Siesta en la casa de Leonardo Padura. Alicia: “En Cuba, los libros de mi hijo no se consiguen” - | puntal.com.ar
La madre del escritor cubano más aclamado en la actualidad confió cómo descubrió la temprana inclinación de su hijo por la literatura y se lamentó de que en la isla su obra no sea difundida.
Le envié un mensaje por Twitter sabiendo que era lanzar una botella al oceáno. Por algún insondable motivo Leonardo Padura, el escritor cubano vivo que mayor repercusión tiene fuera de la isla caribeña incluyó a este cronista en el reducido grupo de 8 personas a las que sigue en la red social del pajarito. Lo tomé como un guiño de la  suerte y le escribí –en la red social- para avisarle que a finales de febrero estaría en sus pagos y que, si no tenía inconvenientes, deseaba saludarlo y felicitarlo por su obra.

En ese breve texto no le dije que pretendía entrevistarlo para el diario de mi ciudad y tampoco me pareció oportuno aclarar que de su vasta obra había leído  únicamente “El hombre que amaba a los perros”, la colosal novela que Padura escribió sobre la etapa final de la vida de León Trosky.

Sin menospreciar su exitosa zaga de libros policiales protagonizada por el detective Mario Conde, creía y creo que el hecho de que un escritor haya parido una novela de la estatura de “El hombre que amaba a los perros” justifica el agradecimiento eterno de sus lectores.

Yo quería agradecerle, sí, pero sobre todo quería entrevistarlo. Eso ya quedó claro. Lo que no aclaré aún es que el viaje a Cuba no era parte de un ambicioso proyecto profesional sino las vacaciones familiares. Las dos semanas de desenchufe y de reencuentro que veníamos planeando desde hacía tiempo. Igual, no perdía las esperanzas de que en alguno de los cuatro días que íbamos a destinarle a La Habana, encontraría el momento y el pretexto para ausentarme por unas pocas horas y embarcarme en la búsqueda del admirado autor.

Los días pasaban, la fecha de partida se aproximaba y la respuesta de Padura no llegaba ni llegaría jamás. Celosos como estamos de las señales que nos dejan nuestros “amigos” y “seguidores” en las redes sociales, me percaté de que al pie de mi mensaje sólo había una pestañita. En otras palabras, el saludo había sido enviado pero nunca fue leído por su destinatario.

Debí imaginarlo de entrada, nuestro hombre en La Habana está a años luz de ser un activo tuitero. Su participación en los últimos diez años se limitó a 28 tuits y el último lo había escrito el… ¡11 de febrero de 2013!

Definitivamente, no era esa la mejor vía para ubicar al autor de “Herejes”.

Descorazonado y al borde de la resignación, tuve un último instinto de porfía y ya con el pie en el avión garabateé en un papelito el nombre de la barriada habanera donde está la casa natal del escritor y donde todavía hoy vive junto a su madre. 

“Mantilla”.

Esa palabra huérfana fue el nuevo talismán.



“No sé quién es”



Junto con la papa y la carne vacuna, el wifi es una de las mercancías que más escasean en Cuba. Conseguir media hora de conexión de Internet es un triunfo que sólo se alcanza si se alinean los planetas. Para conectarse a la web hace falta pararse en la puerta de un hotel o de un restaurante para extranjeros, tener una tarjeta de la empresa proveedora Etecsa que habilita wifi por un tiempo limitadísimo y reservar una buena dosis de suerte. 

Sobre todo eso. 

No es un misterio: lo sabe cualquiera que haya estado en la isla en los últimos años, desde que empezó a abrirse en cuentagotas el grifo de internet. 

Sin embargo, Ariel tiene vía libre en su celular. No sé cómo lo hizo pero se conectó con la web en el primer intento y ya lleva largos minutos navegando en busca del dato que acabo de encomendarle.

“¿Leonardo Padura? No sé quién es, pero Mantilla es el primer municipio de La Habana, está en la otra punta de la ciudad; si preguntamos en la calle, alguno sabrá dónde vive ese señor”, dice Ariel sin quitar la mirada de la pantallita.

Hay algo de gangsteril en el aspecto de Ariel. Tal vez sea la pelusa rala que lleva entre la nariz y los labios, convencido de que es un bigote, o la manera que tiene de llevarse el celular al oído mientras relojea con los ojos rapaces la terminal de los Viazul, los colectivos de larga distancia que recorren Cuba, de punta a punta.

Ariel es el dueño de un imponente Dogde fabricado en los años cincuenta. En ese cochazo, que no perdió su fulgor pese al paso de las décadas, se gana la vida como taxista. Lo que reúne por día puede llegar a superar holgadamente el salario promedio de un cubano, entre 25 y 35 dólares.

