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Mientras Fernández se reunió con Mujica, planea el viaje para visitar a López Obrador y organiza una cumbre en Buenos Aires para convocar a líderes progresistas, llegó la comunicación con  Trump, que ofreció respaldo ante el FMI y un encuentro. Por Gonzalo Dal Bianco
Mientras el electo presidente de la Nación, Alberto Fernández, comenzaba a mostrar y a construir un acercamiento con líderes regionales más afines a la Unasur que al Grupo de Lima, primero a través de afectuosos saludos vía las redes sociales que maneja de manera fluida y luego con encuentros cara a cara, como el de ayer con el expresidente uruguayo José Mujica, una señal inesperada llegó de repente desde el país del norte y el emisor fue ni más ni menos que el líder norteamericano Donald Trump.

¿Se puede analizar una cosa aislada de la otra? ¿Fueron mera casualidad el saludo, la felicitación, el reconocimiento y el anuncio de Trump de que pedirá al FMI que acompañe a la Argentina? Seguramente que no. Latinoamérica está demasiado convulsionada y uno de los predilectos del hemisferio norte como es Chile tiene una crisis que nació con una medida que parecía intrascendente, como un ajuste en boletos de transporte, y terminó con una revuelta que aún se desconoce su final, en tiempo y forma. Y la peor noticia para el presidente Sebastián Piñera es que se trata de una reacción que sigue siendo inorgánica, con cabezas difíciles de reconocer en medio de las masivas movilizaciones. Carece de un interlocutor válido. El presidente trasandino no tiene con quién negociar y ese es el peor de los mundos para un gobierno que cumplió dos semanas de masivas marchas con un saldo de una veintena de muertos. Se suman por diferentes motivos lo de Ecuador, Bolivia y Venezuela, de mayor interés para Estados Unidos. Pero no habría que pasar por alto Brasil, en donde tiene un aliado tan incondicional como inestable e impredescible que esta semana lo dejó en claro: Jair Bolsonaro fustigó duro no sólo al electo presidente argentino, sino al pueblo todo de nuestro país al considerarlo poco más que idiota por su decisión en las urnas. No fue una excepción y una confusión del momento, porque reiteró las ofensas a repetición a lo largo de la semana, en las que hasta el hijo del presidente brasileño se sumó, como una cuestión genética.

Los dardos no encontraron eco de este lado, ni aun cuando Bolsonaro anunció que no estaría presente en la asunción de Fernández. Será el primer mandatario de ese país que no participe del acto protocolar en Argentina desde el regreso de la democracia. Por el contrario, desde la Cancillería se respondió con toda la diplomacia posible de la mano de Jorge Faurie.

La tensión entre Argentina y Brasil no es una buena noticia. Más allá de la comunión de los dos pueblos y su eterna rivalidad futbolística por el dominio del continente, hay un fuerte lazo comercial entre ambos que es vital, especialmente para nuestro país. Brasil es el principal socio comercial de Argentina y en un momento de extrema debilidad económica esa relación es aún más importante de lo que lo fue históricamente. La dependencia del conglomerado automotor de Córdoba, por ejemplo, es determinante y miles de puestos de trabajo dependen de ese vínculo.

En el último informe oficial publicado sobre exportaciones Brasil muestra un intercambio de casi 1.700 millones de dólares en septiembre, distribuido en partes iguales entre importaciones y exportaciones. Durante ese mes cayó al segundo lugar en volumen comercial con Argentina, levemente debajo de China. Desde ese punto de vista, la inestabilidad en Chile tampoco es una buena noticia porque fue en septiembre el sexto destino de nuestras exportaciones.

Lo cierto es que la realidad regional y el afectuoso saludo y el deseo de pronta reunión que envió Trump a Fernández deberían interpretarse en línea. Tal vez los gestos del electo presidente fueron premeditadamente en ese sentido, esperando esa respuesta desde el norte. Es que, más allá de la simpatía que tenga -o no- con el particular presidente norteamericano, Fernández va a necesitar la mejor predisposición de Trump para tener un comienzo de gobierno menos traumático, dado el complejo escenario en el que deberá tomar el control del país.

No hay demasiado margen para emprender cruzadas épicas y será imperioso el reinado del pragmatismo, siempre teniendo en cuenta que las consecuencias de un posible agravamiento de la situación se medirán en incrementos de los elevados niveles de pobreza e indigencia. Cualquier plan que pueda poner en marcha el presidente electo a partir del 10 de diciembre para despejar el horizonte de la deuda va a requerir apoyo externo y tener una aceptable sintonía con quien maneja políticamente el FMI. Ese sería un buen punto de partida.

El tema de la deuda, con el FMI y con los bonistas, tendrá que encontrar una salida urgente y será más determinante ganar más tiempo que quitas. En el mientras tanto, la economía debería empezar a dar señales de que puede comenzar a marchar. Sin reactivación, todo será mucho más difícil. Y, en ese plano, las exportaciones van a cobrar protagonismo para aportar la cuota de dólares que requiere el país. Por eso pensar en un escenario en el que regresen las tensiones con la agroindustria resulta poco probable. La necesidad y el estrecho margen parecen señalar un contexto de mayor acercamiento, aun con el campo, o aun con Trump.



Gonzalo Dal Bianco.  Redacción Puntal

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