Por Marcelo Irastorza
Mauricio Macri está convencido de que es posible un milagro. El multitudinario acto que encabezó en el Obelisco, en el marco de las marchas del “Sí se puede”, le ratificó al Presidente esa convicción. “No nos vamos a quedar callados viendo cómo nos roban el futuro”, dijo Macri en su discurso mientras la multitud cantaba “Mauricio la da vuelta”. Justamente el primer mandatario se presenta ante la sociedad como el futuro, esto es la Argentina que vendrá, en contraposición con el pasado, representado por el kirchnerismo. Pasado versus futuro: ésa es la disyuntiva que plantea el eje discursivo de los macristas que buscan precisamente el milagro de revertir el resultado de las Paso que fue, para ellos, tan sorprendente como catastrófico. En rigor, en el oficialismo no esperaban perder por 16 puntos, una diferencia prácticamente irremontable en un lapso de apenas dos meses y pico, al decir de quienes tienen experiencia en el terreno de las campañas electorales. Sin embargo, la fe mueve montañas, señala el Evangelio. Y en esa liturgia se aferra el macrismo para insuflar aires de esperanza a los votantes en el sentido de que se puede remontar el resultado adverso de las Primarias. Para Macri, el pasado es corrupción y populismo en tanto que el futuro, crecimiento y desarrollo. Es decir: volver a la Argentina que estaba posicionada entre los primeros lugares del mundo. La apuesta del candidato de Juntos por el Cambio, que lleva como compañero de fórmula a Miguel Pichetto, un peronista que afirma que la lealtad es con el pueblo argentino, radica en forzar una segunda vuelta electoral, lo que técnicamente se llama balotaje. Para ello, se tiene que dar una difícil ecuación matemática: Macri tiene que sumar más votantes pero a su vez Alberto Fernández tiene que perder electores. Sin embargo, la política es el arte de lo posible y de ello también se agarran los macristas para no darse por vencidos. 



Por su parte, Fernández está convencido de que ya es el nuevo presidente de los argentinos, aunque sabe que todavía no ganó la elección. Aún falta pasar la prueba del domingo 27, el día de las elecciones presidenciales. “No hay que contar los pollos antes de que nazcan”, aconseja el refranero popular. Sin embargo, frente a la mística religiosa en la que se mueve el oficialismo, el albertismo exhibe indicadores terrenales que nutren la convicción de que es imposible que no se confirme el triunfo obtenido en las Paso. “La gente ve una plaza llena, llega a su casa y tiene la heladera vacía”, replicó con dureza Alberto F. tras la masiva convocatoria que encabezó su principal rival. Fernández cree que la gente volverá a votar con el bolsillo en medio de una economía extremadamente frágil que se enmarca en una Argentina políticamente convulsionada. El exjefe de Gabinete de Néstor y Cristina Kirchner espera a que llegue el 27. O mejor dicho: el día después. En este momento pasa por su cabeza cómo sacar al país de la crisis que agobia a muchos argentinos que ya han perdido la esperanza de tener un futuro mejor. La apuesta de Fernández es hacer un gran pacto social con la dirigencia política y las fuerzas de la producción y el trabajo que permita sentar las bases para el despegue definitivo de la Argentina.



¿Pasado o futuro? ¿Continuidad o cambio? ¿Grieta o unidad? ¿Desigualdad o justicia social? ¿Divergencias o consensos? Dilemas que se plantean a menos de una semana de las elecciones, en el marco de una Argentina que no sale de su histórica dicotomía.

Comentá esta nota

Noticias Relacionadas