Deportes | osvaldo-wehbe | la-pagina-de-wehbe |

Sarandí del 44, brillos en la cintura

Ángel Clemente Rojas es una de las figuras más recordadas del fútbol argentino. Ídolo de Boca, supo ganarse el cariño de la hinchada xeneize a pesar de su paso fugaz por la institución

La señora Francisca Galván de Rojas llevaba en su vientre el fruto del amor con Don Clemente Jacinto Rojas. Corría el año 1944 en la República Argentina. Desde el 24 de febrero, el general Edelmiro Julián Farrel gobernaba el país. Dos días después, el coronel Juan Domingo Perón era designado Ministro de Guerra.

Mientras la panza crecía, la familia Rojas, como todas las de esa época en la Argentina, soñaban progresar y el trabajo era el medio para hacerlo. No había otra. El 44 pasaba. Perón anduvo por la secretaría de Trabajo y Previsión y para el 7 de junio ya era vicepresidente.

Los comandos del general Eisenhower desembarcaban en Normandía. El final de la guerra estaba cerca. Y mientras el vástago de los Rojas estaba a punto de asomar, las relaciones entre EE.UU. y Argentina andaban por su peor momento. El 15 de agosto, los norteamericanos aplicaron el Plan Morgenthau: congelaron las reservas de oro argentino en territorio yanqui y prohibieron el intercambio comercial con nuestro país. El 28, Doña Francisca dio a luz. El lugar fue Sarandí.

Cuando asomó el niño, su carita, sus manitas, sus piernitas, como ocurre con todos los bebés, fueron el motivo de los primeros comentarios. ¡Que se parece a este o a aquella!

Se va a llamar Ángel Clemente. Lo vamos a hacer de Independiente. No, de Boca. ¿Por qué? Mejor de Racing. Y así. Pero no hubo alguien (¿quién lo habría hecho?) que se fijara en su cintura. Años después, un pariente juró haber notado que desde la cinturita del recién nacido brotaban brillitos, esos que largan las varitas de las hadas, en las películas de Disney.

Y así es que el 28 de agosto es el cumpleaños de Angelito. De Ángel Clemente Rojas. El crack de la afición boquense, más admirado como tal, estrictamente xeneize, en los años sesenta y muchos más para acá.

Es que el fugaz paso de Rojitas por la Primera de AFA tuvo un contenido tan fuerte que centenares de niños fueron bautizados con sus nombres. Su cara y su pinta estuvieron en todas las habitaciones. De los pibes por su juego. De las chicas por su facha.

Un 27 de junio de 1959 dio el primer paso en la octava de Boca. Y allí, los habitantes del alambrado, los hinchas de profesión, los que veían todas las divisiones entre sábado y domingo, hicieron correr el rumor, hecho certeza luego: Boca tenía un Ángel del fútbol.

Fue cedido en 1962 a Arsenal de Lavallol (una colonia de Boca) buscando su aplomo definitivo. Allí vivió un año brillante junto al “Pocho” Oscar Pianetti, que sería también su compañero en la Primera de Boca.

Y 1963 fue su año. En tercera primero, en Reserva después, jugando al lado de Rulli, Silvero y hasta Enrique Grillo, hombres que en ese momento no tenían lugar en la Primera, que venía de ganar el título en el 62.

Y José D´Amico, el técnico, lo colocó en cancha, en la Bombonera, frente a Vélez Sarsfield, el 19 de mayo, victoria tres a cero con todos goles de Oreste Omar Corbatta.

Boca alistó a Roma; Silvero y Marzolini; Simeone, Rattín y Orlando; Corbatta, Menéndez, Rojitas, Grillo y Gonzalito.

Su primer gol en Primera se lo marcó a Gimnasia, el 23 de junio del 63. El arquero era Minoián. Jugó hasta el 71, 188 partidos en los que marcó 67 goles. En ese 1963, tuvo dos serias lesiones que casi lo despiden de su carrera futbolística. La acción fue un encuentro con el jugador Devoto, de Huracán, y en ese momento tuvo una rotura de ligamentos, y meses después un problema de meniscos. Esa lesión continuó hasta 1964.

Rojitas jugó apenas dos partidos en la selección. Fueron en 1965. Debutó contra Chile en la cancha de River, el 14 de julio, y marcó el gol de la victoria. José María Minella, el entrenador, puso en cancha a Roma; Ramos Delgado y Leonardi; Ferreiro, Rattín y Albrecht; Bernao, Rojas, Ermindo Onega, De la Mata y Mas. Su otro cotejo fue el 17 de agosto por las eliminatorias al Mundial de Inglaterra 66, también en River, triunfo cuatro a uno, con dos goles de Bernao y dos de Onega. 

En 1966 no tuvo un buen año y el técnico Pedernera lo bajó a la Reserva y lo reemplazó César Luis Menotti.

Por entonces tenía 21 años. Esta irregularidad en el club provocó su ausencia en el Mundial de Inglaterra 1966. Los años 67 y 68 fueron también difíciles para Rojitas ya que sufrió algunas lesiones y, además, por los jugadores que el club incorporó.

En 1969 llegó a la conducción técnica del equipo Alfredo Di Stéfano y Rojas volvió a tomar continuidad. Su fútbol fue decisivo para que el club ganara el Campeonato Nacional. Otra vez volvió a jugar todos los partidos y fue goleador junto con Madurga.

En 1970 hizo el gol más importante en su carrera futbolística, en las finales del Campeonato Nacional de ese año ante Rosario Central. Boca daba su segunda vuelta olímpica consecutiva en el Monumental.

Transcurrió así una historia hermosa. Esas que aprovechan los perfeccionistas para decir: “y…si se hubiera cuidado”. Ángel Rojas jugó y vivió a su manera. Por ahí en algún momento, aunque no lo creo, se habrá arrepentido de algo. Todos los estamos.

Pero lo más importante es que Angelito, que Rojitas, existió. Que su cintura mucho más cercana a un dibujo animado fue real, que a sus goles los gritaron gente de carne y hueso.

Después de Boca llegó el tiempo de Deportivo Municipal de Perú, de la vuelta a Boca en el 73, de Racing (17 partidos, un gol), de Lanús, de Nueva Chicago y de Argentino de Quilmes. Y llegó el tiempo de dejar el fútbol profesional. Cinco títulos con Boca.

La cintura que en el día de su nacimiento largaba brillitos se llamó a descanso. Una de las páginas referentes a la idolatría y al bello juego quedaba atrás.

Eso fue Rojitas. Grande. Ídolo. Sonriendo en cada lámina, en las habitaciones o talleres de todo el país. Sabiendo que es el portador de una de las cinturas mágicas de nuestro fútbol. Feliz cumpleaños, maestro. Una gambeta, una quebrada y el juego sigue, entre el eco rumoroso de la multitud.



Osvaldo Alfredo Wehbe  

Comentá esta nota

Noticias Relacionadas