Río Cuarto | mansilla | excursión | paz

Diplomacia y excusas que llevan a Mansilla al corazón del desierto

Completamos en esta segunda nota la evocación de un suceso que 150 años atrás transcendiera nuestras fronteras, desde y hacia la Línea de Frontera Sur en cuyo borde civilizado se ubicaba la Villa de la Concepción. Se trata de la excursión que realiza tierra adentro el jefe de la Comandancia, coronel Lucio V. Mansilla, acompañado de dos misioneros del convento franciscano y una acotada comitiva militar. El disparador es nada menos que el propósito de ratificar un trabajoso tratado de paz.

El inicio del año 1870 marca un sinnúmero de idas y venidas entre comisiones oficiales y ranquelinas, en pos de un anhelado acuerdo que el Gobierno Nacional es renuente en aprobar.

La misión diplomática del coronel Lucio Víctor Mansilla consiste en llegar a las míticas tolderías del cacique general, Mariano Rosas, en Leuvucó por el paso del Cuero, afrontando los riesgos y las penurias del desierto. Según el sistema político de los indígenas, el tratado debía aprobarse en una junta de los principales jefes indios, tras un largo y abierto debate. Se necesitaba, entonces, una especie de conferencia cumbre en el propio terreno de las tolderías ranquelinas.

Las condiciones estaban dadas para que se concretase el anhelado sueño del coronel Mansilla: la pacífica visita a tierra adentro. Faltaba el permiso de su jefe, el general José María Arredondo, a cargo de la frontera del Sur de Córdoba, San Luis y Mendoza, y las disposiciones para el viaje.

Le animaban como propósitos, además de negociar las condiciones de paz, los de orden militar de inspeccionar el territorio para futuras expediciones, y los personales de observar los hábitos de vida de los ranqueles, además de su natural inclinación a la aventura, incitada por el misterioso atractivo de Leuvucó, según explica en sus cartas.

A tierra adentro

El 30 de marzo de 1870, a las cinco y media de la tarde, acompañado de dieciocho subordinados, entre ellos los dos misioneros franciscanos, Fr. Marcos Donati y Fr. Moisés Alvarez, el coronel Mansilla inicia la excursión, episodio que le valió la escritura de una de las escasas obras que en nuestra literatura –al decir de los expertos- pueden llamarse con propiedad “argentinas”.

Sesenta leguas de cabalgatas y de peripecias, entre el Fuerte Sarmiento y Leuvucó, con visitas incluidas a los asentamientos de los caciques Baigorrita y Ramón. Y otras sesenta leguas para regresar, por el camino del Cuero y el paso por la Laguna Verde. El fin principal de la misión diplomática era conseguir la aceptación de un tratado de paz entre los ranqueles y el gobierno del presidente Sarmiento. Para Mansilla había muchos otros motivos más, y otros tantos, evangélicos, para los misioneros.

Escribe en su informe el P. Donati: “... emprendimos el viaje tan deseado como importantísimo para mí como Prefecto de Misiones. El Padre Moisés Álvarez muy gustoso me acompañó. Ya en marcha Mansilla diciéndome esto: – Padre Marcos, entrego a Ud. mi alma, y Ud. entregue a mí su cuerpo, recíprocamente nos hemos de favorecer en el peligro en que vamos a meternos.

“Yo, y el Padre Moisés salimos del Río 4º el veinte y cuatro de Marzo del mil ocho cientos setenta.

“El coronel salió el 22 del mismo para presentarse al General Arredondo, su Jefe, para conseguir el permiso que precisaba, quedando nosotros de esperar a Mansilla 30 leguas distantes del Río 4º en el Fortín Sarmiento. En la tarde del 30 de Marzo pudimos salir para Tierra Adentro.”

Y narra los primeros pasos de la aventura:

“Entre todos éramos diez y ocho, es decir, dos Religiosos, el Coronel con tres Oficiales, trece Soldados entre asistentes y caballerizos para el cuidado de 130 y más caballos escogidos. Llevaba conmigo un altar portátil que contenía los santos óleos y lo demás que era necesario para la santa Misa.”

