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El Presidente condenó la fuerte presión tributaria y dijo que es perjudicial para el país, pero al mismo tiempo admitió que el Presupuesto del año próximo contempla una suba en los impuestos, que será nuevamente récord. Por Gonzalo Dal Bianco
El paso por la ciudad esta semana del presidente Mauricio Macri y parte de su gabinete dejó al menos dos sensaciones certeras: no hay plan B sobre el rumbo económico, que fue confirmado en la dirección y defendido aun en un momento de grandes dificultades bajo el argumento de que después del de-sierto llegará la tierra prometida en formato de mejoras en las condiciones de vida del conjunto de la población y, por otro lado, que sigue existiendo una brecha en expansión entre lo que plantea el Gobierno y la realidad. Pero con un adicional: hay una distancia mayor también entre lo que dice y lo que planifica. Esto no resulta menor, toda vez que la realidad puede traer variables no contempladas que alteren y corran el eje de una política trazada con anterioridad. Pero la situación se torna más cuestionable cuando lo que se expresa no se condice con lo que se proyecta.

“Pagamos impuestos demasiado altos; tenemos un sistema impositivo de los más caros del mundo. No podemos pagar más impuestos, tenemos que pagar menos para que haya más trabajo para la gente”. La frase podría ser adjudicable a cualquier empresario de la rama que a uno se le ocurra. O incluso a un contribuyente, a un trabajador. El diagnóstico es inobjetable. Casi unánimemente hay coincidencias sobre la enorme carga tributaria que reina en la Argentina y que fue justamente uno de los cuestionamientos centrales al gobierno anterior de parte de los sectores productivos y la oposición.

Pero a casi tres años del final del mandato de Cristina Fernández de Kirchner y el inicio de la gestión de Mauricio Macri, finalmente la presión tributaria es mayor. Entre 2015 y 2019 la recaudación de impuestos pasará del 25,8% al 26,2% en términos de PBI.

Lo cierto es que la frase no pertenece a ningún contribuyente sino al presidente Mauricio Macri, y la dijo en una conferencia de prensa en Río Cuarto. Al concepto de “impuestos demasiado altos” ya lo había dicho antes de llegar a la ciudad, en Trenque Lauquen; y también aquí, en su exposición en el marco de las jornadas de Argentina Exporta organizadas por el Ministerio de Producción nacional.

Pero no sólo hizo un diagnóstico el Presidente sobre la carga tributaria. Cuando en la conferencia de prensa se le señaló la contradicción que su análisis tenía con la realidad y con el Presupuesto 2019 que se aprobó en Diputados, el mandatario respondió que “lamentablemente una parte de lograr el déficit cero el año que viene tiene que ver con el incremento de impuestos, y la otra parte con el recorte de gastos. Pero tenemos que sentarnos todos alrededor de una mesa permanentemente, con gobernadores e intendentes, y cuestionarnos cada uno de los renglones del gasto que tiene cada nivel del Estado para ver si es necesario. Porque es perjudicial para el país este nivel impositivo”, admitió Macri.

Fue llamativo escuchar al Presidente decir que este nivel impositivo es dañino para el país y, al mismo tiempo, afirmar que el año próximo se subirán los tributos. En términos de PBI, por ejemplo, las retenciones aportarán el 2,4% frente al 1,2% de este año o el 1,3% de 2015, cuando se había prometido “sacarle el pie de encima al campo, el sector más competitivo de la economía nacional”.

Esto también fue fruto de las negociaciones abiertas entre la Nación y los gobernadores cuando se discutió, hasta el instante previo de su aprobación, el Presupuesto en la Cámara de Diputados. Todos trataron de escaparle al ajuste, entre otras cosas porque el que viene es un año electoral. Y entonces, en los cambios de recursos por votos, lo que no se ajustaba en los niveles del Estado se iba cargando al sector privado de empresas y trabajadores. Esta semana se conoció hasta el insólito dato de que a partir de ahora las indemnizaciones por despidos pagarán el impuesto a las Ganancias. Está claro que el ingenio tributario nacional goza de muy buena salud y muestra además una capacidad de superación constante a medida que van pasando los gobiernos.

Tarifas que crecen sin pausa, alta inflación, exagerada presión tributaria son un combo agobiante que deja sin margen de maniobra a los sectores medios y bajos de la población, que cuentan con menor capacidad de respuesta.

Tal vez la flagrante evidencia de esas contradicciones que muestra el Gobierno sea una raíz importante de lo que ocurre con la percepción de la población sobre la gestión. Los sondeos de opinión vienen reflejando un deterioro sustancial en la imagen presidencial.

Esta semana, Cristiano Rattazzi, el titular de Fiat Argentina, aseguró que los mercados ya no le creen al Presidente. Las promesas son una parte relevante de un gobierno porque marcan expectativas e ilusiones en la población, pero exigen un mínimo de concreción. Cuando la mayor parte de las metas trazadas no son alcanzadas, la gestión cae en el descreimiento.

El segundo semestre, los brotes verdes, la eliminación de la inflación, el recorte de la presión tributaria, el combate al narcotráfico, la pobreza cero y la unión de los argentinos fueron promesas importantes que fue realizando el Gobierno en sus 35 meses de gestión. 

Claramente en muchas de ellas no hubo mejoras. Pero con un agregado en este tramo de 2018: además ahora se anticipan avances en el sentido contrario.

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