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A 90 años de la demolición del Mercado Progreso, edificio que marcó una época

La destrucción empezó en el año 1930, con el objetivo de levantar en el lugar el actual Palacio Municipal. Fue una decisión que no generó grandes polémicas. Omar Isaguirre, del Archivo Histórico, repasó su historia.

Aunque casi la totalidad de los que hoy viven en Río Cuarto no llegaron a conocerlo, el edificio del Mercado Progreso, que durante más de 40 años estuvo situado en el lugar que actualmente ocupa el Palacio Municipal, marcó un antes y un después en la ciudad. Por eso, a 90 años del inicio de su demolición, vale la pena repasar su historia.

Omar Isaguirre, coordinador del Archivo Histórico Municipal, recordó los aspectos centrales de la desaparecida obra y destacó la importancia que tuvo para la ciudad sobre finales del siglo XIX y principios del XX.

-Hace 90 años arrancó la demolición del edificio del Mercado Progreso. ¿Por qué se definió esa medida?

-En efecto, han pasado 90 años. La idea de modernización administrativa que había perfilado el intendente don Vicente Mojica cuatro años antes, y ya planificada en 1928, comenzó a concretarse a partir de la obtención de fondos necesarios, empréstito bancario mediante. De allí que en 1930 comenzara la demolición de la sede del Mercado Progreso -inaugurado durante la gestión del intendente Moysés Irusta- cuyo óptimo sitio fue el lugar elegido para levantar la nueva casa municipal. Proyecto edilicio que muy pocos conocían y que sorprendió por su magnitud a los transeúntes a medida que el Palacio Municipal se iba corporizando hasta ser habilitado en 1932.

-¿Cuántos años tenía el edificio al momento de ser demolido?

-No llegaba al medio siglo, tomando en cuenta que su construcción data de 1883 cuando se inició, con la típica arquitectura de los mercados públicos de entonces. El 25 de octubre de 1884 se firmó un contrato de explotación del Mercado con don Juan Laforgue, su constructor. Todo un alarde de progreso y organización. En el caso de Río Cuarto, contemplaba cuatro accesos gemelos en sendas esquinas de la manzana -San Martín (hoy 25 de Mayo) al norte, Belgrano al sur, General Paz al oeste, y Córdoba (después Hipólito Yrigoyen) al este- que confluían en un gran patio central para movimiento de carga y descarga de mercaderías, cercado por cuatro galerías de planta baja que albergaban a los locales comerciales atendidos por particulares concesionarios con vista a las calles demarcadas. Por la calle Belgrano corrían las vías del “tramway” (1885) desde la estación del Ferrocarril Andino hacia la plaza central. En tanto, vivían en ese tiempo unos ocho mil habitantes, cruzados entre criollos, indios e inmigrantes varios.

-El diario Justicia, en 1930, hablaba de un edificio viejo y destartalado, y festejaba el avance de la piqueta municipal. ¿Estaba tan mal la construcción?

-Claro, diario Justicia practicaba el sensacionalismo. Es probable que el estado de la construcción no fuera la mejor hacia 1930, tal problema que se corregía con inversión y pintura. Pero, a mi ver, las causas fueron otras: 1) un lugar inmejorable (lo sigue siendo) para levantar un palacio monumental; 2) había detrás un gran proyecto de edificios públicos que además contemplaba tres nuevos mercados; y 3) había reales inconvenientes propios de la desidia y el descuido, tanto de particulares como del propio Municipio: la falta de higiene, con más consabidos olores, bosta, podredumbres, moscas, ratas, el tráfico de carros con tracción a sangre por el centro, y el imaginable bullicio. Los veranos se hacían insoportables. La verdad, el viejo mercado se dejó de extrañar al poco tiempo, salvo por aquellos nostalgiosos ocupantes de antaño. Por entonces, el sentimiento “por lo moderno” pesaba demasiado, y todo pasaba por la piqueta sin remedio.

-¿Qué importancia tuvo el edificio para Río Cuarto?

-La de un antes y un después, propios del crecimiento sin límites. En realidad, lo importante fue el Mercado Progreso en sí. Por supuesto, el hecho de que tuviera semejante edificio propio fue un rasgo distintivo que jerarquizó a la ciudad y a la actividad fruti-hortícola y cárnica, regulando la producción concentrada, la comercialización y los precios. Formó parte del pulso e impulso del mercadeo genuino en la creciente localidad: las quintas de Banda Norte y el oeste urbano que abastecían de hortalizas y tubérculos, frutas de estación; la carne de vaca proveniente del matadero público y algunos abastecedores de las afueras; más las gallinas, corderos, cerdos, huevos y hasta perdices y pescados de río. La actividad permanente de los carros transportando esos frutos, los distintos puestos, algunos vendedores ambulantes en las adyacencias, más la clientela múltiple, hacían a un movimiento extraordinario todos los días del año, excepto el domingo. Incluso, se establecieron fondas y bares muy peculiares, para comer, beber y también para escuchar música, cantar y juntarse para algún juego de azar por las noches. Es de imaginar un folclore muy particular, con ciegos guitarreros y violinistas, hombres entrados en copas, gente mendigando e imaginables escaramuzas y encontronazos que terminaban en la central de Policía, allí nomás a la vuelta de la esquina. Desde esas tradiciones, colorido y estampas, el Mercado Progreso fue único e incomparable.

-¿Qué lugar ocupó lo que funcionaba en el edificio del Mercado Progreso?

-Allí estuvo, asimismo, la visión extraordinaria de don Vicente. Se levantaron tres mercados nuevos para reemplazar al Progreso, recuperando la titularidad de la administración. Por eso, quizá, no hubo polémicas por su final, sí melancolía pero no confrontación. El espacioso Mercado Central (hoy espacio del Viejo Mercado), con puesteros concesionados y una moderna cámara frigorífica que fue todo un avance para la economía, preservación e higiene de las carnes especialmente. Sumadas las otras dos construcciones barriales en igual sentido: el Mercado Este y el Mercado Oeste, como una manera de acercar los productos frescos a las familias, considerando que el almacén era el único negocio más común de las afueras. Duraron los mercados cuatro décadas y media, es decir, hasta cuando se generalizaron otras formas comerciales en los barrios: carnicerías, verdulerías, autoservicios, mercaditos y demás.