De la vecindad con el ostentoso country Riverside al no-futuro de los jóvenes, del esfuerzo solidario de la gente a la lealtad interna de los pequeños grupos narco, todo convive en un complejísimo equilibrio.
La calle Rubén Agüero marca el límite entre dos barrios, pero también una divisoria social. De aquel lado, en el country, abundan las posibilidades y la posición económica de la mayoría de las familias permite imaginar una vida sin sobresaltos para quien tenga la suerte de nacer ahí. 

De este lado, en el barrio Las Delicias, la precariedad es ley. Casas levantadas sobre terrenos fiscales, que bien podrían ser reclamadas por el Estado, conexiones clandestinas a los servicios, problemas para acceder a la salud y la educación, familias sin vivienda propia, falta de oportunidades de trabajo, pobreza. 

Nacer de un lado o del otro de la calle Rubén Agüero puede marcar una brecha en términos de capital económico y cultural que parece difícil de franquear. 

Las dos realidades conviven en un mismo sector de la ciudad pero, a fuerza de costumbre, el contraste ya no le llama la  atención a nadie. 

Más allá de esto, el contacto entre los vecinos de uno y otro lado es muy restringido. Quienes viven en el Riverside comparten solamente la calle con Las Delicias, pero habitualmente salen rápidamente del country -en auto- y casi nunca se adentran en el barrio, sino que buscan la calle Reforma Universitaria.

Sin embargo, hay algunos intercambios por medio del trabajo. En la escuela pública Leopoldo Lugones recuerdan que, hace algunos años, una docente de música que vivía en el barrio cerrado cubrió una suplencia por algunos meses en la institución. 

Pero también se da lo contrario, porque varios de los vecinos de Las Delicias son o han sido empleados de familias del Riverside, por ejemplo para hacer trabajos de albañilería o de jardinería. 

Helicópteros y carros

En el barrio, los vecinos recuerdan los tiempos en que el gobernador de la provincia, José Manuel De la Sota, vivía en el country Riverside. Sobre todo los más chicos, que estaban asombrados con el helicóptero en el que el mandatario pivoteaba entre su casa y Córdoba capital. El contraste con los precarios carros areneros no podría ser mayor. 

Más allá de esto, dicen que, pese a vivir a pocos metros de distancia, al entonces gobernador nunca lo vieron caminar por las calles del vecindario. 

Aunque suene extraño, por mucho tiempo, Las Delicias funcionó como un barrio cerrado. Es que la mayoría de la gente hacía toda su vida allí, sin interactuar con el exterior. “La gente hacía toda su vida en este barrio, sin relacionarse con otros sectores de la ciudad. Al principio, les costaba salir para hacer el secundario, o hasta para ir al centro”, recuerda Mariela Miranda, directora de la escuela Leopoldo Lugones. 

Hoy en día, la historia parece haber cambiado. Aunque en las visitas guiadas a la Universidad muchos de los chicos aún se preguntan si ellos pueden estudiar allí, también es cierto que ya hay más de uno cursando una carrera de grado en el campus.

El padre en el espejo

La historia de Tomás Avelino Torres, con décadas viviendo en el corazón del barrio, en la calle Iguazú, representa la de muchos vecinos de Las Delicias, que con muchísimo esfuerzo buscan darles un futuro mejor a sus hijos.

“Coquito”, como lo conocen todos, tiene pasión por los caballos desde siempre. Heredó esa afición de su padre, de los años de infancia en el barrio Alberdi, etapa de su vida en la que también aprendió el oficio de arenero. 

Es como si estuviera destinado a repetir la misma historia que su papá vivió varias décadas atrás, cuando también se ganaba la vida paleando arena, del otro lado del río. “Aprendí este oficio de mi viejo, desde chico, y la verdad es que siempre me dediqué a esto”, relata “Coquito”.

Aquel trabajo que heredó hace 40 años sigue siendo hoy su medio de subsistencia, y en rigor, lo hace de manera idéntica a su padre. Carro, pala, zaranda y caballo son las herramientas de las que se vale para las changas, que al menos le permiten vivir al día. 

Además, Tomás prefiere el trabajo a la antigua, porque está en contra del uso de zootropos, tal como lo promueve la Subsecretaría de Promoción Social, convencido de que las moto-cargas no tienen ni la mitad del potencial de trabajo que la tracción a sangre. 

Como muchos otros riocuartenses, él no tuvo acceso a la educación formal, pero siempre se ocupó de que sus hijos hicieran la escuela. Incluso, colabora permanentemente con las actividades del colegio del barrio, el Leopoldo Lugones, y recientemente fue el animador del acto por el 25 de Mayo.  

Junto a su mujer, recuerda que cuando llegaron a vivir al lugar, el barrio se limitaba a un par de cuadras  alrededor de la calle Iguazú, donde casi todos se dedicaban –como ellos- a la venta de arena. 

Allí, como muchas otras familias, levantaron a pulmón -y con sus propias manos- una casa montada sobre un terreno fiscal, donde él vive con su esposa y sus hijos.

Hoy, pese a que Las Delicias es mucho más extenso y poblado, esa arteria mantiene un paisaje similar y las bolsas de áridos se apilan en las veredas.

