá, qué negatividad tendrá la capacidad de imperar sobre la otra: los cuadernos o la crisis económica? 

La política gira peligrosamente alrededor de esos dos polos anclados en la destrucción. Sólo resta averiguar cuál posee mayor capacidad de daño.

Pero ¿y si se trata de una falsa disyuntiva? ¿Si los efectos de la crisis y los cuadernos arrasan con macristas y opositores, si se deslegitima la política en general? Entonces, la duda mutaría, sería otra, de respuesta insondable: ¿Qué quedará después?





Marcos Jure.  Redacción Puntal

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