Con el resultado nacional casi puesto, la mirada se posa en la elección municipal de 2020. La UCR hizo su interna pero carga con su crisis. La amenaza de un candidato peronista por fuera. Por Marcos Jure
La especulación por lo que vendrá es un componente esencial de la política. Con las dudas por el resultado del 27 de octubre casi despejadas, la mirada electoral en Río  Cuarto ya empezó a posarse sobre la próxima fecha del calendario: la que definirá quién será el intendente desde 2020 hasta 2024.

Juan Manuel Llamosas no parece tener demasiados motivos para inquietarse. No sólo porque conserva altos índices de imagen personal sino porque el panorama en la oposición no invita, por ahora, a la alarma. Sin embargo, los riesgos no son siempre externos.

El radicalismo, que viene de tener su interna en la ciudad la semana pasada, carga con tres lastres que lo disminuyen como adversario electoral. Por un lado, no es ajeno a la crisis nacional ni a la debacle latente de un armado político que, ante la derrota prefigurada, es una incógnita. Además, viene de protagonizar una derrota catastrófica en la provincia, por 40 puntos, ante el schiarettismo. Y él mismo, como actor político en sí, carece hoy de candidatos con fuerte posicionamiento en la sociedad y que signifiquen una amenaza como lo era, por ejemplo, Benigno Rins durante el gobierno de Alberto Cantero.

Gabriel Abrile, que se impuso el domingo con el 56% de los votos, es una potencialidad. Pero todavía le queda el desafío de instalarse y convertirse en un candidato de cuidado. 

Los 8.000 votos de la interna, que se repartieron en su mayoría el ganador y Gonzalo Luján (35 por ciento) y que en otra época hubieran sido una miseria en términos de participación, implicaron un número aceptable y hasta digno en un contexto como el actual.

Pero el interrogante que dejó la elección radical no es de orden numérico sino eminentemente político. ¿Fue una interna armada para ganar o que contempló la posibilidad cierta de una derrota? 

En los papeles era una elección abierta pero la tipología de campaña casi negó esa cualidad. No fue un proceso que se pensara hacia afuera, que tratara de hacer llegar a la mayor cantidad posible de gente las propuestas para la ciudad, sino más que nada una contraposición de nombres y posicionamientos hacia adentro. 

El aparato partidario estuvo principalmente con Abrile y destinó sus esfuerzos más tenaces a ubicar a sus referentes en los principales lugares de la lista; cuanto más arriba, mejor, como para exorcizar el riesgo de quedar afuera ante una derrota.

¿Está hoy Abrile más instalado que hace 10 días? ¿La interna fue una instancia que lo impulsó? Difícilmente. La elección sí tuvo la virtud de integrar los espacios y evitar la dispersión del radicalismo pero no mucho más.

Consciente de que su peso específico como candidato aún es una posibilidad, Abrile hizo hincapié en que tanto su postulación como la de Luján significan una renovación que la UCR tenía pendiente. 

Contra esa condición actuó Pablo Carrizo, exconcejal y principal referente de Respeto, un partido que irrumpió como una sorpresa en 2016 y que hoy ha consolidado su electorado. 

En las redes sociales, Carrizo acusó al sector de Abrile de repartir bolsones con alimentos el domingo y de hacerle creer a la gente que se estaba eligiendo intendente. “Muy inmoral, radicales, aprovecharse del desconocimiento y la necesidad. Triste metodología. Ni un concejal merecen”, escribió el enfermero. 

Carrizo tal vez haya lanzado ese mensaje desde la bronca pero también desde la estrategia política. Apunta a disputarle al radicalismo esa bandera de renovación y su puesto de adversario central del oficialismo. Siente que, con la UCR golpeada, puede introducir una cuña en el bipartidismo.

Desde el Palacio de Mójica alimentan esa lectura. Mencionan encuestas en las que Carrizo está a la par del candidato radical. E interpretan, por supuesto, que ese sostenimiento de Respeto es funcional a las posibilidades de reelección de Llamosas.

Sin embargo, hay quienes dan el alerta en el peronismo. “Siempre es preferible que alguien como Carrizo quede tercero. ¿Te imaginás lo que sería como segunda fuerza? Escapa de los códigos de la política y es impredecible”, razonan.

En el oficialismo, a pesar de que el panorama aparece por ahora favorable al intendente, tampoco hay calma. Con el nombramiento de Marcelo Bressan como secretario de Políticas Sociales, Llamosas reforzó su alianza con el schiarettismo, al que se ha atado como doble tabla de salvación: política y financiera. 

Las cuentas son un motivo constante de preocupación. En el Ejecutivo consideran que la deuda en dólares, con una cotización a 60 pesos, se tornó impagable, aunque nadie lo expresa en público. Curiosamente, quien casi blanqueó esa imposibilidad de pago fue Osvaldo Giordano, ministro de Finanzas de Schiaretti, que en su visita a la ciudad no le hizo ningún favor a Llamosas al poner en un mismo escalón la meteórica deuda de la Municipalidad de Córdoba, siempre al borde de la quiebra, con la riocuartense. “Nos preocupan los dos municipios”, dijo el ministro. Y anticipó que la Provincia podría salir en auxilio de la gestión llamosista, algo que hoy se insinúa indispensable.

Llamosas depende ahora del schiarettismo en términos financieros pero también para contener el desesperante deterioro de los índices sociales y a los 59 mil pobres que tiene la ciudad como saldo de la crisis económica persistente y profunda que acarreó el modelo de Macri.

Esos son los desafíos de la gestión. El frente político constituye otro. Porque, como ya ha ocurrido más de una vez, cuando la oposición representa un riesgo difuso, el daño potencial suele ser el propio peronismo. Hoy, hay sectores del albertismo que, envalentonados por la victoria nacional y contrariados por la prescindencia de Llamosas, amenazan con armar una lista por fuera y complicar en lo posible las chances de reelección. Blanden el caso de Alta Gracia, donde el oficialismo se asomó a la derrota de la mano de una división peronista. 

En el schiarettismo -y el delasotismo maneja la misma versión- aseguran que el caso Río Cuarto fue tratado por Alberto Fernández y Juan Schiaretti en el extenso encuentro que los dos mantuvieron la noche en que homenajearon a De la Sota por el aniversario de su muerte. 

El candidato presidencial le habría asegurado al gobernador que no piensa generar una fractura en la primera elección importante que habrá después de la asunción presidencial. Esa información provocó alivio en el llamosismo. Porque aun con la advertencia de que podría haber un candidato kirchnerista que vaya por fuera, la capacidad de daño se vería considerablemente disminuida sin la venia ni el acompañamiento oficial de Fernández.

El paraguas de Llamosas para las urgencias financieras y políticas se llama schiarettismo. En el resto de los sectores temen que esa constatación anticipe una reconfiguración de los espacios en el poder local desde el 2020.

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