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Se cumplen 150 años de la excursión de Mansilla a los toldos ranqueles

En estos días, entre fines de marzo y mediados de abril, se cumplen ciento cincuenta años -siglo y medio, o sesquicentenario, como se le quiera llamar- de un suceso estrechamente ligado a la historia de la Villa de la Concepción del Río Cuarto, por entonces límite de la Frontera Sud, más allá de la cual se extendía el llamado “de-sierto” pampeano ocupado por las huestes ranqueles con epicentro en la toldería mayor, junto a la laguna de Leuvucó -o Leubucó como escribe Mansilla-, bajo el dominio del cacique Panguitruz Guor (Zorro Cazador de Pumas), más conocido por su nombre cristiano de Mariano Rosas, tal como firmaba y prefería ser llamado.

Acontecimiento que tiempo después trasciende desde la historia a la literatura, llevando los escenarios de nuestra pequeña Villa y de las tolderías de la pampa hacia diversos lugares del mundo cultural. Es que fuera ya del epicentro de estas acciones y alejado forzosamente de la Jefatura de la Comandancia, el coronel Mansilla publica poco después una serie de cartas en el diario “La Tribuna” de Buenos Aires, las que luego completa en un libro que titula “Una excursión a los indios ranqueles” y que le ha valido a lo largo del tiempo una alta consideración por sus descripciones, relatos y anécdotas de la excursión, así como los episodios, algunos no tan pacíficos, que comparte en los toldos; también, y sobre todo a partir del libro -por el que recibe el primer premio en el Congreso Geográfico Internacional de París, en 1895- es señalado como el autor de una obra literaria que se ha replicado en el mundo de las letras en diversos idiomas y llevado el nombre de personas, parajes y lugares de nuestra región al interés de los estudiosos.

Historia y literatura se combinan. La excursión es la mayor expresión de un atrevido viaje a través de la inmensidad de la pampa, hacia un mundo desconocido, lejano y hasta hostil. Las narraciones son pródigas para el conocimiento de la historia y la geografía del Sur de Córdoba y parte N.O. de La Pampa y de San Luis; de su toponimia, de la idiosincrasia del ranquel, sus hábitos y costumbres, en medio de un sinnúmero de personajes venidos a esconderse detrás de la frontera, o ser llevados a la fuerza, como centenares de mujeres y niñas cautivas.

En primer lugar, nos referiremos a los antecedentes y situación de la Villa de la Concepción como escenario previo a la expedición hacia tierra adentro.

En próxima nota nos ocuparemos de la excursión que emprende el coronel Lucio Victorio Mansilla, comandante de la Frontera del Sur el 30 de marzo de 1870 hacia las tolderías, para regresar casi veinte días después, el 18 de abril -siempre desde y hacia Villa Mercedes, asiento de la Comandancia del jefe general de las Fronteras del Sur de Córdoba, San Luis y Mendoza, aunque con punto de inicio y retorno final a la sede la Comandancia de la Villa del Río Cuarto.

Ambiente y circunstancias

Apenas una cuadra separaba la casona de la Comandancia de Frontera donde residía Mansilla del convento franciscano, y las preocupaciones por la siempre conflictiva y tensa situación en torno a la frontera les reunía en más de una tertulia, cuando no en correrías que avanzaban hacia el sur, desplegando uno su estrategia militar y sus cualidades evangélicas los otros. De esta relación del coronel Mansilla y los franciscanos del Río Cuarto dan cuenta numerosas cartas que cruzan el desierto pampeano, ya fuere las del P. Donati al gobierno nacional -en particular al ministro de Culto, Nicolás Avellaneda- y al cacique Mariano Rosas, entre abril de 1868 a enero de 1869, antes de la llegada de Mansilla- como en sendos relatos que describen las circunstancias que desembocan en la excursión.

