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Un parto a los 13, una oscura trama familiar y la búsqueda que no cesa

Mónica López (50) vive en Moldes. Hace 37 años dio a luz una criatura a la que nunca pudo ver. Pese a que quisieron convencerla de que el bebé había muerto en el parto, está segura de lo contrario. "Si hablaba iban todos presos", dijo

“No me olvido nunca de ese viaje”, dice Mónica López. Se crió con diez hermanos y con sus padres en una quinta, a 10 kilómetros de Cura Brochero. Se alimentaban con lo que el padre sacaba de vender lechones, cabritos o alguna ave de corral. “Había momentos en que vivíamos con lo justo y menos aún. Supimos lo que era el hambre, o que algún día no hubiera nada que comer”.

Era el año 1983 y Mónica recuerda ese viaje a Córdoba como uno de los momentos más tristes de su vida. “No conocía la ciudad, era muy pegota sobre todo de mis 8 hermanos varones. Me despedí de todos ellos, sin saber cuándo iba a volver”.

A los 13 años, Mónica López viajaba para abortar. Pero ella todavía no lo sabía. Así lo había dispuesto su madre. Irían a la casa de su hermana, la tía de Mónica, y sin que nadie lo supiera en el pueblo terminarían con lo que entonces era motivo de oprobio.

Pero las cosas no salieron de acuerdo a los planes familiares: la matrona que la atendió se rehusó a interrumpir un embarazo que tenía muchos más meses que los que la madre de Mónica estaba dispuesta a creer.

“Estaba casi de 8 meses cuando mi mamá se enteró, ni se había dado cuenta antes porque yo era robustita. Yo tenía 12 años y había tenido relaciones una sola vez con un hombre 10 años mayor que yo”. Mónica dice que no estaba e-namorada de esa persona; sin embargo, pocos años después terminaría casándose con ese hombre, con el que tuvo dos hijas. Pero eso es parte de otro dolor imborrable del que Mónica hablará después.

Tras el aborto fallido, ella se quedó viviendo en la casa de su tía, a la que identifica como Inés Murúa, que vivía con su esposo y 6 hijos a pocas cuadras de la Maternidad de Córdoba, ubicada frente a Plaza Colón. Ahí dio a luz el 18 de julio de 1983, pero a su hijo no llegó a verlo nunca. Tanto es así que aunque su instinto le dice que tuvo un varón, ni siquiera está segura del sexo de aquel bebé.

Faltaban pocas semanas para que el embarazo de Mónica llegara a término. Antes de que su madre regresara a Cura Brochero, en la Maternidad le hicieron firmar “varios papeles”, evoca.

“Como yo era menor, le preguntaron a mi madre y a mí tía si el padre del bebé era mayor de edad, entonces recuerdo que mi tía le dijo por lo bajo a mi madre que dijera que era menor de edad, cuando eso no era cierto”.

Una vez que Mónica quedó registrada como paciente de la Maternidad, la madre regresó a Cura Brochero y la dejó al cuidado de su tía. “Pasaron los días y ese mes fue un infierno para mí, estuve encerrada y casi sin comer: todo lo que quería era volver a mi casa y estar con mis hermanos”, dijo.

Hasta que llegó el trabajo de parto.

La mañana del 17 de julio empezaron los dolores. Mónica y su tía hicieron caminando las pocas cuadras que las separaban de la Maternidad donde, al día siguiente, tuvo a su bebé.

“Fue un parto natural pero apenas el bebé estaba saliendo me inyectaron por vena y me durmieron, por lo cual no vi a mi bebé ni lo escuché llorar; cuando desperté me dijeron que había nacido muerto”.

Recuerda que, en su inocencia, en lo único que pensaba era en volver con su madre. Nunca la Maternidad le entregó un acta de defunción. Cuando le preguntó a su madre qué había pasado con la criatura, le dijo que había nacido muerto y que la Maternidad se hacía cargo del cuerpo. “Decía que había un cementerito ahí, para esos casos”, dice Mónica con la voz entrecortada.

Con el tiempo, las sospechas se fueron acrecentando. Pero el círculo de silencio en su familia se hizo hermético, sobre todo cuando ella se casó con el padre de la criatura. “Tenía 16 años y mi madre me obligó a casarme con él. Decía que era buena persona y que era lo mejor para mí. Yo nunca estuve enamorada de él, era una persona machista y autoritaria, sufrí mucho a su lado hasta que, con la ayuda de un psicólogo, reuní fuerzas para separarme”.

Ya por entonces, Mónica vivía en Coronel Moldes, pero nunca olvidaría aquel viaje y ese hijo que, ella está convencida, vive y en algún lugar la está buscando.

Su tía, por años, evitó hablarle del asunto. “¡Dejate de hinchar las pelotas con ese bebé!”, la cortaba en tono nervioso cuando ella insistía en preguntarle. Mónica está convencida de que la mujer conocía la verdad y estuvo relacionada con la presunta entrega de ese bebé. Su tía ya murió y su madre vive pero padece demencia senil.

En soledad

A Mónica sólo le quedaba buscar por sus propios medios y así lo hizo. “Viajé a Córdoba con mi hija menor, y pedimos los registros en la Maternidad. Ahí, una mujer mayor me atendió de muy mal modo, y después de insistirle un montón, me dejó ver la documentación referida a ese 18 de julio de 1983”.

En la historia clínica figura: “Feto muerto en útero macerado en primer grado”. Mónica agrega: “Eso quiere decir que mi bebé habría estado muerto por algún tiempo dentro de mí, lo cual es totalmente falso porque que hasta el día que me interné para dar a luz el bebé se movía y lo sentía en mi vientre vivo”.

Asegura que durante años calló esta historia y no denunció en la Justicia por miedo a que varios integrantes de su familia terminaran presos. Pero poco a poco fue animándose a relatar su historia y así empezó una búsqueda que no tiene final.

Primero fue su participación en un programa televisivo que buscaba gente, después se animó a contar su historia en el grupo “Dónde estás”, de Facebook. Allí, su relato fue replicado por más de cinco mil personas. Su ilusión es que estas palabras se difundan en todos los rincones, especialmente, en la ciudad de Córdoba.

Mónica sospecha que en ese lugar hoy hay un hombre o una mujer que en pocos días cumplirá 37 años y que sigue buscando a su madre biológica.