Tres títulos que compitieron por el Oscar, incluida la ganadora “Parasitos” que se suma mañana, coincidirán en la programación cinamatográfica local
El anuncio de la apertura de la programación del C.C. Leonardo Favio con la exhibición de “Parasites”, que se pondrá en pantalla mañana, edición en la que daremos más detalles sobre el particular, da lugar a una situación poco habitual en la cartelera de los cines riocuartenses en los últimos tiempos: la concurrencia simultánea de tres films de los que acaban de pugnar por el Oscar, incluído el inesperado ganador.

Además de registrar, en términos de elogio, la aguda perspectiva de los programadores de la sala oficial de la provincia, (dificilmente hayan podido prever el triunfo de “Parasitos” en los premios de la Academia pero si vieron que se trataba de un film con antecedentes como para abrir con él la grilla del año), permite al espectador que sigue yendo a las salas (consuma o no cine en los formatos hogareños) un ejercicio de actualidad que últimamente le ha sido vedado.

A propósito de ese hecho, y a la espera del estreno del galardonado film de a Bong Joon-ho, vale la pena retomar algunos detalles de los otros dos títulos nominados (y ganadores en algunos rubros) que se mantienen en la cartelera que se renueva mañana, para refrescar.

“1917”

No es raro considerar que “1917” ES un nuevo requiebro temático y estilístico de Sam Mendes, de quien pueden recordarse filme tan dispares como 'American beauty'  en un extremo, y los dos últimos títulos estrenados de la saga James Bond, 'Skyfall' y 'Spectre'.

Con estos últimos comparte la tentación de hacer malabarismos con la cámara, que aquí pone al servicio de un relato de guerra sin hazañas bélicas, filmado en un único plano-secuencia digital -que en realidad son dos, ya que hay un corte a negro justo a la mitad del metraje que rompe la noción de tiempo real- y con el punto de vista de un videojuego.

La idea evidente de Mendes ha sido realizar un tratamiento que convierta la angustia bélica en una experiencia a flor de piel, buscando que el espectador sienta la tensión, la vibración de un conflicto tal, de manera inmediata y directa, como si estuviera a los mandos de una partida de esos videojuegos que tienen tanto de guerra.

Arriesga indudablemente ya que no es poco frecuente que el virtuosismo sea tan manifiesto que se ubique en el centro e incluso por encima de lo que se quiere contar, desplazando entonces la necesaria correspondencia entre fondo y forma que sólo consiguen las mejores obras de arte, cualquiera sea su género.

No cabe duda que en “1917” hay grandes valores técnico-dramáticos puestos en desarrollo: contando con la extraordinaria forma de componer en movimiento del director de fotografía Roger Deakins, y el modo en el que esta virtud juega en la estructuración dramática del relato.

Como se sabe, la trama sucede durante la Primera Guerra Mundial, en el frente occidental, cuando el general británico Erinmore (Colin Firth) encomienda a los cabos Schofield (George MacKay) y Blake (Dean-Charles Chapman), una misión urgente: entregar un mensaje decisivo al coronel MacKenzie (Benedict Cumberbatch).

Para lograrlo, deberán abandonando abandonar la trinchera a plena luz del día y avanzar por el campo francés ocupado por los alemanes y disponen de unas pocas horas para cumplir su cometido puesto que si no llegan a tiempo, 1.600 soldados perderán la vida, entre ellos el hermano de uno de los dos jóvenes soldados.

Mendes se abalanza  sobre esa tensión intrinseca y la despliega en los términos de singularidad expresiva del plano secuencia, y esa elección torna cargante esa emocionalidad, sobre la que no se priva de cargar tintas, y genera la sensación de que su film dura demasiado, cuando dura lo habitual en los films de esta época.

“Mujercitas”

Greta Gerwig, afronta con claridad de objetivos el desafío de encontrar matices a una historia llevada tantas veces a la pantalla ya que la de la novela de Louisa May Alcott tiene tres versiones anteriores: la excelente de de 1933 dirigida por George Cukor, la más preciosista de 1949, dirigida por Mervyn Le Roy, y la rígida de los 90, debida a Gilliam Armstrong.

Ahora se trata de reforzar el acento militante afin a la época, subrayando aquello que estaba expresamente contado en la novela original: la directora lo hace, con  buenos recursos y sin caer en excesos pero la realidad es que su adaptación, sólida y bien narrada y actuada, aporta pocas novedades: su estructura narrativa aunque apele al desarrollo en tiempos distintos y desafíe con la decisión de que sus criaturas lean algunas de las cartas dirigiéndose directamente a cámara, corporizando la actuación.

En un marco de sólidas interpretaciones, el centro reforzado es el personaje al que da vida Saoirse Ronan, a través del cual aunque no se moderniza la historia sí que se actualiza y refuerza el discurso feminista, algo a todas luces plausible pero que resulta demasiado explícito en términos estéticos. Y en ese sentido resulta modélica la secuencia en la que Jo le cuenta a su madre sus convicciones, resulta en términos de un retórica de panfleto más que de una obra de arte que la haga honor al temple sutil de libro de Alcott.

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