Río Cuarto | abuso-sexual

“Metió literalmente la mano en mi espíritu, no en mis genitales”

Hoy, podrían pedir entre 15 y 20 años de cárcel para Marcelino Ricardo Moya, el sacerdote conocido como el “Cura Payador”. El testigo clave de la causa contó a Puntal cómo el religioso lo abusó y lo corrompió en una parroquia de una localidad entrerriana
 
Pablo Huck tenía 14 años cuando cayó en manos del “Cura Payador”. Cursaba segundo año del colegio de monjas de Villaguay, una pequeña localidad entrerriana, y el sacerdote Marcelino Ricardo Moya era profesor del instituto Inmaculada Concepción.  

No era uno más. 

“Era el profe copado, el que te sacaba de clases para hacer cualquier otra cosa, el que te hacía regalos”, confía Huck.

Así se las ingenió el cura para ganarse la simpatía y la confianza de Pablo y de otros varones que se asomaban a la adolescencia.

Mientras el lector recorre estas líneas, hoy Huck y Moya están en el mismo recinto de los Tribunales de Concepción del Uruguay: uno declarando como víctima de abuso y corrupción de menores, el otro sentado en el banquillo de los acusados.

 A lo largo de esta jornada se esperan los alegatos de los fiscales Mauro Quirolo y Juan Manuel Pereyra. Podrían pedir entre 15 y 20 años de condena, especuló Entre Ríos Ahora, el medio que cubrió paso a paso el proceso.

 Apenas unas horas antes de atestiguar frente al tribunal, Huck habló con este periodista sobre el calvario que marcó a fuego su vida.

Contó que tras un largo proceso de curación, se está formando como psiquiatra en el Hospital Neuropsiquiátrico “León Morra”.

“Puedo decir que después de la denuncia que yo hice mi vida se destrabó”, comentó con voz grave y hablar pausado.

 -¿En qué situación conoció al cura Moya?

-Lo conocí en diciembre del 92, cuando iba a la parroquia como integrante del grupo Acción Católica. Yo me encontraba muy vulnerable, una característica común de quienes somos víctimas de abusos eclesiásticos. Hacía muy poco que había fallecido mi abuelo materno. El era el sostén del clan familiar porque mi viejo estaba en el pico de su alcoholismo y sufría además una bipolaridad que se descubrió  con los años. A raíz de la muerte de mi abuelo, mi hermana más chica se desestabilizó e intentó quitarse la vida. A consecuencia de todo eso, también había problemas económicos. Era complejo el panorama y eso el cura lo sabía.

-¿Qué función cumplía Moya en el instituto?

-El aparece en el colegio cuando yo cursaba segundo año. En el colegio era profesor pero, como todo cura en colegio religioso, era un patrón de estancia. No tenía ningún tipo de freno y se manejaba con total impunidad. 

-¿Cuándo empieza a estrecharse el vínculo?

-Yo era monaguillo de él, él era el confesor, el guía espiritual. Y como suele suceder en los vínculos que traban con los niños, empiezan a desdibujar o confundir el límite, entre lo que es una autoridad y lo que a uno le representa la figura de un cura. Para que te dés una idea de las cabezas que me rodeaban en mi casa, se hablaba de que yo podía ir al seminario o al liceo militar. Eso por un lado, y por otro lado, el cura se hacía el piola, el que nos sacaba del colegio a cualquier hora para hacer una actividad que nada tenía que ver con la escuela, porque sabía que a ningún pibe le gusta estar todo el tiempo en la escuela. Era el que te hacía regalos. Pasaba de ser el cura a un amigo o un par pese a la diferencia de edad. O sea, jugaba a desdibujar  ese límite.

-En ese momento tendría unos 13 años. 

-Sí, tal vez tuviera ya 14. 

-¿Qué situación de abuso vivió?

-¿A mí qué me pasó? En esta cercanía que había generado, en este desdibujar los límites, él tenía una habitación en la planta alta de la parroquia que era como el SUM, el salón de usos múltiples para su grupo. Nos hacía ver que éramos un grupo de amigos y él era uno más, el copado,  pero en realidad era el que tenía el poder.  

Nos hacía un juego psíquico macabro, para ver a quién le daba más bola, a quién le asignaba las tareas, quién era monaguillo esa semana. Y en ese esquema, una tarde yo estaba en la habitación parroquial, él estaba sentado en la computadora, yo estaba con ropa suelta, con un short y entre que él me toca los genitales y se mete el pene en la boca no pasó nada, fue un segundo, y ahí es donde yo no entiendo nada.

-¿Cuál fue su reacción?

