Cuatro años atrás, en un pueblo de 20 mil habitantes, en el límite de Santa Fe con Córdoba, el horror daba lugar al reclamo masivo para frenar la violencia hacia las mujeres. La amiga íntima de la víctima Chiara Páez, la recuerda hoy: “Este dolor no tiene que ser en vano”
Tal vez fue porque era muy joven, o porque estaba embarazada, por ser mujer, o porque los asesinos comieron un asado en el lugar donde la enterraron. El caso de Chiara Páez marcó un antes y un después para las revoluciones feministas y de repudio a la violencia de género.

Chiara era una nena de 14 años, que vivía en la ciudad de Rufino, un pueblo de 20 mil habitantes, en el límite de la provincia de Santa Fe con Córdoba y Buenos Aires, pueblo que tiene la clásica organización en torno a la plaza cívica, todos se conocen, la iglesia pisa fuerte y la violencia de género no es un tema del que se habla.

La Policía la encontró enterrada en el patio de la casa de los abuelos de su novio en mayo de 2015. Estaba embarazada de dos meses y sólo se lo había comentado a una tía materna.

Chiara y Manuel Mansilla, de 16 años, comenzaron su noviazgo en el 2014, pero tan sólo unos meses después la relación llegó a su fin. Sin embargo, el vínculo entre ellos no se terminó completamente y siguieron viéndose de vez en cuando. El 9 de mayo de 2015, dos días después del cumpleaños número 14 de Chiara, la joven salió con unas amigas. 

Cerca de la medianoche, fue a encontrarse con su exnovio y prometió volver; nunca pudo cumplir su promesa.

En la reconstrucción del caso, se evidenció que los dos estaban decididos a interrumpir el embarazo, pero en ese último encuentro ella había cambiado de opinión, lo que desató la furia de Mansilla.

Chiara estaba ubicada en posición fetal. "Estaba destruida. Tenía moretones por todos lados", reveló Fabio Páez en Clarín. Por su contextura física -1,70 metro de altura y unos 70 kilos de peso- se estima que su novio no pudo moverla solo.

Al día siguiente de su desaparición, mientras todo el pueblo la buscaba, Mansilla comió un asado a metros del pozo en el que había escondido el cuerpo con su familia, y luego, su papá -policía local- lo acompañó a confesar el crimen que había cometido.

Según la autopsia, la joven fue asesinada a golpes y tenía restos de un fármaco abortivo en su cuerpo. La cortó en el cuello con un cuchillo, la golpeó reiteradamente en la cabeza y luego la enterró en el jardín de la casa en la que vivía con su familia. Así quedó establecido por la Justicia.

El adolescente fue condenado en septiembre de 2018 -3 años después del hecho-, cuando la Justicia de Menores lo encontró responsable de homicidio agravado por femicidio y dictó una pena de 21 años de prisión, pena que no fue suficiente para callar las voces en el pueblo y que se preguntaban: “¿De verdad 21 años de prisión son suficientes por un crimen tan brutal? ¿Sólo 21 años valen la vida de una niña de 14 años y su hijo?

La familia de la víctima reclama que la condena se haga extensiva a los abuelos de Mansilla, la madre (32) y su pareja (43) en la causa que investiga la Justicia ordinaria, asegurando que necesitó ayuda para cavar un pozo, arrastrar hasta allí el cadáver de su novia y enterrarlo.

El padre de Chiara -Fabio Páez- está convencido de que Manuel no actuó en solitario para matar a su hija. Él cree que participó toda la familia, los dos abuelos, el padrastro y la madre del chico de 16 años. El fiscal mantiene una hipótesis similar, aunque hasta ahora no encontraron las pruebas a causa de una investigación deficitaria para cerrar la historia de cómo apareció Chiara muerta a golpes, enterrada en un pozo.

“Empapelamos la ciudad con carteles con fotos de la familia de Manuel, estábamos decididos, si la Justicia no iba a actuar, que la sociedad haga su parte”, contó la amiga de Chiara y agregó: “La gente no dudó en unirse, les prohibieron la entrada a lugares como supermercados, casas de electrodomésticos; ahí nos dimos cuenta de que algo estábamos haciendo bien; sin embargo, sabemos que no fue suficiente para tapar el dolor”.



El grito de las víctimas



“Mama, si soy la próxima, quiero ser la última”, “Disculpen las molestias, nos están asesinando”, “Si miraras por nuestros ojos, gritarías igual”, esas fueron algunas de las inscripciones de los carteles que marcharon en las calles de todo el país con el mismo fin: parar con la violencia hacia las mujeres.

El femicidio de Chiara valió el nacimiento de un colectivo feminista que expuso un drama social del que no se hablaba.

El 3 de junio de 2015, semanas después del crimen de la joven, hubo desborde popular en las calles; la movilización “Ni Una Menos” tuvo una magnitud sin precedentes. Reunió a 150 mil personas en el Congreso y se replicó en 80 ciudades de Argentina.

El eco se propagó rápido y canalizó la furia y el deseo de miles de mujeres que necesitaban ser escuchadas.

Las masivas marchas sirvieron para gritar "basta" y evidenciar una realidad solapada: 286 femicidios en 2015 respaldaban el reclamo de justicia y el grito de conciencia que necesitaba la sociedad.

Algunos de los reclamos fueron el de asignar el presupuesto que indica la Ley Nº 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres; que se elaboren y publiquen estadísticas oficiales sobre femicidios, y que se creen hogares-refugio para la asistencia y contención de mujeres en situaciones de precariedad por violencia de hogar. Estos fueron los pedidos que la gran multitud exigió al Estado, frente al Congreso Nacional.

