“Fortaleza y vulnerabilidad de la lengua”, tal el título de la pieza con la que Antonio Tello dio comienzo al programa 2018 del ciclo “10 x 10” que él mismo creara en el marco de las actividades del área Literatura y Pensamiento de la delegación local de la Agencia Córdoba Cultura y que ha sido un aporte destacadísimo de aproximación a la lectura y por sobre todo a la reflexión sobre los modos artísticos de enriquecimiento de la lengua y sobre el poder de la palabra.
Después de exponer acerca de la condición de la lengua como creadora y a la vez traductora del mundo, porque “el hombre… necesita de la palabra para construir su hogar y el espíritu necesita de la carnadura humana para manifestarse como voz capaz de describir la realidad del mundo”, Tello perfiló su discurso a dar cuenta de la coexistencia de fuerzas que tensionan su uso.
De modo que, según su postulado, a la vez que la lengua tiene una fortaleza que “pone a resguardo el bienestar y el entendimiento de la comunidad humana”, esa fortaleza tiene como contrapartida una vulnerabilidad latente que “es la que ha que ha dado lugar al discurso de las ideologías totalitarias, políticas y religiosas; a la jerga vulgar de la sociedad masificada y al perverso uso de los eufemismos en los regímenes totalitarios y en las democracias menoscabadas”.
Lenguaje poético
Después de postular que “hoy, acaso sólo el lenguaje poético, que incorpora elementos de otros lenguajes no verbales, como la música o las matemáticas, puede iluminar algunas de las zonas más oscuras de la vida en el mundo”, Tello dirigió su enfoque a expresar cómo la manipulación del lenguaje crea condiciones de permanencia de un estado de cosas.
“Del mismo modo que Yahvé confundió las lenguas y dispersó la población para asegurar su dominio sobre los hombres, las clases dominantes han seguido prolongando el mito babélico. Es así que esta perversa fragmentación de las sociedades humanas, que la sabiduría popular reconoce en el “divide y vencerás”, se verifica en los nacionalismos y en los supremacismos racial, religioso, académico, económico y sexual que generan metalenguajes excluyentes”.
Así, “en el apogeo de la impostura, esta lengua instrumental que surge de la confusión permite que las guerras colonialistas sean llamadas «preventivas» o «humanitarias», que las víctimas civiles se denominen «daños colaterales», el genocidio, «limpieza étnica», el abuso, «responsabilidad», la invasión, «liberación», los países pobres, «países emergentes», y que «amor», «solidaridad», «perdón», “revolución”, “matrimonio”, “familia”, etc. sean meros esqueletos fonéticos cuya carnadura se ha perdido por el uso sin el correlato de la acción que implican”.
Para terminar diciendo, casi como una exhortación a atender y recuperar el manejo de la lengua: “Por esto, la palabra sustantiva, cuando es atacada por las fuerzas irracionales del poder político y económico, pierde paulatinamente su capacidad de acción y acaba paralizada. Enredada en el gran barullo verbal del sistema, la confusión babélica, la palabra no puede expresarse y comunicar la verdad. Su parálisis implica la parálisis del espíritu y con ella la injusticia, el olvido, la impunidad.
De modo que, según su postulado, a la vez que la lengua tiene una fortaleza que “pone a resguardo el bienestar y el entendimiento de la comunidad humana”, esa fortaleza tiene como contrapartida una vulnerabilidad latente que “es la que ha que ha dado lugar al discurso de las ideologías totalitarias, políticas y religiosas; a la jerga vulgar de la sociedad masificada y al perverso uso de los eufemismos en los regímenes totalitarios y en las democracias menoscabadas”.
Lenguaje poético
Después de postular que “hoy, acaso sólo el lenguaje poético, que incorpora elementos de otros lenguajes no verbales, como la música o las matemáticas, puede iluminar algunas de las zonas más oscuras de la vida en el mundo”, Tello dirigió su enfoque a expresar cómo la manipulación del lenguaje crea condiciones de permanencia de un estado de cosas.
“Del mismo modo que Yahvé confundió las lenguas y dispersó la población para asegurar su dominio sobre los hombres, las clases dominantes han seguido prolongando el mito babélico. Es así que esta perversa fragmentación de las sociedades humanas, que la sabiduría popular reconoce en el “divide y vencerás”, se verifica en los nacionalismos y en los supremacismos racial, religioso, académico, económico y sexual que generan metalenguajes excluyentes”.
Así, “en el apogeo de la impostura, esta lengua instrumental que surge de la confusión permite que las guerras colonialistas sean llamadas «preventivas» o «humanitarias», que las víctimas civiles se denominen «daños colaterales», el genocidio, «limpieza étnica», el abuso, «responsabilidad», la invasión, «liberación», los países pobres, «países emergentes», y que «amor», «solidaridad», «perdón», “revolución”, “matrimonio”, “familia”, etc. sean meros esqueletos fonéticos cuya carnadura se ha perdido por el uso sin el correlato de la acción que implican”.
Para terminar diciendo, casi como una exhortación a atender y recuperar el manejo de la lengua: “Por esto, la palabra sustantiva, cuando es atacada por las fuerzas irracionales del poder político y económico, pierde paulatinamente su capacidad de acción y acaba paralizada. Enredada en el gran barullo verbal del sistema, la confusión babélica, la palabra no puede expresarse y comunicar la verdad. Su parálisis implica la parálisis del espíritu y con ella la injusticia, el olvido, la impunidad.

