Pero unos kilómetros más adelante una tragedia se anunciaba. Una tormenta había derrumbado el puente sobre el Santa Catalina y hacia allí iba el convoy. Un mensaje que no llegó a tiempo y la pesada maquinaria, que no pudo parar, terminó cayendo al lecho del arroyo.
Murieron el conductor, Juan Gómez, y el ayudante Antonio Primo Temperini junto con el guardatrenes Claudio Herrán.
Por estos días, vuelve a la memoria de los habitantes más antiguos aquel siniestro y mencionan que, de haber sido un tren de pasajeros, la tragedia pudo ser peor.
En un nuevo aniversario que se cumplirá el miércoles, la Municipalidad de Holmberg rendirá homenaje a uno de los ferroviarios muertos en este siniestro. Era un inmigrante italiano, foguista de la locomotora. Su nombre, Bruno Antonio Primo Temperini, quedará inmortalizado en una calle de la localidad.
El proyecto de designación fue aprobado por el Concejo Deliberante y la calle se encuentra en dirección al arroyo donde se produjo el suceso.
Fueron familiares de Bruno Antonio Primo Temperini quienes enviaron una solicitud de reconocimiento post mortem al cumplirse 80 años de aquel triste episodio.
La documentación enviada al Municipio local lleva la firma de Carlos Hugo Temperini y Judith Bocco de Temperini, hoy residentes en Villa Mercedes.
Miguel Ángel Negro informó que efectivamente una arteria urbana de Holmberg llevará el nombre del malogrado inmigrante italiano a 80 años de su muerte. "No habrá un acto. Pero desde el día 4 la calle llevará ese nombre como recuerdo", dijo a Puntal el intendente.
El accidente ferroviario aún se rememora e incluso por largos años la chimenea de aquella locomotora de fabricación británica emergía sobre el nivel del agua como mudo testimonio de una tragedia recordada por años.
Trabajador italiano
La Municipalidad de Holmberg, a través del intendente Miguel Negro, brindó antecedentes de Bruno Antonio Primo Temperini, nacido en Pérgola (Le Marche), Italia, en 1908.
Ya radicado en Villa Mercedes, este joven llegó a ser campeón cuyano de ciclismo. Su padre fue Alessandro, casado en Pergola con Leonta Lucía Mancini. Allí tuvieron a su primer hijo, al que llamaron Primo en homenaje al trágicamente desaparecido rey Humberto Primo. Luego se radicaron en Argentina.
Ya mayor de edad, Antonio Primo se convirtió en ferroviario como personal de conducción. Ostentaba el cargo de foguista, que era el encargado de mantener vivo el fuego para el funcionamiento de aquellas recordadas locomotoras a vapor. Tenía 31 años cuando se produjo su deceso.
Una tragedia se anunciaba
Las crónicas que hacen referencia a este siniestro lograron reconstruir cada instante de este fatal accidente.
Así, señalan que “el lunes 4 de diciembre de 1939 llovió torrencialmente toda la noche. Minutos antes de las 5 de la madrugada, las aguas del arroyo Santa Catalina provocaron el derrumbe del puente situado a unos 2 mil metros del arsenal”.
“El estruendo hizo que los centinelas del Batallón despertaran a unos 200 soldados por la emergencia. La tragedia ya se percibía porque un tren carguero con 17 vagones y furgón de cola que tenía como destino Villa Mercedes partió a las 5 en punto desde Río Cuarto.
Había que detener el tráfico de trenes, que en aquellos años era intenso. Desesperado, el jefe de la estación de Holmberg recibe por telégrafo que había partido un convoy que en un cuarto de hora iba a pasar por allí”.
El relato continúa: “Con desesperación, el jefe se comunicó a Río Cuarto pero el mensaje no llegó a tiempo. El receptor telegrafista no alcanza a salir de su estupor cuando termina de recibir el mensaje y comprender la magnitud. El tren ya está en movimiento frente a sus ojos. Se dirigía a Holmberg y en menos de 15 minutos iba a llegar a la zona del arroyo que ya no tenía puente”.
Había una esperanza. “Las señales de la playa de transferencia de cargas, unos tres kilómetros más adelante, pero otra vez ha de telegrafiarse al señalero. Cuando se termina de recibir el mensaje Morse, el tren acaba de pasar con una señal de vía libre hacia su destino fatal”.
El accidente
Se vuelve a telegrafiar a Holmberg para comunicar los fracasos en detener el tren y allí se inicia una acción desesperada. Ir en automóvil hasta el otro lado del arroyo. El puente carretero por ahora resiste a los embates de la crecida. Del otro lado quieren accionar el cambio de agujas manual para desviarlo hacia el interior del Arsenal y poner detonadores (los conocidos petardos) en la vía. Pero también esto llegará tarde por unos segundos.
Tampoco lo pararán los disparos de fusilería ni los faroles de kerosene que agitan desesperados los soldados.
Juan Gómez, el maquinista, hace sonar persistente el silbato para despejar la vía y la locomotora entra en el leve declive; ya imparable, cae con sus vagones al lecho del arroyo.
Murieron el conductor Juan Gómez y el ayudante Antonio Primo Temperini junto con el guardatrenes Claudio Herrán. Cuentan que una de las víctimas yacía abrazado a uno de los barriles que usó como salvavidas. Esos barriles tenían como destino Mendoza.
Se supone que la tripulación de tren saltó instantes antes para no quedar aprisionada entre los hierros retorcidos. Cuando los cuerpos fueron rescatados ya sin vida aguas abajo, el reloj del guarda daba las 5.17.
Ya pasaron 80 años y la pesada máquina ferroviaria yace aún en el lecho del arroyo.
Héctor Amaya
Redacción Puntal