Acentuando el tono crepuscular de sus films, potenciado por su intervención actoral protagónica, Clint Eastwood confirma su maestría clásica. Su condición en gran artista brilla en “La mula”, film no estrenado en el circuito comercial y que se exhibe el miércoles en una única función en el ciclo Cine en el Teatrino.
“No moriré del todo sino que una parte de mí evitará la muerte”.

(“Non omnis moriar”. Séneca)


A punto de cumplir 90 años, Clint Eastwood parece tener conciencia de que ha arribado a la maestría, en el sentido de saber cómo sacudirse de lo aleatorio y llegar a la más absoluta serenidad.  “La mula”, su película más reciente (no se sabe si será la última y hasta cuesta decirlo) reafirma esa capacidad, y lo muestra en la actitud de despojo propia de los grandes artistas.

A lo largo de los años, Eastwood ha conseguido pulir el manejo del instrumento cinematográfico del que se vale, afirmándose en un cristalino y majestuoso clasicismo. Con una exactitud tal que puede compararse a la que ponía en juego Riquelme en un partido de fútbol, el gran director hace exactamente lo que el relato le pide en cada instante. 

Esa capacidad por descubrir lo esencial, establece coherencia, a pesar de los cambios de temas y perspectivas, entre éste creador casi nonagenario y aquel que asomaba hace más de cuarenta años. Por encima de los preconceptos, éste Eastwood, como aquel que surgió después del actor de los westerns-spaghetti y de Harry, el sucio, expone su inquietud por la quebradiza conducta humana.

Su cine, no siempre comprendido en este presente cinematográfico tan lleno de gestos altisonantes, elije un grado de serenidad expositiva deslumbrante para alumbrar esas inquietudes. Una profunda y magistral sencillez que empieza a desarrollarse en el comienzo mismo de “La mula” cuando, de a poco, el personaje se descubre despojado de su mundo.

Earl Stone, que así se llama el protagonista del film, es un horticultor, un “creador” de flores, un artesano que ha desarrollado su oficio con una dedicación profundamente amorosa. Tanto, que en ese desarrollo pasional, no exento de orgullo,  ha abandonado totalmente sus vínculos familiares, apartándose de toda relación con su esposa y su hija.

Las flores han ocupado el núcleo de la experiencia vital de ese anciano, acaso para bajar al grado cero las tensiones vividas como combatiente de la Guerra de Corea. Y de pronto descubre que su arte está siendo olvidado, por lo menos de la manera que él lo practicaba: y se encuentra totalmente perdido hasta que algo viene en su auxilio. Ese algo es…

Más allá de “La mula”

Conviene terminar aquí el relato argumental pero no tanto para que la gente lo descubra yendo a ver “La mula” al Teatrino éste miércoles, sino para enfocar el mundo cinematográfico del director.

Porque a través del relato del cambio en la vida de Earl Stone, que retoma cuestiones habituales en su cine, sobreexpuestas en los últimos años, Eastwood desarrolla una concepción del mundo.

Temas recurrentes tales como la conciencia de la vejez, o la reflexión, con algo de arrepentimiento, en torno a las relaciones de familia, sirven en su cine para reflejar un estado de cosas.

Y si bien la mirada de conjunto resulta bastante pesimista, ya que el fracaso envuelve la experiencia de casi todas sus criaturas, siempre hay un resquicio luminoso posible, como sucede en “La mula”.

En esa oscilación, Eastwood construye una experiencia estética que se va afirmando a lo largo de muchos films, y que aquí redefine su tono crepuscular propio de criaturas que ensayan el adiós.

Pero esto no sucede como una elección temática frente a la conciencia de su propia vejez, sino que ha sido siempre tema central en su obra: desde siempre el suyo es un cine de la agonía.

Si se revisa su filmografía se descubrirá que abundan las despedidas, los últimos gestos, sean heroicos o triviales, y las profundas revisiones de las culpas, propias y ajenas.

Es decir, que por detrás de las anécdotas y del perfil de tal o cual personaje, los films de Eastwood circulan en torno a una preocupación para nada banal.

Cierto es que, anciano el director, anciano su personaje, “La mula” acentúa ese tono, en especial por hablar de lo que habla, de alguien enamorado de su arte que, como él, se apaga de a poco.

En ese sentido resulta lógico encontrar en la trama una correspondencia entre la situación de Stone con la del propio director: ambos son criaturas que expresan su amor por un arte que ya no se hace como se hizo siempre.

Ya no se hace cine como lo hace Clint Eastwood, magistralmente, todo hay que decirlo. Ese cine de la forma depurada, que traduce una mirada melancólica por detrás de los fastos de cada historia.

Un cine de criaturas muchas veces políticamente incorrectas (Earl Stone tiene un par de gestos en ese sentido) pero acaso más solidarias que los que se jactan de ello, un poco a lo John Ford.

En fin, que cabría seguir hablando del cine de Eastwood en este espacio-tiempo que ofrece el diario pero conviene parar aquí, recomendando “La mula” para que la vean el miércoles.

Se trata del gesto, ojalá que no el último, del largo adiós de un cineasta que florece en cada film como los lirios que cultiva Earl Stone, aunque en torno suyo todo parezca, “triste, solitario y final”.

Lo que aquí está en escena, como en su obra vista como conjunto, no es una trama sino una poética. Una poética, que como dice Séneca de una de sus odas, no le permitirá morir del todo.

Ricardo Sánchez. Especial para Puntal

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