El hombre lleva la arena a las obras, y prefiere los viajes cortos, para que el flete le rinda, y sobre todo, para evitar problemas con el Edecom o las protectoras de animales. “Se han puesto muy quisquillosos, y por unos pocos que maltratan a los animales, pagamos justos por pecadores”, asegura. 

¿No hay futuro?

Al igual que ocurre en todos los estratos sociales y en todos los sectores de la ciudad –Riverside incluido-, la falta de perspectivas de futuro entre los jóvenes también está presente en Las Delicias, con sus propios matices. Claro que, otra vez, la diferencia sustancial son los recursos disponibles para hacer frente a esa realidad, porque aquí, como señala la presidenta de la Vecinal Las Delicias, Margarita Lucero, a los chicos no les sobran las oportunidades. 

La dirigente, que no oculta su preocupación por la situación social en el barrio, advierte que hay muchos problemas de adicciones entre los jóvenes. “Incluso hasta en niños y niñas de 12 y 13 años. A una adolescente la encontramos perdida en la calle hace poco tiempo, y estamos trabajando con la mamá y la familia. Además, se ven chicos pequeños que salen de noche, chicos menores de edad, y eso no está nada bien”, comentó. 

Margarita asegura que una gran cantidad de jóvenes del barrio no estudian ni trabajan, ni tienen una perspectiva de futuro para ellos mismos, lo que los coloca en una situación de riesgo. 

“A los chicos del barrio les cuesta conseguir trabajo, porque los discriminan mucho. Lamentablemente, han ocurrido algunas cosas feas acá y la gente tiene prejuicios con ellos. No hay muchas oportunidades afuera para ellos”, explica la mujer. 

“Hay muchos chicos que son trabajadores, pero hay otros que han tenido problemas con la Justicia, y se les cierran muchísimas puertas. Y eso hace que vuelvan a tener los mismos problemas que antes. El joven cae muchas veces en lo mismo por la falta de oportunidades”, amplió Lucero.

En su opinión, una alternativa para abordar esta problemática sería ofrecer talleres de oficios, espacios de contención para los jóvenes y programas de apoyo para evitar la deserción escolar. 

“Sería bueno también que se formen cooperativas para que los chicos tengan un trabajo, que tengan un estímulo para levantarse temprano y que no les dé lo mismo pasar la noche de largo”, señaló la vecinalista. 

Una opinión diferente sostiene la directora de la escuela Leopoldo Lugones, Mariela Miranda, para quien el problema de fondo es la falta de cultura del trabajo, o simplemente de autoestima. “Tratamos de mostrarles que ellos pueden lograr cosas con su esfuerzo, porque muchas veces no se tienen confianza. Además, hay una gran cantidad de familias que vienen con planes sociales desde los años ‘90”, señala. 

Pero no todas son pálidas. Aunque el panorama parece sombrío, también se destaca el trabajo solidario de los mismos vecinos, que se ocupan de ayudarse mutuamente ante situaciones de verdadero desamparo. 

“Hay muchísimas personas que vienen a pedir ayuda, y les damos lo que podemos. También tenemos muchas familias que nos donan cosas que nos hacen falta, como ropa de abrigo para los que pasan frío”, comenta Margarita. 

Por ejemplo, cuando fallece una persona del barrio, Margarita y los vecinos se organizan para ayudarles con los gastos de sepelio, apelando a la buena voluntad de la mayoría. “Lo hice antes de estar en la vecinal, y lo hago con más razón ahora. Hay muchísimas necesidades en el barrio. Sobre todo, con la situación económica que estamos pasando en este tiempo. A mí me duele que me vengan a pedir algo que necesitan y no se los puedo dar”. 

“Ñeris”

Uno de los dramas del barrio es la venta de drogas, sobre todo por los niveles de violencia que esto supo generar. Los vecinos aseguran que ese es el verdadero trasfondo de algunos de los episodios que les costaron la vida a varios jóvenes; los últimos, ocurridos el año pasado. 

Recuerdan el crimen de Juan Manuel Alva, un muchacho de 21 años que fue atacado por la espalda y luego ultimado a balazos el 10 de junio de 2017, cuando intentaba huir por las vías del barrio. Por ese hecho, fueron condenados Javier Díaz y Ramiro Rosales Neyra, coautores de homicidio calificado por el uso de arma de fuego.

Ese brutal ataque no sería otra cosa más que la venganza de un homicidio anterior, el de Cristian Díaz, de 27 años y familiar directo de uno de los acusados, que se produjo en medio de un acalorado enfrentamiento entre dos bandos el primero de mayo del año pasado. Desde entonces, Alva había quedado marcado.

Justo frente a la escuela Leopoldo Lugones, sobre una casa del barrio, hay un enorme mural que lo recuerda “con cariño: tus hijos, familia y amigos, compañeros, ñeris (sic), colegas y hermanos”. 

De todos modos, los vecinos aseguran que, desde aquella “guerra” por el control del territorio entre dos bandas antagónicas, la tranquilidad reina en el lugar. A pesar de esto, no ignoran que las drogas siguen circulando como antes. 
Leonardo Brochero


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