Por veinte dólares se ofrece a llevarme al barrio donde vive Padura, el escritor cubano más leído fuera de la isla. Aunque es la primera vez que oye su nombre, el taxista insiste en que alguien nos ayudará a encontrarlo. Desconfío, pero Ariel y el portentoso Dodge celeste estacionado en una plataforma de la terminal ubicada en la zona de El Vedado son la última carta: sólo queda un día antes del vuelo de regreso a Argentina.

Es la siesta y el calor aprieta en La Habana. Eliana, mi compañera, está rodeada de valijas. Con la mirada me hace saber que ya no queda demasiado tiempo para cabildeos.

Es el empujón que faltaba. Antes de ponerme en marcha, le pido a Mia, nuestra hija de diez años, que me acompañe. Entre desarmar otra vez valijas y sumarse al berrinche de su padre, Mia se decide por el inesperado paseo. Pienso para mis adentros: si aparece el pez gordo, tengo fotógrafa.



Paradoja a la cubana



La calle Obispo nace a diez metros del Floridita, el mítico bar habanero que frecuentaba Heminway. Es la zona de las librerías, pero para mi sorpresa, la obra de Padura está ausente. 

En algunos locales, su apellido provoca extrañeza. “No tenemos nada de él, pero si quiere le puedo mostrar los libros de Pedro Gutiérrez, escribe muy bien y con un tono erótico”, propone una de las vendedoras. En la librería de enfrente la oferta se limita a los libros vinculados con el proceso histórico que llevó a Cuba a plantarle cara a la potencia más poderosa del planeta, pero de “El hombre que amaba a los perros” o de las novelas de Mario Conde, no hay noticias. “A ver, espere”, dice una joven. Va hacia un rincón del mostrador, revuelve un poco y entre una pila de textos saca un librito, el único que queda en el local del tan mentado autor. 

En el resto de las localidades cubanas que recorremos sucede lo mismo. La producción de Padura está prácticamente ausente en las librerías. En España, es uno de los diez autores más leídos. En países como México y Argentina, sus libros se leen con fascinación. Pero en Cuba, Padura no se consigue.



Cacería en el barrio de Mantilla



El calor no afloja y bajar las ventanillas del Dodge no es de gran ayuda. Sentado al volante, Ariel divide su atención entre el tráfico y su celular. En el asiento trasero, Mia bosteza y amaga acostarse. “Quedate derechita, que ya llegamos”, miento con la esperanza de que no se duerma.

A quién se le ocurre salir a cazar escritores célebres sin cita previa y sin una dirección. Cuando estoy a punto de pedirle a Ariel que se olvide de todo y nos lleve de regreso al alojamiento en La Habana Vieja, el muchacho del bigote ralo da un grito seco y anuncia que cree tener la dirección que buscábamos.

Baja la voz y me explica que, mientras conducía, estaba buscando el rastro del tal Leonardo Padura en una base de datos. “Es de la empresa de internet, y no está permitido usarla, pero un amigo la consiguió y me la pasó”. Diez minutos después estamos frente a una casa sencilla de dos pisos, pintada color verde mar.

Del otro lado de una reja blanca, una mujer de unos 50 años sale a recibirnos. Nos confirma con una sonrisa amable que estamos en la casa de Leonardo Padura y, su siguiente respuesta demora un segundo, el más largo de mi vida: “No, el señor Padura no se encuentra, acaba de viajar a México y vuelve en diez días”.

La mujer, seguramente una fiel colaboradora del escritor, debe haber percibido la desazón, porque agregó. “Pero está su madre, ¿quiere que la llame?”.

Alicia Fuentes Castellanos de Padura está orgullosa de su hijo, el escritor. Sobre todo porque ni la celebridad ni los premios literarios cambiaron su esencia, dice. Sigue viviendo en la planta alta de la casa paterna donde nació, sigue caminando hasta el bar donde compra su cigarro diario, se saluda con quien se cruce en Mantilla y ni siquiera la entrega del premio Princesa de Asturias, en 2015, alteró su hábito de vestir sencillo. 

Con una guayabera y una pelota de beisbol que le regaló un histórico pelotari, así se presentó Padura a la gala que se montó en la ciudad española de Oviedo, para recibir la distinción que ostentan, entre otros, John Banville, Philip Roth, Margaret Atwood y Doris Lessing, por citar sólo algunos próceres de las letras.

A los 89 años, Alicia tiene el rostro y las manos cubiertos de pecas. Es bajita y su aparente fragilidad contrasta con su voz enérgica. Me invita a sentarnos en uno de los sillones de hierro del porche, y con disimulo le paso la cámara de fotos a mi coequiper, que ya se acomodó en otro sillón, lista para empezar a gatillar.

