El senador cordobés, cada vez más lejos del gabinete de Alberto. Cómo impacta en la política cordobesa. El schiarettismo dice que está dispuesto a recibirlo con los brazos abiertos. Por Marcos Jure
“Hay un juego permanente para hacernos pelear. Piensan que un día voy a decir que soy el macho y Cristina no existe. Cristina existe. Fue presidenta por ocho años, es mi amiga, la valoro y voy a seguir hablando y escuchándola siempre. Y después decidiré yo y ella me va a acompañar”. Con esa frase, Alberto Fernández se quejó de una semana cargada de versiones que lo pintaban a él proponiendo ministros y a ella vetándolos. Es una imagen que, por supuesto, afecta su autoridad porque lo instala no en la cima de la pirámide del poder sino en un escalón más abajo.

Durante la campaña, Alberto se pasó desmintiendo un concepto con el que machacaba el macrismo desde el momento en que se conoció su candidatura: que sería un actor secundario porque el poder real estaría en manos de Cristina. Y ahora que se está definiendo el gabinete, se ve obligado a responder siempre sobre lo mismo cada vez que lo entrevistan: si es verdad que Cristina hace y deshace, que sube y baja funcionarios a su antojo.

El solo hecho de tener que contestar a esos interrogantes implica un menoscabo en un sistema presidencialista y verticalista como el argentino. Y establece la duda de si será capaz de lidiar con una doble limitación problemática: el ámbito interno y la crisis económica. Cualquiera sea la mecánica fáctica de funcionamiento en el tándem Alberto-Cristina, la semana que pasó no contribuyó precisamente a reforzar la impresión de autoridad del presidente que asumirá el 10 de diciembre. Si se trata de un capítulo en la pelea con medios hegemónicos, no es arriesgado decir que lo perdió. 

Pero más allá de las intencionalidades y de los juegos mediáticos, quienes han visto de cerca en los últimos días la cocina del poder del Frente de Todos coinciden en que Cristina tiene un alto poder de veto. O que dispone de tal manera el escenario que no les deja demasiado margen a quienes desea ver afuera del gabinete. Por ejemplo, acepta un nombre para un ministerio pero impone a la gran mayoría de quienes están en las segundas líneas y, por lo tanto, deja al elegido sin margen de maniobra y sin posibilidad de aceptar.

Hay un caso sintomático que tiene como protagonista a un cordobés y que impacta en la conformación del mapa provincial. Se trata de Carlos Caserio, el senador que primero fue desaprobado para seguir en la Cámara Alta y que después también sufrió un traspié, a la luz de todo el mundo, en su salto al Ejecutivo.

No está de más recordar la secuencia. Después de que el cordobés anunció que habría dos bloques en el Senado, uno cristinista y otro albertista, la expresidenta le habría pedido a Alberto que lo sacara del Legislativo para unificar la bancada. El presidente electo se reunió con Caserio y lo tentó con un cargo clave: ministro de Transporte. Cuando todo parecía encaminado, fue el propio Alberto quien lo bajó de un tuitazo y puso en duda el nombramiento. 

Por estas horas, a Caserio lo dan más afuera que adentro del gabinete nacional, después de que se reuniera con Cristina, quien le habría pedido que se quede en la Cámara Alta para encabezar la estratégica comisión de Presupuesto y Hacienda y para contener a los senadores que responden a los mandatos de los gobernadores peronistas. 

El Ministerio de Transporte ya estaría en el pasado. Las versiones sobre las razones de una gestión sin principio y sin final se multiplican. Cerca de Caserio manifiestan que no lo veían demasiado convencido, que estaba sometido a una fuerte presión de su familia que no quería verlo en un cargo tan expuesto y que le recordaba que dos de los últimos tres ministros de esa área terminaron presos. Otros aseguran que el manoseo público de Caserio es una reacción esperable y natural de Cristina, que lo tendría atragantado desde una reunión en la que, junto con otros dos senadores, el cordobés le habría expuesto que el futuro de sus fueros, y de su libertad, estaba en sus manos. 

Por último, el propio exministro de José Manuel de la Sota habría argumentado que le habían ofrecido un ministerio vacío, en el que los subsidios y el organigrama quedaban en manos del cristinismo. “No le dejaban subsidios para Córdoba. ¿Con qué cara iba a venir después a la provincia?”, explicó un legislador nacional.

Lo cierto es que Caserio estaba armando una estructura política albertista en Córdoba, en contraposición al peronismo oficial, el schiarettista. Si sigue como senador, ¿podrá sostener su construcción? Las respuestas desde el Congreso son notoriamente más limitadas que desde el Ejecutivo y, por lo tanto, también lo es la capacidad de seducción y captación de dirigentes.

Por lo pronto, el schiarettismo le habría propinado la primera baja a Caserio. Federico Alesandri, intendente de Embalse y una figura importante en el esquema del senador en Córdoba, tendría un lugar en el gabinete de Schiaretti.

Cerca de Caserio aseguran que nada cambia después de las idas y vueltas del senador, que sigue manteniendo su proyecto político en Córdoba, de la mano de un grupo de 11 legisladores en la Unicameral y algunos dirigentes e intendentes, y se esperanzan con que pueda ubicar a algunos de sus hombres en puestos de cierta trascendencia en el equipo de Alberto para poder responder desde allí a las demandas de los intendentes cordobeses, por ejemplo. De lo contrario, se le hará trabajoso.

En el schiarettismo la lectura es diametralmente opuesta. Dicen que el derrotero de Caserio fue un papelón, que lo deja mal parado porque le quita credibilidad como interlocutor. “¿Quién va a creer que le van a cumplir de ahora en más si no lo hicieron desde el principio?”, razonan. 

Pero, aseguran, que lo recibirían con los brazos abiertos si quisiera volver. Primero, porque implicaría recuperar una banca en el Senado. Y, segundo, porque reordenaría el frente interno en Córdoba y permitiría unificar un bloque de 51 miembros en la Legislatura y manejarse allí con una holgura numérica y política inédita.

Schiaretti está tratando de contener a la mayor cantidad posible de dirigentes para evitar, precisamente, el riesgo de que su preeminencia dentro del peronismo cordobés se vea menguada.

Está hilvanando su futuro gabinete. Los puestos clave están definidos. Y, en lo que respecta a Adriana Nazario, la única riocuartense con chances de ser ministra, el propio gobernador se reunió con ella, que ya había rechazado dos ofrecimientos, e intentó tentarla con el Ministerio de Agricultura. La empresaria respondió que no, pero no es un caso cerrado.

Cada paso político se diseña pensando en el escenario que vendrá. Schiaretti mira con preocupación hacia Buenos Aires; ofrece un pacto de conveniencia mutua con Alberto pero no sabe si pasará por el filtro de Cristina. 

La incertidumbre sobre cómo será la dinámica del poder nacional desde el 10 de diciembre es lógica para un proceso como el que encaró el Frente de Todos. El centro de gravitación estará, al menos en los primeros tiempos, en Cristina, que no sólo lidera el espacio sino que ocupa un lugar fundamental en la estructura. También es presumible que Alberto Fernández aspire a que haya una traslación de esa predominancia hacia su figura, como ocurrió durante el gobierno de Néstor Kirchner con respecto al padrinazgo de Eduardo Duhalde. Sólo hay que esperar el cómo y el cuándo.

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