Desde 2015 hasta ahora, todos los años en la misma fecha se realizan marchas masivas en todo el país para visibilizar los femicidios, la violencia contra las mujeres y las desigualdades de género que se presentan en todos los ámbitos de la sociedad.

Nace con el lema #NiUnaMenos pero todos los años se agregan distintos pedidos que necesitan de una multitud unificada. Existe entre ellas la esperanza de que los cuerpos movilizados y unidos por un mismo fin, en la calle, marchando y denunciando, tengan como resultado un cambio que vaya más allá de las leyes que se puedan crear y aplicar. Ese cambio apunta al pensamiento de la sociedad como portadora de injusticias y a los individuos que la habitan.

-¿Como se sigue después de un suceso como éste?

- Se sigue, siempre se sigue, porque a pesar del dolor tuvimos que pensar que no podía ser en vano  -dice Andrea con los ojos llorosos (así la llamaremos porque pidió proteger su identidad). 

-Siempre hablan de “asesinos”, en plural, pero la Justicia condenó sólo a Mansilla, ¿qué me podés decir de eso?

-Ni siquiera sé si la palabra correcta es Justicia. Con 21 años de prisión Manuel sale de ahí con 37 años, y lo único que nos calma es que no tiene la conciencia limpia. Todos sabemos que tanto la madre, como el padrastro y los abuelos lo ayudaron. Los metieron presos, nos hicieron el amague y no encontraron pruebas suficientes, una mentira -expresó Andrea con enojo.

-¿En qué momento comprendiste lo que estaba pasando?

-En un primer momento no pude imaginar lo peor, Rufino es un pueblo muy chico y todos los que vivimos acá creíamos que estábamos exentos, que esas cosas sólo pasaban en la tele -suspira-, pero cuando aparecieron los perros, los bomberos, los policías y nos convocaron a intentar encontrarla, sentía que estaba adentro de una película de terror y sólo podíamos salir de esa película si la encontrábamos.

-Ya pasaron 4 años, ¿seguís sintiendo que sos parte de esa película de terror?

-Pasó de ser de terror a una muy triste, un drama diría yo. Camino por las calles de Rufino y me da mucho orgullo verla pintada en los paredones, me da orgullo lo que conseguimos, lo que logramos, pero después toca la parte difícil, el silencio, saber por qué está ahí, acordarse de lo que pasó, y  aparece la impotencia.

-¿Qué es lo que más identificaba a Chiara?

-La energía, las ganas de hacer cosas todo el tiempo, de participar, de ser parte. Éramos colaboradoras del grupo de jóvenes de la iglesia del pueblo, nunca dudaba en ir a ayudar, practicaba deportes y amaba el arte -sonríe-. No puedo olvidarme del carácter, fuerte, como una roca.

-¿Tenés algún deseo ahora que la Justicia ya actuó?

-Espero algún día entrar a la casa de alguna de las chicas, que sea diciembre y verla sentada en el sillón, con la raya del pelo al medio, separando esos rulos tan alborotados que siempre se quejaba de no poder acomodar, y llorando porque me extrañó, de la misma manera que la extraño yo todos los días, abrazarnos y darnos cuenta de que por fin, esta película términó.



Escapando de los fantasmas



Fabio Páez, el padre de Chiara, anunció a los medios de comunicación a través de una carta el 14 de noviembre de 2015 que por el bien de su familia y por la falta de paz y consuelo se mudaban a la ciudad de Mendoza.

"Tengo que tomar una decisión muy difícil para mí y mi familia, culpa de estos asesinos que mataron a Chiara y al juez que los liberó, o la profesional que los encubrió, los comerciantes que les venden a estos asesinos. Decidí irme de Rufino a vivir a otra ciudad por el bien de mis dos hijos menores, Delfi y Manu, que soy su único sostén", detalló Fabio.

La noticia causó un tremendo revuelo en la ciudad, pero la mayoría de los que conocieron el calvario que estaban sufriendo y conocían la dimensión de la situación, no dudaron en apoyarlo con su decisión.

"Si yo encontrara en la calle a cualquiera de esos hijos de puta les aseguro que intentaría matarlos con mis propias manos pero le daría más dolor y disgustos a mi familia y amigos. Por supuesto que la lucha no la abandono, tengo todas las fuerzas", así concluyó Fabio su escrito.

El padre de la adolescente descargó todo su descontento tanto con la Justicia como con la sociedad y dijo: "Nací -en Rufino- hace 47 años. Pasé aquí mi infancia y adolescencia, donde mis padres me educaron con todo su esfuerzo para que junto con mis hermanas fuéramos personas de bien. Después de pasar todo esto, cosas buenas y malas, tengo que tomar una decisión”.

Un poema de Eduardo Galeano dice: “"Olvidar es otra forma de morir y callar es otra forma de matar. El silencio no es una alternativa”. Chiara Páez no fue ni la primera, ni la última, hoy en 2019 las mujeres se siguen reuniendo ante la problemática de la violencia de género.

La creencia de que esto iba a parar era más que utópica, pero el velo se corrió, las mujeres ya no van a estar en las tinieblas, temiendo. Hoy salen a la calle y luchan, se hacen escuchar y al canto de “Vivas nos quiero, libres sin miedo”, dejan que la muerte de Chiara y de cada una de las víctimas de femicidio no quede en el olvido, no sea en vano.



Jaqueline Scrivanti.  Especial para Puntal

Estudiante de Ciencias de la Comunicación de la UNRC.

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