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Por Marcelo Irastorza
En este 2018 se cumplen 35 años del regreso a la democracia. En 1983, nuestra Argentina dejaba atrás la sangrienta dictadura militar e iniciaba un derrotero basado en los pilares fundamentales del republicanismo. “Con la democracia se come, se cura y se educa”, repetía en sus discursos de campaña Raúl Alfonsín, quien tuvo la responsabilidad histórica de volver a poner en marcha y posteriormente sostener en el tiempo el sistema democrático. Luego vinieron las asonadas militares, que aún estaban agazapadas en las trincheras de épocas pasadas, y la devastadora hiperinflación que pusieron en vilo al país e hicieron retornar los fantasmas golpistas. Fue así como Alfonsín decidió entregar el mando a Carlos Menem para que no se viera interrumpida la continuidad institucional. Ésos fueron los tiempos de la convertibilidad y de una fuerte tendencia privatizadora de empresas públicas. A Menem lo sucedió Fernando de la Rúa. Pero irrumpió el corralito que le puso fecha de vencimiento al gobierno de la Alianza. Los cacerolazos impulsados por la clase media que no podía sacar los ahorros de los bancos fueron multiplicándose de a poco por todo el país, pidiendo que se vayan todos. Fue la semana de los cinco presidentes: entre De la Rúa y Eduardo Duhalde pasaron también Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Camaño. Hasta que finalmente Duhalde, quien había sido derrotado en las urnas en 1999, fue el elegido para terminar el mandato. Después vinieron Néstor y Cristina Kirchner, con un perfil más estatista, y la dura pelea con el campo. En fin, una década que despertó amores y odios. Ya en el 2015 un balotaje ponía en el poder a Mauricio Macri, con la impronta de un gobierno de centroderecha, y la alternancia democrática volvía a rendir un nuevo examen.



Hoy por hoy, pese a todos los avatares vividos, el régimen democrático se mantiene en la Argentina. Pero la clase política sigue estando en deuda con los argentinos. En todos estos años de democracia, la clase dirigente no ha sabido dar respuestas a una serie de reclamos históricos de la sociedad. Por un lado, no ha resuelto el tema de la pobreza. La Argentina es un país rico por donde se la mire. Sin embargo, la desigualdad social continúa siendo una materia pendiente. ¿Cómo puede ser que haya altos niveles de pobreza e indigencia en un país con un potencial económico tremendo que es la envidia de muchos gobiernos del mundo? Sin dudas que la pobreza es una de las deudas de la democracia. En ese sentido, tiene que haber un real compromiso de las distintas fuerzas políticas para combatirla a los fines de achicar sus alarmantes índices hasta llegar a la tan declamada “pobreza cero” y que vaya más allá de las pujas propias de todo período proselitista. Tampoco la clase dirigente se ha propuesto combatir seriamente los escandalosos niveles de corrupción que están enquistados en los distintos estamentos del Estado. En los tiempos que corren se ha asistido a denuncias de distintos casos y de todo tipo que han impactado fuerte en la opinión pública y ello no puede dejarse pasar por alto. Un país que pretende ser serio tiene que empezar a erradicar de cuajo cualquier vestigio de corrupción y condenar a los culpables con sentencias ejemplares caiga quien caiga.



Los políticos también les deben a los argentinos una política de Estado en materia económica. No puede ser que de buenas a primeras se pase de las estatizaciones a las privatizaciones y de éstas a las reestatizaciones sobre la base de las necesidades que marca la coyuntura del momento y no en función de un eje consensuado entre todos los actores protagónicos de la vida política argentina. Tampoco se puede estar pendiente de las fluctuaciones del dólar poniendo en ascuas a toda una sociedad y repitiendo historias pasadas que no tuvieron final feliz en este país. También amerita que se hagan de una vez por todas las reformas que necesita la Argentina, entre ellas la política y la tributaria. Se necesita darle mayor transparencia al sistema político argentino y también se requiere encontrar equidad fiscal de manera que no tengan que asumir los mayores costos los que menos tienen. Por último, la clase dirigente tampoco ha sabido sentar las bases de un gran acuerdo nacional que busque consensos básicos para definir políticas de Estado, entre otras cosas, en materia de seguridad, energía, medio ambiente y lucha contra el narcotráfico, un flagelo que en estos tiempos avanza a pasos firmes y que es causante de consecuencias nefastas para la estructura social. Para ello, los políticos tienen que tender puentes de reconciliación para sellar la famosa grieta que atraviesa en la actualidad a toda la sociedad argentina. En suma, de lo que se trata es de forjar un país sustentable en el tiempo que permita un progreso sostenido y con igualdad de oportunidades para todos. A 35 años del regreso a la democracia, hace falta refundar el país en base a los valores tradicionales con los que surgió la Nación pero sin dejar de lado los paradigmas actuales que signan los tiempos modernos y que marcan las proyecciones futuras. Se trata, ni más ni menos, de una tarea en la que tienen que participar todos los sectores de la sociedad, en sus distintos niveles de responsabilidad. En medio de esta profunda crisis que se está viviendo por estos días, la República Argentina necesita de gestos patrióticos de parte de su clase dirigente. Y todavía estamos a tiempo.

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