Para el P. Moisés Álvarez la noticia de prepararse para una salida tuvo mucho de misterio y la acepta en un gesto de obediencia y a la vez que de confianza hacia su respetado Prefecto de Misiones, al sospechar que habrán de ir al de-sierto: “Así ocupado me hallaba en estos pensamientos cuando siento que abren la puerta de mi cuarto. Levanto la cabeza; era mi reverendo Prefecto. Con secas palabras me dice: “Mañana nos vamos y es preciso pensar en el camino”. …Llevaremos 12 manzanas, medio queso y un poquito de azúcar y café. (…) Como era poco lo que había de disponerse luego estuvimos listos. Esa tarde vino el encargado del Coronel a preguntarnos si estábamos dispuestos. Le contestamos que sí, y arreglamos de salir un poco temprano. Efectivamente al otro día a las siete salíamos para Sarmiento...”

Las mulas cargueras transportaban 1os ornamentos religiosos, las provisiones y los regalos para los caciques. La marcha se vio dificultada por los efectos de lluvias que habían anegado la llanura. Apenas se observaban las rastrilladas, y los guadales eran una fuente de peligros. Uno a uno, fueron superándose los puntos fijados como hitos de la marcha. Los expedicionarios marchaban entusiasmados. Escribiría Mansilla: “Vamos todos alegres como unos niños [...] La felicidad no es una quimera. Hay que atraparla por los cabellos”.

La travesía es larga y extenuante. Ya cerca de Leuvucó deben detener su marcha y esperar a ser recibidos por el cacique general, tras el envío de diversas embajadas, para dar aviso de la llegada, El jefe ranquel se toma su tiempo y sólo cuando sus informantes le dan seguridad, accede a recibir a los visitantes.

Desconfianza y diplomacia

Ya en los toldos, tras algunas escaramuzas que asustan un poco, Mansilla y su comitiva logran ser recibidos; se hallan reunidos los grandes caciques de las tolderías ranquelinas, y debe someterse al rito de presentación. Una ceremonia larga que para Mansilla resulta sofocante, porque debe hacer lo mismo con cada cacique. Todos festejan a Mansilla y repiten: “Ese coronel Mansilla toro”, máximo elogio que se podía hacer de un hombre en las profundidades del desierto.

Mariano Rosas habla un amago de castellano, aprendido en su época de cautiverio, desde los nueve años de edad, en la Estancia de Virrey del Pino, propiedad de Juan Manuel de Rosas, que lo apadrinó en su bautismo y le colocó el nombre “cristiano”. Pero muchas veces habla en ranquel frente a Mansilla y éste debe confiar en su lenguaraz. En general, es el único cacique con el que de todos modos puede dialogar directamente.

El momento crucial se produce en la reunión o Junta de los jefes ranqueles, en un acto con la presencia de toda la tribu; las decisiones se toman por aclamación, tras el debate abierto sobre los temas conflictivos. Las heridas de la guerra siguen abiertas y las quejas de los ranqueles son muchas. Las acusaciones contra los cristianos son firmes: sostienen los caciques que los blancos son ladrones, porque se apoderan de tierras que no les pertenecen.

Mariano Rosas formula serias objeciones. Mansilla debe responderlas de inmediato y entablar una discusión pública que en parte le sorprende, porque sus conversaciones previas le habían dado cierta esperanza. El gran cacique conoce las noticias de los diarios de Buenos Aires; tiene en su toldo los recortes referidos a las relaciones del gobierno con las tribus, entre ellos uno del diario “La Tribuna”, donde se ha publicado que el tratado de paz con los ranqueles esconde la intención de construir por tierras ranquelinas el ferrocarril hacia el Pacífico, circunstancia ésta que hace desconfiar a los caciques, que intuyen que detrás del ferrocarril continuará la ocupación de las tierras.

