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Una testigo dijo que Nora le tenía "terror" a Daniel Lacase: el turno del vocero

Con una convicción que no había mostrado en los quince años que pasaron desde que su amiga "apareció muerta", María del Carmen Pelleriti de Gaona introdujo de lleno en el proceso al tercer integrante del triángulo de poder que por aquellos años se mostraba feliz, próspero y compacto: Daniel Lacase, Marcelo Macarrón y Miguel Rohrer

“Si aparezco muerta, busquen a Lacase”. La frase, pronunciada por María del Carmen Pelleriti de Gaona, sacudió la hermética sala de audiencias de los tribunales de Río Cuarto y despabiló a los periodistas que seguían el proceso desde la incómoda sala de prensa del primer piso.

- ¿Eso se lo dijo su amiga a usted, o usted a su amiga?-, preguntó el presidente del tribunal, Daniel Vaudagna.

- Lo dije yo-, aclaró la testigo.

Apenas terminó su declaración, “Mary” fue abordada por los periodistas y completó la frase que había dejado suspendida en el aire.

- La que dijo que si aparecía muerta había que buscar a Lacase fui yo. Pero nos podía pasar a las dos-, insistió en alusión a su amiga, que aparecería muerta en su propia casa el último fin de semana de noviembre de 2006.

Con una convicción que no había mostrado en los quince años que pasaron desde que su amiga “apareció muerta”, Pelleriti introdujo de lleno en el proceso al tercer integrante del triángulo de poder que por aquellos años se mostraba feliz, próspero y compacto: Daniel Lacase, Marcelo Macarrón y Miguel Rohrer.

El nombre de Daniel Lacase irrumpía así en el entreverado proceso que se sustancia desde hace tres semanas en los tribunales locales y que por momentos naufraga en la falta de conducción del tribunal, la intrascendencia de muchos testigos y el chismerío barato que rodea al fantasma de la víctima para eludir la precisa acusación que hoy pesa sobre el único sospechoso que todavía puede ser juzgado (los otros gozan del beneficio inapelable de la prescripción).

El amigo de Aráoz

¿Quién es Daniel Horacio Lacase? Un dirigente peronista ortodoxo que supo tener mucho poder y contactos durante el menemismo, de estrechos vínculos con el Obispado de Río Cuarto y una exitosa carrera profesional como abogado laboralista que defiende por igual a trabajadores y patrones. También fue el primer vocero de la familia Macarrón, de quienes era íntimo amigo, a tal punto que el joven Facundo lo llamaba “tío Daniel”.

En su requisitoria de elevación a juicio, el fiscal Luis Pizarro recuerda que el abogado llamó desde Punta del Este –donde compartía estadía con Macarrón, pese a no formar parte de la peña de golfistas que viajaron al torneo internacional- y lo pusieron al teléfono del oficial Sergio Liendo para que le diera detalles del hallazgo del cadáver de Nora. Pizarro está convencido de que tanto la presencia de su entonces pareja Silvia Magallanes –de inexplicable paso por la sala de audiencias, donde volvió a mentir- como la llamada a Liendo “eran piezas de un armado o entramado previamente razonado para evitar sospechas sobre el ahora imputado”.

Entre Lacase y Macarrón –y también Rohrer- no sólo había amistad; también negocios. Pizarro menciona un departamento en Córdoba que Lacase le compró a la constructora DYCSA el 19 de abril de 2002 y que ese mismo día transfirió al matrimonio Macarrón/Dalmasso. Los tres habrían compartido también inversiones en el pool de siembra del “francés”. Se los veía siempre juntos y se complementaban muy bien: Rohrer tenía mucho dinero y Lacase contactos políticos. Su amistad con el dirigente de la derecha peronista Julio César “Chiche” Aráoz, su paso por la función pública –llegó a ser subsecretario de Drogadicción de la Nación en la presidencia de Carlos Menem- y su estrecha relación con el ex Obispo Artemio Staffolani y el sacerdote Jorge Felizzia lo convertían en un hombre influyente. Cuando volvió de Punta del Este con Macarrón, dijo que todos eran sospechosos menos ellos, que estaban a miles de kilómetros de distancia la noche del crimen. Pidió recato y respeto por la víctima, a quien no debía “juzgarse por sus últimos actos”, sino como la “madre ejemplar y ama de casa” (sic) que había sido y comentó que el entonces gobernador José Manuel de la Sota lo había llamado para poner a su disposición a la Policía. Su hipótesis del crimen era la misma que, 15 años después, vocifera el abogado del imputado en la sala de audiencias: Nora habría recibido en su casa a un presunto amante que, en un ataque de celos tras leer los mensajes de Guillermo Albarracín (que estaba junto a él y Macarrón en Punta del Este), la habría ahorcado con sus propias manos en un rapto de furia. En su primera declaración como testigo en tribunales pidió que se investigara a Rafael Magnasco, pero también mencionó al “francés”. Y convenció al fiscal de enviar parte de las muestras obtenidas en el cadáver de Nora y la escena del crimen al FBI.

Cuando cumplió cincuenta años, Lacase festejó a lo grande con amigos, familiares, magistrados, políticos, funcionarios, sindicalistas, periodistas y lo más granado de la alta sociedad riocuartense. De ostentosa influencia sobre Di Santo, orientó las pesquisas primero hacia sus adversarios políticos –el abogado Magnasco y el secretario de Seguridad Alberto Bertea- y luego hacia un humilde pintor de brocha gorda que por esos días trabajaba en la casa de los Macarrón: Gastón Zárate. Amenazó públicamente a los fiscales con hacerles un juicio político si no lo detenían la misma madrugada que compartió la reconstrucción del crimen en la casa de Villa Golf, pese a haber sido rechazado como abogado querellante de los Macarrón. El “perejilazo”, la masiva movilización en defensa de Zárate, eligió su estudio jurídico como blanco de los insultos. Y provocó la caída de la cúpula policial y las renuncias de Bertea, del ministro de Gobierno y el Fiscal General de la Provincia. El “perejil” tuvo que ser liberado. Al otro día, el vocero se llamó a silencio y nunca más habló del caso.