En estos escritos -Relación o Informe- que escriben los padres Fr. Marcos Donati y Fr. Moisés Alvarez se narran los preparativos, la travesía y los acontecimientos que se suceden en torno a la incursión a las tolderías, en parte coincidentes, en partes no.

En poco más de una década que precede a la excursión a los indios ranqueles cabe ubicar la instalación de los misioneros de la Orden de San Francisco (1856) y los numerosos conflictos y tensiones que se suceden en la frontera, entre la autoridad civil y militar y los caciques ranqueles. Interesa destacar asimismo las preocupaciones de los franciscanos referidas a las negociaciones por la paz y el rescate de cautivos, que habrían de coincidir, en parte, con las del coronel Mansilla y que les motivan a emprender las acciones conjuntas que los llevan tierra adentro.

Integrados los relatos de los dos misioneros con el de Mansilla, se entrecruzan y permiten a la vez que afirmar la verosimilitud histórica del suceso, aportar tanto contraposiciones como coincidencias desde el punto de vista militar, misionero y de los ranqueles.

Piden misioneros

A mediados del siglo XIX suceden importantes cambios en la historia de nuestro país que se reflejan en la Villa de la Concepción del Río Cuarto y en la situación en torno a la frontera. Por esta época se produce la fundación del convento de los misioneros franciscanos, autorizada por decreto del gobernador de Córdoba, doctor Alejo Carmen Guzmán (30.4.1855). Entre los frailes fundadores se encuentran los que luego serán los primeros prefectos de Misiones, los PP. Donati y Alvarez, no sólo compañeros de Mansilla en su viaje a las tolderías, sino también como actores principales en otros escenarios pampeanos.

La Villa de la Concepción del Río Cuarto, fundada por el marqués de Sobre Monte (1786) a la sazón gobernador de Córdoba, apenas había cumplido 70 años y contaba no más de 3.000 habitantes. Situada en el límite de la línea de frontera, tenía hacia el Sur un extenso territorio cargado de amenazas y tensiones que hacían muy difícil la vida para sus pobladores.

Los cambios producidos a partir de 1853 -batalla de Caseros, caída de Juan Manuel de Rosas y, en Córdoba, del gobernador Manuel “Quebracho” López -a quien le sucede el doctor Alejo Carmen Guzmán-, repercuten en torno a la frontera. Instalado en Río Cuarto el nuevo gobernador (abril a agosto de 1853) por invitación del comandante de la Frontera, coronel Juan Bautista Ferreira, promueve una política amistosa y defensiva hacia los indios ranqueles, y a la vez anhela ampliar los dominios de la provincia hacia el Sur.

Es entonces que un grupo de vecinos notables presenta un petitorio (2.8.1853) al gobernador: solicitan la fundación de un Colegio Misionero de Propaganda Fide de la Orden Franciscana, pedido que calza justo a la medida de los propósitos del Dr. Guzmán, entre cuyos planes estaban los de pacificar la frontera y atemperar el sufrimiento de los pobladores ante los frecuentes malones.

El petitorio fue aceptado al tener en cuenta “la importancia de la Villa de la Concepción del Río Cuarto, tan ventajosamente colocada para seguridad de la Provincia en su frontera del Sud, llamada a ser un centro de actividad comercial, situada en la carrera de Buenos Aires hasta Chile y el inmediato contacto con las provincias de Cuyo, especialmente San Luis y Mendoza”.

El trámite de aprobación siguió su curso en la Legislatura provincial y tras un largo itinerario que los trajo desde Génova a Montevideo, los primeros misioneros franciscanos pasan por el Convento de San Lorenzo y llegan a la Villa del Río Cuarto el 13 de noviembre de 1856. De este modo entran en acción, tiempo después, los padres Fray Marcos Donati y Fray Moisés Álvarez, como partícipes no sólo de la excursión tierra adentro sino también de muchas otras preocupaciones de la Villa.