Ante el griterío de la junta, Mansilla debe extremar su habilidad diplomática para disipar la desconfianza de Mariano Rosas, aunque no lo logra totalmente. Trata de convencerlos de que si el ferrocarril pasa por sus tierras, los ranqueles no serán perjudicados, algo de lo que él mismo duda en su fuero íntimo. Mariano Rosas había golpeado muy fuerte su ánimo al decirle:

“…y si mañana pueden matarnos a todos, nos matarán. Nos han enseñado a usar ponchos finos, a tomar mate, a fumar, a comer azúcar, a beber vino, a usar bota fuerte. Pero no nos han enseñado ni a trabajar ni nos han hecho conocer su Dios. ¿Y entonces, hermano, qué servicios les debemos?”.

La queja o vaticinio de Mariano Rosas en sus conversaciones con Mansilla tienen la amargura de quien ha sufrido el avance de la civilización. Mansilla reconoce la fuerza y la verdad de la argumentación del cacique: “Por mi parte, hice acto de conciencia y callé…Hasta entonces había cumplido con mi deber, en mi humilde esfera, según lo entendía. Pero mi conducta personal no podía ni debía ser un argumento contra las humillantes objeciones del bárbaro. No me cansaré de repetirlo: No hay peor mal que la civilización sin clemencia…” según escribe tiempo más tarde en el capítulo dos del relato de la excursión.

Tras agotadoras horas de nada fáciles y muy largos parlamentos, Mansilla usa el argumento que le insinúa uno de sus lenguaraces, quien le aconseja que insista en remarcar todo lo que el gobierno de Buenos Aires va a entregar a los ranqueles si aceptaban el tratado, que enumere las mercaderías y los animales que recibirían. Finalmente el tratado de paz es aceptado por aclamación.

Algunas conclusiones

Más allá de las discusiones por el tratado de paz, Mansilla, sus hombres y los misioneros debieron convivir en las tolderías, asumir las costumbres, alimentarse como nativos, adaptarse a las convicciones de éstos, sin perder su propia identidad y el sentido y finalidad de su misión. Logra que los dos franciscanos que lo acompañan puedan celebrar misa y hacer importantes ceremonias de bautismos, que crean una relación profunda entre los compadres, el padre de sangre y el padrino de bautismo. Mansilla apadrina algunos niños, en particular, hijos de los caciques, en celebraciones que se preocupa revistan cierta relevancia, por el lugar y sus consecuencias políticas. Mansilla cree en la virtud de la religiosidad como uno de los factores profundos de lo que en su generación se llama la “civilización”.

Durante casi veinte días debió remontar una diferencia cultural que en mucho superaba la distancia de las sesenta leguas. Y hasta valoró muchas de las ideas de sus interlocutores. Sus preguntas del capítulo final tienen la resonancia de la experiencia adquirida: “¿Y qué han hecho éstos -los cristianos-, qué han hecho los gobiernos, qué ha hecho la civilización en bien de una raza desheredada, que roba, mata y destruye, forzada a ello por la dura ley de la necesidad? ¿Qué ha hecho?...”

El resultado de la excursión fue presentado a su jefe, el general Arredondo, en 13 puntos, que se resumen en los siguientes: la generalidad de los indios desean la paz; las dos tribus -de Rosas y Baigorrita- representan una población de 10.000 indios, con otros 1.400 de pelea y unos mil cautivos entre grandes y chicos; no son crueles, tienen algunos hábitos de trabajo; es necesario cortar el comercio con los indios chilenos, que influye en la repetición de los malones. Los indios tienen dos grandes pasiones: la embriaguez y la chafalonía; las condiciones para la entrega de raciones, entre otras.

Aparte de los objetivos religiosos de los franciscanos y la finalidad político-militar de Mansilla, la excursión dejó como fruto las observaciones que luego como escritor volcó en sus cartas y libro recogidas en los aduares, lagunas, rastrilladas en su ocasional convivencia con infieles, soldados y refugiados. Intervienen los lenguaraces, los refugiados del desierto, y en particular, las cautivas, que al decir de Mansilla constituyen “la página más conmovedora del desierto”.

El P. Donati concluye en su informe: “Yo de los Indios he quedado completamente esperanzado, tarde o temprano poder realizar las misiones. Por parte de los cristianos temo encontrar grandes obstáculos”, aunque también tiene sus dudas. Hizo por su cuenta dos viajes a las tolderías; uno en 1872 y el otro al año siguiente, teniendo por principal objetivo el rescate de cautivos.

