Arrancó la campaña y, en sus primeras apariciones, el gobierno nacional volvió a usar recursos que no resultaron en las Paso. Etchevehere pronosticó expropiaciones de campos. Por Marcos Jure
En un país en el que el poder se ha quedado sin cuerpo, la campaña electoral para elegir Presidente volvió a comenzar. Desde ayer, los partidos y los candidatos quedaron oficialmente habilitados para salir a buscar votos. Sin embargo, esa novedad, esa luz verde, ni siquiera se percibió. 

El gobierno de Mauricio Macri, todavía en shock político por la dura derrota que recibió el 11 de agosto y en shock económico por la desbandada del dólar y la intensificación de una crisis que ya era grave, primero intentará conseguir algún dominio de la coyuntura y recién después pondrá en marcha su estrategia de seducción electoral. Lo uno y lo otro se asemejan a imposibles, atravesado como está por una doble endeblez: la que padecen el país y sus finanzas, y la del propio oficialismo, que se deshilachó de un solo golpe el 11 de agosto y que no dispone casi de herramientas para revertir el escenario adverso. 

En su desesperación por domar las variables económicas, sobre todo el dólar que dispara los precios y el deterioro del poder adquisitivo, ha tenido incluso que negarse a sí mismo. Hace apenas una semana, el domingo, se vio obligado, contra sus propios dichos y acciones, a implementar un control de cambios, popularmente conocido como cepo, como último recurso para tratar de frenar la cotización y la evaporación de las reservas del Banco Central.

El gobierno de Macri se encuentra en el peor de los mundos: derrotado inapelablemente en las Paso por su modelo económico, el resultado agravó aún más las consecuencias sociales y, por lo tanto, es previsible que el malhumor original se haya profundizado. En ese contexto, tiene que salir a hacer campaña.

En el errático comportamiento que mostró después de las primarias, el oficialismo aseguró que había asimilado el mensaje y que redefiniría su enfoque discursivo y su estrategia. Sin embargo, las apariciones públicas más recientes de los funcionarios macristas no fueron precisamente en ese sentido.

Dicen “entendimos qué nos quiso decir la gente”, pero actúan como si en realidad esa comprensión no se hubiera producido.

Una muestra la dio ayer el ministro de Agricultura, Luis Miguel Etchevehere, que inauguró la Rural e insistió con un discurso centrado en los ejes del miedo y el pasado, que ya fueron explorados por Juntos por el Cambio durante la campaña reciente y que, evidentemente, no fueron convincentes.  

Etchevehere no solamente repitió la apelación de que no debe volverse al pasado ni a prácticas corruptas sino que utilizó declaraciones recientes de figuras del kirchnerismo, como Felipe Solá y Juan Grabois, para avivar el fantasma más temido por los productores rurales. Los dirigentes del campo ya habían criticado las ideas de reflotar la Junta Nacional de Granos o de avanzar en una reforma agraria, pero el ministro fue todavía más allá: “No es menor lo que ha pasado en los últimos días. No es casualidad. No se puede repartir la riqueza si no se la crea primero y si no se respeta la propiedad privada. Si el kirchnerismo no llegó a expropiar sus campos es porque no le dio el tiempo, sólo por eso. Pero sí expropiaron su renta, acuérdense. No tenemos que dejar que se lleven puesta la Constitución Nacional”.

Ese recurso repite una práctica que el macrismo cuestionó severamente desde su rótulo de nueva política. “Tengan cuidado con lo que votan porque les pueden quitar el plan” no es demasiado diferente de lo que dijo ayer Etchevehere. Son otras las dimensiones y las cuantificaciones pero en términos de importancia, el plan social para una persona sin trabajo tiene una relevancia simbólica equivalente a la que el campo tiene para un productor: “Si no votás como te digo, van a privarte de tu medio de vida”.

En ese punto, Etchevehere no innovó en su discurso con respecto a los ejes que se plantearon en las Paso sino que, por el contrario, le dio todavía una vuelta de tuerca adicional. E insistió en enumerar las obras públicas que la Casa Rosada ha puesto en marcha, como si no hubiera quedado claro en agosto que los reclamos hacia un gobierno nacional se centran en la calidad de vida y la posibilidad de futuro y no tanto en las concreciones en infraestructura.

Tal vez el discurso de Etchevehere haya sido sólo una conducta personal o, por el contrario, se presenció un anticipo de la estrategia que piensa poner en marcha el gobierno nacional para afrontar la campaña. 

En la inauguración de la Rural, ayer sobrevoló la admisión de un cambio de época, un cambio de gobierno. Los discursos de los ruralistas dieron por descontado, sin decirlo abiertamente, que el poder recaerá en Alberto Fernández. Tanto David Tonello, como Gabriel de Raedemaeker y Dardo Chiesa se enfocaron en enviarle mensajes al gobierno que vendrá sobre las expectativas que ellos albergan y sobre el país que pretenden.

No hubo críticas a Macri, un presidente al que el campo apoyó abiertamente; aunque tampoco hubo elogios. Sólo Sergio Busso, ministro de Agricultura de la Provincia, se animó a destacar algunas acciones del macrismo y a reclamar la eliminación de las retenciones, un planteo que no había hecho ninguno de los dirigentes ruralistas.

Los representantes del campo se enfocaron en que son necesarias reglas claras pero, sobre todo, rechazaron la posibilidad de un gobierno populista que avasalle la división de poderes de la república. Sin embargo, lo que pareció contener en el fondo el discurso ruralista no fue tanto un interés por la calidad institucional del país como una inquietud porque el modelo económico que sostuvieron está a meses de dejar de ser y se les plantea en cambio un gran horizonte de incertidumbre.



Marcos Jure.  Redacción Puntal

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