Alicia cierra los ojos y se sonríe. Acabo de preguntarle si ella avizoraba que su hijo se dedicaría a las letras y está rebuscando en su memoria.

-Bueno, mire. Cuando tenía apenas un año y pico o dos años, le compré un librito de una gallinita y un gallo, y yo le leía la historia y veía que hacía pucheros. Me daba cuenta de que sentía lo que le contaba. Años después, ya en el preuniversitario, él hizo un ensayo sobre Cecilia Valdés y entonces ahí recibió su primera distinción. Y empezó a inclinarse hacia la literatura, aunque yo siempre pensé que iba a dedicarse a la ciencia porque tenía muy buenas notas en las matemáticas y en las ciencias duras. Médico sabía que no iba a ser porque él es cobardón para esas cosas, cuando ve sangre o ve una tragedia, se aparta un poco de esas cosas” –dice con el desparpajo que sólo una madre puede tener.

Recuerda que Leonardo no se había graduado aún en la Universidad de La Habana, donde seguía la carrera de Literatura Hispanoamericana, cuando empezó a publicar sus primeras notas en el célebre mensuario “El caimán barbudo”.

“Ya entonces tenía su propio criterio. Escribía lo que pensaba. Luego, lo trasladan a un periódico que se llama Juventud Rebelde, ahí es cuando se hace verdaderamente periodista. Los días domingos escribía historias sobre la vida cubana, sobre las cosas que pasaban aquí”.

La decisión de exponer su mirada sobre la Cuba de Fidel lo transformó en una rara avis dentro de un país donde las disidencias y las críticas se exponen en voz baja, y muy pocas veces se hacen públicas. 

-En sus novelas, su hijo también escribió lo que pensaba sobre su sociedad, ¿eso le valió algún dolor de cabeza?

-Sí, es natural que suceda pero nunca tuvo problemas para seguir viviendo acá, por suerte. Nunca tuvo que sufrir ninguna represalia -dice Alicia, aunque hay episodios que a ella le dolieron y que no olvida. Despliega el ejemplar del Granma que tiene enrollado en sus manos y confía: 

“Alguna vez vivió situaciones especiales, por ejemplo cuando ganó el premio Princesa de Asturias, en este periódico, que es el órgano oficial del partido, sólo pusieron un rengloncito con la noticia y ni siquiera en la página de cultura. Había una noticia larga sobre el reagetton, otra no sé si del son o qué otra cosa y ahí, chiquitito, la noticia de que había sido premiado en España. Él se ríe de esas cosas, lo toma a la risa, qué otra cosa va a hacer”.

Un vecino pasa por la vereda y la saluda a los gritos. Alicia se ríe y en una mezcla de orgullo y disculpa dice bajito: “Así somos en Cuba. ¿En qué estábamos?”.



* * *



Antes de la despedida, Alicia entra a su casa y tras largos minutos vuelve con dos libros de regalo: un ejemplar de “Herejes”, editado en La Habana, y una edición en portugués de una de las novelas del detective Mario Conde. 

“Acá no va a encontrar muchos de estos. En Cuba, los libros de mi hijo no se consiguen, y los pocos que hay son de ediciones piratas”, aclara. 

Del libro insignia, de ese que colocó el nombre de Leonardo Padura en las grandes ligas de la literatura, prácticamente no hay rastros en la isla. “Gracias a ese libro, a mi hijo lo tradujeron a un montón de idiomas, pero va a ser difícil que encuentre por aquí a “El hombre que amaba a los perros”. Yo tenía un ejemplar y lo presté”, recalca Alicia.

Aunque la agradable charla que acabamos de tener ya distrajo al cronista del objetivo principal de la visita, ella no se olvida. “La próxima vez que venga a la isla, pase, seguro lo encuentra a Leonardo”, dice.

El trayecto en el Dodge ahora es más relajado. La cacería en el barrio de Mantilla llegó a su fin. Ariel tiene todos los sentidos puestos en el tráfico: ya no necesita hacer espionaje en su base de datos para ubicar el camino de regreso de la casa de un tal Leonardo Padura.

De vuelta de uno de los momentos más entrañables del viaje, voy repasando las imágenes que la fotógrafa fue tomando del inesperado encuentro con Alicia. Por ser su primera cobertura, no le tembló el pulso. Giro la cabeza para felicitarla, y no digo nada: arrullada por el ronroneo del motor, Mia duerme la siesta.



Alejandro Fara

afara@puntal.com.ar

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