El otro acompañante de la expedición, el P. Álvarez, volvió a tierra adentro como comisionado para negociar un nuevo tratado de paz (20.10.1872).

Tamaño esfuerzo de pacifista, misioneros y de los mismos ranqueles, duró poco tiempo. Nueve años más tarde, otra incursión -Campaña al Desierto-, totalmente opuesta en sus fines y métodos, echaría definitivamente por tierra todos estos ideales, sacrificios y esfuerzos.

Epílogo

Mariano Rosas murió el 18 de agosto de 1877, presuntamente de viruela, en Leuvucó, a los 52 años, en la plenitud de sus poderes, respetado por los suyos y apreciado por los cristianos: las ceremonias fúnebres fueron multitudinarias y casi interminables. Pero no pudo descansar tranquilo: en plena Campaña del Desierto, una expedición comandada por el coronel Eduardo Racedo encontró sus restos, entre otras tumbas indígenas. El cráneo del cacique, con otras piezas, fue enviado al Museo de Ciencias Naturales de La Plata, donde permaneció por largos años. Sus restos fueron restituidos por Ley del Congreso el 22 de junio de 2001 y son honrados en un enterratorio al borde de la ahora seca Laguna de Leuvucó.

El coronel Lucio Víctor Mansilla, como se sabe, debió dejar la Jefatura de Frontera de inmediato a su regreso de las tolderías; el 2 de mayo de 1870 dejaba Río Cuarto, vadeando el río a bordo de un coche de la mensajería que lo conduciría a Córdoba, para después continuar viaje a Buenos Aires. Era hijo de Lucio Norberto Mansilla y de Agustina Ortiz de Rozas, hermana menor de don Juan Manuel Rozas, por entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Sobrevivió muchos años a su interlocutor de las tolderías; falleció el 8 de octubre de 1913, en París, a los 82, ya general retirado.

Diría Mansilla, en una de sus cartas, acerca de los frutos personales de la marcha a los toldos: “Yo he aprendido más de mi tierra yendo a los indios ranqueles, que en diez años de despestañarme leyendo opúsculos, folletos, gacetillas, revistas y libros especiales”.

Privado de sus sueldos y con la carrera interrumpida, asumió la tarea de escribir un relato de su marcha hacia el desierto, en la forma de cartas para el diario La Tribuna, dirigidas a su amigo Santiago Arcos. Nacía así “Una excursión a los indios ranqueles”, uno de los libros más notables de la literatura argentina, destinado a mantener vigente a través del tiempo la singularidad de su hazaña, al ser traducido a diferentes idiomas.

Monumento en Río Cuarto

La otrora Villa de la Concepción del Río Cuarto honra la memoria del antiguo Jefe de la Frontera Sud y expedicionario al Desierto con el nombre de una calle céntrica, desde 1914, y un monumento cuya piedra basal fue bendecida el 18 de abril de 1970, por iniciativa de una Comisión de Homenaje al Coronel Lucio V. Mansilla, con motivo del centenario de la culminación de su excursión a los ranqueles. La estatua de 2,15 metros de altura, fue emplazada en 1972 en el cantero central de la Avenida Sabattini, vía de acceso y salida de la ciudad hacia el Sur; es obra del escultor local Héctor Otegui, plasmada en yeso con la inconfundible silueta, que C. Mayol “describe de pie, calado el quepis, melena recogida y holgada capa militar”, fundida en bronce estatuario “a la cera perdida” en los talleres de la empresa Sarubbi y Buchhass de la Capital Federal.

Por Inés Farías. Especial para Puntal

._____________

Fuentes: documentos del Archivo Histórico del Convento San Francisco Solano; “Río Cuarto y el Coronel Mansilla” e Historia de Río Cuarto, Tomo III de Víctor Barrionuevo Imposti; "Tras las huellas de Mansilla", de Carlos Mayor Laferrere, y la edición de “Una Excursión…”, de la Academia Argentina de Letras.

FUENTE: Puntal.com.ar