Por Marcelo Irastorza
La Argentina está convulsionada. Entre los coletazos de la economía y los hechos de corrupción que salen a la luz, el país se debate todos los días entre la perplejidad y la desazón. Son tiempos de mucho debate y polémica y en los que cuesta cerrar la famosa grieta que sigue dividiendo a los argentinos. Días pasados, hubo una multitudinaria movilización para pedir por el desafuero de Cristina Fernández de Kirchner. “Devuelvan lo robado”, “Argentina sin Cristina” y “No vuelven más” fueron algunas de las consignas más escuchadas durante la marcha al Congreso y que se replicó en diferentes puntos del país. Después vino la aprobación en el Senado de los allanamientos y la medida del juez Claudio Bonadio se empezó a aplicar en distintas propiedades de la expresidenta en el marco de la causa de los cuadernos K. Ahora el kirchnerismo prepara para septiembre una marcha de apoyo a Cristina en las principales ciudades del país. Dicha movilización es para salir en defensa de la actual senadora nacional. Este cuadro de situación viene a ratificar un diagnóstico que hace tiempo que se viene dando: la Argentina es un país dicotómico. Es decir, fragmentado en dos grupos opuestos entre sí. Se trata de un rasgo característico de la idiosincrasia argentina que se viene dando a lo largo de toda su historia. Ya en la instancia fundacional, la Argentina se escindió entre morenistas y saavedristas en medio de la gesta revolucionaria. Los primeros querían cambios rápidos y profundos como, por ejemplo, declarar la independencia. En cambio, los segundos eran más conservadores y sostenían que había que esperar que se resolviera la situación de España antes de tomar cualquier decisión clave.

La puja nacional continuó entre unitarios y federales, en figuras tales como José María Paz y Facundo Quiroga, lo que generó una nueva división entre los argentinos sobre la base de dos concepciones antagónicas de lo que es la Patria. Los unitarios buscaban centralizar todo el poder en Buenos Aires, además del libre comercio, generando así beneficios al poder central. Contrariamente, los federales perseguían la libertad y la autonomía de las provincias basándose para ese objetivo en la Constitución de los Estados Unidos. Pasaron los años y el país volvió a separarse entre peronistas y antiperonistas. El peronismo irrumpió en la escena nacional como un movimiento político de la mano de Juan Domingo Perón bajo las banderas de soberanía política, independencia económica y justicia social. El antiperonismo se opuso firmemente a la forma de gobernar del peronismo, a la que calificaban de demagógica y autoritaria. Posteriormente, el país se volvió a partir en una nueva categorización: kirchneristas y antikirchneristas que después se redefinió bajo la conceptualización de cristinistas y macristas. Los primeros, ultradefensores de las figuras de Néstor y Cristina Kirchner, luchan contra los modelos neoliberales, mientras que los segundos, representados por el presidente Mauricio Macri, combaten todo lo que sea populismo. 

Así está la Argentina en la actualidad: dividida, escindida, fragmentada y fraccionada. Es por eso que hoy más que nunca se impone la necesidad de una reconciliación entre los argentinos que lleve a la concreción de consensos básicos orientados a refundar la Patria, mediante un pacto político sellado entre las distintas fuerzas que la conforman. Sólo así se podrá lograr paz social y progreso para el país.

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