Los jueces y los jurados populares entendieron que el crimen de la joven cabrerense se produjo en un contexto de violencia de género. La audiencia fue seguida con angustia por familiares y amigas de Yoerg
Emiliano Alberto Cahuana, el hombre que el 12 de octubre de 2016 mató a golpes a su pareja Samanta Yoerg en las afueras de General Cabrera, recibió ayer la pena máxima luego de que un tribunal integrado por  jueces técnicos y jurados populares lo encontrara culpable de homicidio calificado por el vínculo y por un contexto de violencia de género.

“No la quise matar..., no la quise matar”, repitió con voz ahogada Cahuana, cuando la jueza Nora Sucaría de la Cámara Primera del Crimen le dio la última palabra, antes de pasar a deliberar el fallo.

Durante las dos horas que se extendieron los alegatos, Cahuana mostró el mismo gesto: mirada al piso, rostro adusto y ni una sola palabra de arrepentimiento o de compasión hacia los familiares y las amigas de Samanta Yoerg que habían colmado la sala de juzgamiento. 

Antes del fallo, que se conoció pasadas las dos de la tarde del jueves, el fiscal de Cámara y la abogada querellante Luciana Casas habían coincidido en pedir la prisión perpetua para Cahuana, luego de afirmar que no había dudas de quién era el autor del crimen y cómo se llegó a un desenlace anunciado.

Tanto Rivero como Casas repasaron los testimonios de la hermana de Samanta Yoerg y de las compañeras  con las que estudiaba magisterio. Dijeron que Cahuana tenía un comportamiento “machista”, “agresivo” y de sometimiento de la madre de sus dos hijos. “Llegaba de trabajar, golpeaba la puerta con la bicicleta, Samanta le abría y él le dejaba la bicicleta para que se la acomodora. Se encerraba en la habitación con la computadora y, desde ahí, empezaba a darle órdenes a los gritos”, remarcó Rivero.

El fiscal de Cámara reconstruyó con su relato la conducta de Cahuana. Dijo que luego de golpear con patadas y trompadas a su mujer, se dirigió a la Policía con el padre de la víctima a denunciar la desaparición de la joven.

Incluso, la hermana de Samanta recibió dos mensajes de textos de alguien que pretendió hacerse pasar por la víctima. “No me odien por lo que voy a hacer”, advertía, y un segundo mensaje daba a entender que se iba en compañía de otro hombre.

Si esos mensajes los envió el propio Cahuana o alguna otra persona es algo que no se determinó en el juicio, pero lo que quedó claro es que el propio homicida se presentó dos días después a la Policía y admitió la autoría del crimen. En ese mismo acto, les dijo a las autoridades policiales que su mujer le era infiel, como si esa circunstancia pudiese atenuar o justificar un acto de violencia extrema.

La asesora letrada Casas, que en este juicio actuó en nombre de los padres de Samanta, ahondó en las circunstancias desesperantes que vivía la mujer en la vivienda de General Cabrera que compartía con su pareja  y con sus dos hijos.

Recordó que una de las testigos dijo que eran una pareja “a la antigua”, para referirse a la manera en que Cahuana daba órdenes y actuaba de manera dictatorial dentro de su hogar.

Agregó que Samanta era víctima de violencia y  en varias ocasiones había manifestado su intención de separarse de su pareja, debido al sometimiento que sentía, pero tanto él como sus suegros le hicieron saber que perdería la tenencia de sus dos pequeños.

El alegato del defensor Rolby Valdivieso se orientó a mostrar al acusado como una persona trabajadora, buen padre, y que jamás había tenido problemas con la ley o había sido denunciado por violencia familiar.

Valdivieso provocó gestos de reprobación del público cuando señaló que algunos testigos, identificados con el movimiento #Ni una menos, demostraron tener un pensamiento fundamentalista. Una de las mujeres ubicada en primera fila, fue advertida por las autoridades para que cesara de negar con la cabeza, porque eso podía influir en los jurados populares.

El tramo final del alegato de Valdivieso buscó encuadrar la conducta de su defendido en la figura del homicidio preterintencional, que es aquella en la que una persona tiene la intención de causarle un daño a otra, y lo hace con un medio que, en principio, no debería causar la muerte.

Lo explicó con un ejemplo. “Cahuana no usó ni un cuchillo, ni una pistola, sino que le aplicó a Yoerg golpes de puño y puntapiés”. 

Después de los alegatos, los jueces Sucaría, Manavella y Labat pasaron a deliberar con los jurados populares.

A las dos horas se conoció el veredicto que ya se insinuaba en el ambiente desde mucho antes que Cahuana recalcara, “no la quise matar..., no la quise matar”.

Eran las 14.30. El Palacio de Justicia, al igual que las calles, estaba prácticamente vacío por la urgencia de llegar a los hogares a palpitar el partido de la selección. A esa hora, entre las altas paredes retumbaban los gritos de dolor: “Samanta..., ¡presenteee!”, “Emiliano..., ¡asesinooo!”.
Alejandro Fara

afara@puntal.com.ar


TEMAS: femicidio
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