¿Sirven los debates? Hoy, a 14 días de la elección, el Presidente deberá enfrentarse no sólo a sus oponentes sino a sí mismo: a sus limitaciones discursivas y sus resultados gubernamentales. Por Marcos Jure
¿Sirven los debates presidenciales como el que hoy, dos semanas antes de las elecciones, tendrá Argentina? ¿Permiten prefigurar qué virtudes o defectos tendrán los candidatos en función de gobierno? 

El análisis puede dividirse en dos planos: uno general y otro particular. 

Un elemento constitutivo de la política es la palabra, el discurso, la capacidad de convencer, de persuadir para que, voluntariamente, el electorado haga suya la visión del candidato o el dirigente y esté dispuesto a acompañarlo. Por lo tanto, aun reglado al extremo como estará este primer debate obligatorio, contribuirá a que todos los postulantes, pero especialmente Mauricio Macri y Alberto Fernández, desplieguen sus capacidades oratorias y argumentales, que no son superfluas en un líder sino indispensables, principalmente en una situación de crisis extrema como la actual.

Siempre existe una tendencia a reclamar que se permita en el debate el cruce entre los candidatos, la discusión directa para que, en lo posible, se salgan del libreto y se peleen, se descalifiquen como suele ocurrir con tanta asiduidad en los programas a los que la televisión argentina se ha hecho tan afecta. Por supuesto, dejar abierta la posibilidad al enojo y al griterío puede ser siempre atractiva si lo que se pretende es convertir un debate presidencial en un show dominado por la lógica de Intratables.  

Sin embargo, aunque le quite su carga de entretenimiento y vaya en detrimento del espectáculo, lo importante en un acontecimiento discursivo y gestual como el de hoy debería pasar por las exposiciones en sí  mismas, por la posibilidad de que la atención sea captada por ideas, o proyectos, o posturas novedosas para atacar viejos y conocidos problemas.

En parte, si lo que se reclama para incrementar el interés es la habilitación de la polémica es porque se da por descontado que los candidatos y políticos argentinos no poseen, en general, la virtud de convertir a la palabra en un elemento de seducción por sí mismo.

Por supuesto, como abarca solamente uno de los componentes de la política, el debate es de alcance limitado. Permite conocer cómo piensa abordar un candidato un problema específico pero no entrever su capacidad para solucionarlo realmente. Ese segundo plano pertenece a la acción, a la práctica y a los condicionamientos que siempre tiene la política a la hora de la actuación concreta. 

Pero el discurso es todo lo que está al alcance en campaña y, por lo tanto, con ese material parcial entre manos es con lo que deberá decidir la gente. Con el paso del tiempo, lo que permiten las exposiciones como la de esta noche es confrontar después, en el caso del ganador, entre lo que se dijo y lo que se hizo, la distancia entre lo que se postuló y se ejecutó.

Y ahí entra el plano de lo específico, del debate propiamente dicho de esta noche. Quien corre con las mayores desventajas es Mauricio Macri, no sólo porque su capacidad oratoria es cuanto menos discreta sino, más que nada, porque su discurso, su posibilidad de subyugar está altamente condicionada por su acción, por el gobierno que perpetró durante los últimos cuatro años.

Después de haber perdido por 16 puntos las Primarias, un escenario impensado hasta el mismo 11 de agosto a las 6 de la tarde, el debate puede entenderse para Macri como una oportunidad. Remota, es cierto, pero oportunidad al fin. Que, por supuesto, debió ir complementándose en las semanas previas con otros elementos adicionales y concomitantes: elevar la consideración de su gobierno -algo que no ocurrió- e ir generando la sensación de que puede disponer de las herramientas para solucionar la crisis económica que vive el país -algo que tampoco pasó-. 

Así, el Presidente, que desde las Paso se entregó a las marchas del “Sí se puede” que el miércoles volverán a traerlo a Río Cuarto, llega hoy despojado de los demás elementos que debió haber reunido. Sólo tiene como potencial su discurso. Y sus propuestas, que ha venido enumerando en la campaña, y que han sido víctimas del descrédito que padece una gestión que no ha encontrado caminos y que recibió un contundente voto castigo hace apenas dos meses.

Ese desgaste argumental del macrismo se percibe no sólo en la campaña sino también en los seguidores del líder de Juntos por el Cambio, que han caído en una postura de fanatismo casi religioso que supieron cuestionar en el kirchnerismo. Sólo hay que ver los testimonios que los móviles periodísticos capturan en las marchas del macrismo para comprobar que hay una clausura de la racionalidad y una suerte de misticismo que postula que hay que sufrir ahora para mejorar después y que le adjudica al Presidente valores no del todo esclarecidos, aunque uno sería la supuesta honestidad a prueba de balas.

Ese convencimiento monolítico que tienen los seguidores de Macri, acompañado a veces de algunas lágrimas a la hora de manifestar por qué van a las marchas a pesar de los pronósticos aciagos, ya podía vislumbrarse antes. En la derrota no ha hecho más que intensificarse y agudizarse al extremo de considerar que todo aquel que no entiende las motivaciones del oficialismo es, como mínimo, ignorante.

El propio Macri alienta ese tipo de comportamiento. Él se ha hundido más profundamente en ese voluntarismo que parece inspirado en los videos motivacionales que suelen pasarles a los jugadores antes de los partidos clave.

Es lo único que le queda. En sus cuatro años, el Presidente se la ha pasado prometiendo recuperaciones que nunca llegaron y que, en realidad, eran la contracara: una economía cada vez peor, con una deuda más abultada, y una sociedad más pobre y agobiada.

Y puede vislumbrarse ahí una característica de fondo de Macri. Ha sostenido una contradicción permanente entre su declamado discurso de eficiencia y su praxis gubernamental. No por sus medidas sino por su manera de conducir.

Un componente abundante de la política argentina, y no por eso menos cotizado, es la obsecuencia, que suele ir acompañada por la estulticia y enfrentada con la inteligencia. La inteligencia es cuestionadora por naturaleza; la obsecuencia maneja un léxico hiperlimitado: sólo conoce el sí.

En ese punto, Macri no quebró la lógica imperante en los políticos nacionales. Se ató a quienes siempre lo adularon y le dijeron que todo estaba bien incluso en la puerta del cementerio. El caso paradigmático es el jefe de Gabinete, Marcos Peña, cuya participación pública más notoria fue decir en un congreso que el principal logro del gobierno había sido poner animalitos llenos de vida en los billetes en vez de próceres, tan cargados de muerte.

Cuando se dio cuenta de que el culto a la obsecuencia paga su precio, y quiso dar un volantazo porque comprendió que la gente más que las redes sociales y la microsegmentación se guiaba por su calidad de vida y su perspectiva de futuro, cuando se chocó con la realidad que se había negado a ver, Macri se encontró con que, seguramente, era demasiado tarde.

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