Tensiones en la frontera

Por ese mismo año de 1856, el gobierno nacional promovió la ocupación del río Quinto mediante la construcción de sendos cantones en Las Pulgas y El Lechuzo, dando lugar a la fundación del Fuerte Constitucional (1856), hoy ciudad de Villa Mercedes, en San Luis, y del Fuerte Tres de Febrero (1857), sobre el río Quinto.

Ya por entonces se habían realizado algunas incursiones hasta las tolderías en comisiones de paz, en tanto la frontera había quedado desguarnecida a raíz de las luchas civiles que alcanzaron su mayor virulencia a partir de 1860; las poblaciones y fortines quedaron a merced de las sediciones y montoneras tanto como de los ataques ranquelinos, según un crítico cuadro que describe Barrionuevo Imposti, al tiempo que los malones ponían a dura prueba la seguridad de la frontera del sur de Córdoba: entre 1863 y 1864 se produjeron grandes invasiones; en la primera (29.3.63), 400 indios de lanza sitiaron a la Villa del Río Cuarto, sembrando el terror y la muerte; en la del 7 de julio, 600 indios del cacique Mariano Rosas asaltaron la posta de Achiras, y en la del año siguiente (8.12.64), unos 500 indios de pelea traspusieron el río Cuarto por el Paso del Durazno, arriando unas 6.000 cabezas de ganado, conducidas por indios de Calfucurá. En 1866 se registraron once grandes invasiones en el sur de la provincia. Una de las más trágicas que sufrió la Villa de la Concepción fue la del 22 de noviembre de 1866; unas 800 lanzas tomaron por asalto la Villa, arrearon unas 8.000 cabezas de ganado, se llevaron 79 cautivas, saquearon una tropa de carretas y 34 quintas, dejando el terreno sembrado de muertos y heridos; otro malón (2.4.1868) de magnitud nunca vista, de unos 2.000 indios, penetró por el Paso de los Indios hasta Tegua y Santa Bárbara, llevándose como a 200 cautivas y cuanto encontraron a su paso.

A todo esto se sumaban frecuentes sublevaciones entre las tropas y una marcada indisciplina militar, mientras los jefes de frontera hacían lo indecible por contener tanto los ataques de los ranqueles como el caos interno. Hacia fines de 1867, los jefes de Frontera, el coronel Francisco de Elías, y después su sucesor, Plácido López, intentaron concertar tratados de paz, sin poder llegar a un acuerdo. Por el contrario, las hostilidades se mantuvieron a la orden del día.

Coincidencia de planes

Llega así el tiempo en que los propósitos del pedido de los vecinos, del gobernador y del gobierno nacional se encuentran con los de los misioneros.

El 18 de enero de 1869 hace su entrada en la Villa del Río Cuarto al frente del Batallón 12 de Infantería de Línea el teniente coronel Lucio Victorio Mansilla, designado (28.12.1868) nuevo jefe de la Frontera Sud de Córdoba. Fue recibido por un vecindario alborozado, con grandes honores en la plaza y un anhelo general que se extendía por todos los pueblos fronterizos: que impusiera seguridad en la frontera.

Todos quisieron agasajarlo. Y según narran las crónicas, también los franciscanos lo invitaron a compartir su mesa. Desde ese momento serían sus confidentes, cooperando con las gestiones que se acumulaban en su despacho, o amparados en la tranquilidad del claustro, compartiendo lecturas o discusiones sobre los problemas del momento o, también, cabalgando lado a lado por esas interminables extensiones del desierto.

