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Mary Hansen: “En la villa tenés que dejar a un lado la camiseta”
A los 77, Mary Hansen le dijo adiós a su trabajo por los más humildes. Pero en el Padre Mugica pocos creen en su retiro: aunque los médicos le prescribieron reposo, aclaró que seguirá velando a los que no tienen para pagarse un cajón

En el Padre Carlos Mugica, el barrio donde trasladaron a las familias que por años vivieron en la Villa Cochancharava, no hay uno que no la conozca.
-¿Ves allá ese camión amarillo? Bueno, antes de llegar a la esquina doblás, y en la segunda casa vive la Mary Hansen.

La precisa indicación de la vecina acierta con la vivienda del Pasaje María Eva Duarte de Perón al 822.

Hasta hace tres meses, la callejuela era un anónimo “pasaje público”, pero la dueña de casa, la mujer que desde hace 60 años trabaja por las villas de Río Cuarto, juntó más de 1.500 firmas y consiguió así que su adorada Evita fuera reconocida en la nomenclatura de la ciudad.

Desde que en agosto anunció que se retira de la actividad como puntera, Mary Hansen causó una conmoción en la barriada ubicada detrás de Jardín Norte. Un centenar de personas le organizó una despedida, pero los mismos que la homenajearon saben que “La Tía” nunca se despedirá del todo.

Imposible imaginar a ese huracán de un metro cincuenta en un apacible retiro, lejos de los acuciantes necesidades que todavía hoy golpean la puerta de su casa.  Ella misma lo reconoce: pese a que los médicos le prescribieron que baje las revoluciones y se dedique al descanso, Mary Hansen ya avisó que, si bien se despidió del resto de las actividades barriales, continuará con los velatorios de los que no tienen ni para el cajón.

“Es algo que empezamos a hacer con mi madre y no lo puedo abandonar.  Desde entonces, he velado a más de cien personas, radicales, peronistas, sin importar el color político, porque en la villa cuando hay necesidad tenés que dejar a un lado la camiseta política”, recalcó.

Con orgullo, pasea al cronista y al reportero gráfico por su museo personal, una habitación extensa donde convive el amplio arco político del peronismo.
En torno a un enorme cuadro de Perón y Evita, se apretujan las postales de todos los exponentes justicialistas desde el regreso de la democracia -aún de los más resistidos, como un Carlos Menem todavía de patillas-. También hay lugar para los dirigentes radicales. En el cuarto se ven fotos del Chicharra Abella y de Rins. Con orgullo, Mary Hansen dice que nunca ningún intendente le cerró las puertas.  “El Turco a mí me ama”, acota aludiendo al último intendente radical y aclara: “Yo siempre fui bien recibida porque no tengo ideología, yo soy una bolsa de necesidades”.

En el mismo sitial de Evita, Mary Hansen coloca a su madre: Ramona Cejas Luján, una modista sastre que le enseñó todo en la vida, fundamentalmente como ser una intermediaria entre las carencias de las villas y los dirigentes de turno.

Era la década del 30 a Reducción llegó un constructor dinamarqués, Jorge Alcides Hansen para trabajar junto a una cuadrilla en la casa parroquial del pueblo. La encargada de llevarles la vianda era una chica de 14 años, Ramona. De esa unión nació el 26 de julio de 1940 Mary Hansen. Ella y el menor de los varones son los únicos que quedan con vida de los 12 hermanos.

De chica, padeció la pobreza y el encierro. “Con mi madre nunca nos faltó amor, pero había noches en que era un mate cocido y a la cama”. Cuando Mary Hansen tenía apenas 12 años vivió un episodio que la marcó para siempre. Mientras iba a caballo con otro chico, se toparon en la costa del río con un abusador. “De un tirón me lo bajó al chico y me amenazó con que me violaría a mi también. Cuando vi que se lo llevaba, me bajé del caballo y busqué lo que tenía a mano, encontré una piedra en forma triangular y le di varias veces con eso en la nuca. En un momento, ya estaba muerto y yo no me daba cuenta”.

Por ese homicidio, Mary Hansen pasó 8 años de encierro, dos de ellos en el Buen Pastor de Río Cuarto y el resto en la ciudad de Córdoba. A su regreso empezó a acompañar a su madre en las tareas comunitarias, pero jamás se arrepintió de aquello. “Lo hice para salvar el honor de un niño, y lo volvería a hacer”, remarca.

De a poco fue haciéndose un nombre en la costa. “Me tenía fe, confianza, ¿viste? Yo salía a cirujear y la gente que guardaba ropa y alimentos para que los repartiera. Siempre voy a estar muy agradecida de quienes me dieron una mano”.  

Con un destello en la mirada, Mary Hansen cuenta que en estos días los vecinos la paran en la calle y ya la empiezan a extrañar. “Te fuiste vos y se acabó el pan dulce y la tranquilidad”, me dicen. Se retira Mary Hansen, se lamentan en el Mugica. Con ella se despide la última puntera de barrio.

Alejandro Fara
afara@puntal.com.ar

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