Río Cuarto |

El virus en Italia: "Lo más triste es no poder despedir a tus familiares"

Esta consultora de viajes italiana se las ingenia para no entrar en pánico frente a las catastróficas cifras de muertos que se difunden a diario. "No vivimos con miedo, en nuestras casas estamos cuidados", aseguró

Giulia y Noah son hermanos. Llevan un mes de cuarentena, desde que el colegio de su pueblo -Meduna di Livenza- cerró sus puertas porque la cantidad de contagios en la primaria amenazaba llegar a los cien.

No saben mucho del coronavirus, pero algo tienen en claro. Para jugar con su vecina, una chica que iba al mismo colegio que ellos, deben respetar la distancia entre los patios. Por eso, contra el alambrado que divide las propiedades, cada familia colocó una mesa que marca el límite: más allá no se puede pasar.

La madre de Giulia y Noah, Sabrina Barro, es una consultora de viajes que vive con Germán, su compañero nacido en Río Cuarto y radicado desde niño en el norte de Italia, a 267 kilómetros de Lombardía, que hoy es la zona crítica del coronavirus.

Es el arranque de la primavera. La tarde soleada es una invitación para que Giulia y Noah corran al gato por el patio. A su modo, esta familia, como otras miles a lo largo de Italia, se las ingenia para mantener la moral y seguir con sus vidas frente al bombardeo de noticias catastróficas: Italia acaba de traspasar la barrera de 6 mil muertos por coronavirus y, oficialmente, es el país más devastado por la epidemia mundial.

La soledad de los muertos

“Lo más triste de todo esto es no poder despedir a tus familiares. Las iglesias están cerradas y los que mueren no van al cementerio ni son velados. Los creman sin que sus familiares puedan volver a verlos. Simplemente, desaparecen”, describe Sabrina a Puntal.

La premisa en el pueblo de 3 mil almas es no entrar en pánico.

“No estamos pendientes de la información. Escuchamos un poquito todos los días cuando comemos. Las noticias asustan mucho. Vemos algo de tele y algo en internet, pero poco. No me la paso buscando noticias porque si no uno no vive”, precisa.

Barro está convencida de que respetando el confinamiento en su hogar estarán a salvo. “No vivimos con miedo, en nuestras casas estamos cuidados. El único que trabaja es Germán. Él está construyendo una casa, pero va solo. No está en contacto con otros trabajadores. Igual, desde el domingo ya no va más porque nadie puede salir de nuestro municipio”, explica.

Ellos ya no pueden ir al supermercado en el que hacían las compras porque queda fuera del ejido autorizado. “Una vez a la semana, voy al súper más cercano y es algo desolador. Las calles están vacías y dentro del comercio se entra de a uno y con barbijo y guantes. Las cajeras están equipadas con trajes y máscaras. Ir a comprar parece hoy ser parte de una escena futurista”, grafica.

Sin explicación

Aunque hay quienes hacen blanco en el gobierno nacional por cómo ha manejado la emergencia sanitaria, Sabrina no está segura de que Italia haya actuado tarde. Señala que fue uno de los primeros países en adoptar los test para detectar la enfermedad, cosa que otras naciones en Europa han demorado en hacer.

“Una de las cosas a las que me cuesta encontrarles explicación es que tengamos más muertos que en China. Se piensa que puede tener que ver con que Italia tiene una alta población de ancianos, otro factor que se menciona es la alta contaminación, sobre todo en la zona de Lombardía, donde se produjo casi el 80 por ciento de los casos. Lombardía, para que se entienda, es el motor productivo de Italia, hay un grán tráfico de personas y eso puede haber facilitado que la enfermedad se expandiese sobre todo en los asilos de ancianos”, detalla.

Sabrina trabaja para una agencia Australiana que se llama Passion for Italy Travel. Por su profesión, está habituada a acompañar contingentes de turistas a Venecia, que está a 67 kilómetros de su casa. Hoy le cuesta creer la transformación que ha operado en la ciudad de los canales.

“Poco a poco, los animales se van apropiando de los espacios. En Venecia hay patos que caminan por la zona donde se tomaban los ferries, incluso han puesto huevos en un sector que antes estaba lleno de turistas”, resalta Sabrina, con una amplia sonrisa.

La transformación del hábitat se replica también en otras ciudades. En Milán, las liebres han empezado a acercarse a los parques públicos y en las zonas costeras comenzaron a avistarse delfines, algo que para los italianos es una verdadera rareza. Sabrina menciona que el cese de la actividad industrial, una de las medidas más controvertidas en Italia, ha modificado el aire que se respira. “Se nota a simple vista el cambio en la atmósfera, sin chimeneas y con los autos en casa el aire es más saludable”.

Lo raro, dice, es el silencio.

“Ya a las cuatro de la tarde todo queda en el más completo silencio. Está todo cerrado, no se ve a nadie, como si fuera un pueblo fantasma, y a lo sumo se puede llegar a escuchar el sonido de una cortadora de césped”, especifica.

Alejandro Fara. Redacción Puntal