El coronel Mansilla tenía instrucciones del general José María Arredondo, jefe general de la frontera del sur de Córdoba, San Luis y Mendoza, que coincidían con las necesidades del cuadro de situación antes descripto, y que se resumían en dos claros objetivos: 1) reorganizar las guarniciones y restablecer la disciplina y 2), llevar la línea de frontera hasta el río Quinto, tal como había dispuesto el gobierno del presidente Sarmiento y su ministro de Guerra Martín de Gainza, lo cual exigía un previo reconocimiento de su curso y campos circundantes. Mansilla decide hacer inspecciones parciales de este territorio hasta alcanzar el objetivo final. El traslado de la frontera al río Quinto constituía, pues, el paso inicial y legal de un ambicioso plan de políticas de Estado. Estas incursiones hacia puntos estratégicos que desde las guarniciones del río Cuarto avanzaron hasta el río Quinto procuraban objetivos de notable valor estratégico, pues “los indios ya no tendrían la misma facilidad de antes para saquear al estar ocupados los pasos que habitualmente transitaban para invadir”, al decir de Mansilla.

Es de destacar, por otra parte, el papel que el jefe de Frontera asigna desde el comienzo de su gestión, en calidad de capellán, al padre Marcos Donati, sabiendo -aunque en sus cartas parece olvidarlo- que el franciscano acababa de regresar de Buenos Aires y que el ministro Nicolás Avellaneda le había ofrecido la protección del gobierno para desarrollar su labor evangélica entre los indios. Dos graves problemas desvelaban por entonces al P. Donati en sus planes de ir tierra adentro: la conversión de los indios y el rescate de cautivas.

Hora de ir a los toldos

El momento que planeaba el coronel Mansilla para ir en forma pacífica al interior del dominio de los ranqueles estaba próximo.

“Hacía mucho tiempo que yo rumiaba el pensamiento de ir a Tierra Adentro. El trato con los indios que iban y venían al Río Cuarto, con motivo de las negociaciones de paz entabladas, había despertado en mí una indecible curiosidad”, escribe al iniciar el capítulo segundo de sus relatos; y al comienzo del tercer capítulo: “Sólo el franciscano Fray Marcos Donati, mi amigo íntimo, conocía mi secreto”. Se lo había comunicado yendo con él del fuerte Sarmiento al de Tres de Febrero. Mansilla explica en sus cartas que además de esa natural curiosidad y ansias de aventura por la atracción que significaba pisar la tierra de Leuvucó, deseaba aclarar a los caciques algunos aspectos del tratado de paz aún no ratificado por el Congreso, observar los hábitos de vida de los ranqueles e inspeccionar el terreno por donde tal vez tuviera que expedicionar con sus tropas.

Lo que pudo ser uno de los mayores logros militares para el coronel Mansilla, como el de ir y volver de los dominios ranqueles sanos y salvos, con un Tratado de Paz por defender ante el gobierno nacional y obtener un sinnúmero de información acerca de la vida, hábitos y propósitos ranquelinos, el mismo quedó opacado no bien llegó a la Comandancia de Villa Mercedes y fuera notificado de un juicio por el que debía regresar sin pérdida de tiempo a Buenos Aires. Si bien sufrió la pérdida de la jefatura de la Comandancia, Mansilla hizo perdurar a través de sus cartas y posterior libro los pormenores de esta excursión con un gran éxito literario, sin contar sus aportes a los estudios antes dichos de historia, geografía, toponimia, cartografía, siendo muy valiosos los “croquis topográficos de la antigua y nueva línea de la frontera Sud y Sud Este de Córdoba y Sud de Santa Fe”, resultado de sus observaciones, y sobre todo, de haberse adentrado y convivido en el mundo poco y mal conocido hasta entonces, del pueblo ranquel.

Mañana, en su edición dominical, Puntal publicará la segunda parte de esta crónica.

Por Inés Farías. Especial para Puntal

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Fuentes: documentos del Archivo Histórico del Convento San Francisco Solano; “Río Cuarto y el Coronel Mansilla” e Historia de Río Cuarto, Tomo III de Víctor Barrionuevo Imposti; "Tras las huellas de Mansilla", de Carlos Mayor Laferrere, y la edición de “Una Excursión…”, de la Academia Argentina de Letras.

FUENTE: Puntal.com.ar