-Yo era un pibe que en ese momento creía la línea que te bajaba él: llegar virgen al matrimonio, la masturbación es un acto egoísta y es un pecado, todo eso. Yo no me había masturbado nunca, no había tenido relaciones con nadie. Pero no por nada es el momento en el que estos tipos atacan, porque saben que tenés la cabeza relavada. Saben que si van sobre el centro nervioso sexual y del deseo te generan un gran problema. Porque en ese momento uno siente placer, lógico. Pero el espíritu, los sentimientos y la cabeza no pueden compaginar eso. A eso uno lo termina de procesar con el paso del tiempo. En ese momento, me decía: “Mirá lo que me pasó, qué cagada, pero yo de esto me tengo que olvidar”. No lo podía manifestar en mi casa porque estaba llena de quilombos y no iba a llevar otro quilombo. Además no me iban a creer. El tipo, como todo perversón, tenía perfil alto. Se hacía el copado, era como el cura nuevo que contrastaba mucho con el párroco que había antes, que era un viejo carcarmán y gruñón. 

-¿Cuándo pudo procesarlo?

-Eso fue con el tiempo. Yo sé que no fui penetrado y si lo mirara desde una visión biologicista, machista y hasta cuadrada podría decir “no sólo no me violó sino que me tiró la goma”, por decirlo en forma brusca. Pero no pasa por ahí, el tipo metió literalmente la mano en mi espíritu, no en los genitales.  Cuando lo empezás a entender aparecen los síntomas: la ansiedad, la taquicardia, la fobia, porque queda en evidencia ese desalineamiento entre lo que uno siente físicamente, lo que siente a nivel emotivo y lo que piensa. Te das cuenta de que, de alguna manera, estás disociado.

-¿El abuso se mantuvo en el tiempo o fue una única vez?

-Fueron varias oportunidades. Sí, sí, fueron varias. Se establecía como una comunicación no verbal, con silencios, a punto tal que yo sabía que ese día me iba a tocar, que iba a abusar de mí. Y cuando lo intuía, empecé a masturbarme para que cuando él viniera y me tocara, yo no tuviera una erección y evitarme ese momento. Eso cambia radicalmente tu dinámica mental, psíquica y espiritual.

-¿Supiste si hubo otras víctimas del cura Moya?

-En aquel momento escuché el comentario de la madre de un compañero de secundario, diciendo: “Che, viste lo que le pasó culpa de estos hijos de puta a Ernesto”. A eso yo lo borré por completo. Ernesto hoy es el otro denunciante al que Moya le agarra los genitales pero él se lo saca de encima y sale corriendo de la iglesia. Sin dudas, hay muchas más víctimas tanto en Villaguay como en un pueblo que se llama Seguí,  cerca de Paraná, la capital de Entre Ríos. Ahí, Moya estuvo diez años como párroco y como apoderado legal del colegio de la parroquia que estaba medianera de por medio. Hoy si uno observa la postal de Seguí podría señalar con nombre y apellido quiénes sin dudas fueron abusados. Porque ahí siguió el mismo método: separar a un grupo de jóvenes, que eran sus preferidos, sus monaguillos. Los sacaba fuera de clase, los llevaba a otra ciudad a comer o a jugar al bowling. Dormía en la casa parroquial, exactamente lo mismo de otros curas abusadores, usan el mismo mecanismo.

-¿Hasta cuándo mantuvo el vínculo con Moya?

-Ese año seguro y lo pude sobrevivir porque se dio algo que a uno lo ayuda en el momento y que es el olvido. Yo tengo grandes “sacabocados” en mi memoria que me han borrado este episodio o al alcoholismo de mi viejo. Pero eso también se roba otros momentos, que fueron lindos, y que me los cuentan pero yo no los recuerdo. Por eso te digo que eso debe haber durado hasta que tuve 15 años, porque estas personas actúan por camadas. Seducen de manera activa y después rechazan de una forma muy sutil, cuando entra otra camada de chicos. Es en esa nueva camada donde se encontraba el otro chico denunciante, Ernesto, que no iba al mismo curso que yo, era más chico.

-¿Cuándo pudo denunciarlo?

-La denuncia la hice en junio de 2015 y pude contarlo fundamentalmente gracias al trabajo psicoterapéutico de años. Fue una mecha larguísima que se encendió en aquel primer encuentro con una psicoterapeuta de Rosario, donde me fui a estudiar. Cuando me enteré de que estaba en Seguí y con pleno poder, me planteé: “Si yo no digo esto soy un hijo de puta porque sé lo que hace este tipo y no va a haber manera de que deje de hacerlo”. Aparte, no sé, veía a mi sobrino y pensaba que si por no hablar estos pibes se comían el viaje oscuro que me comí yo, no me lo iba a poder perdonar.

Además, estando en Rosario, una ciudad ultraviolenta, les contaba a mis compañeros que no pensaba criar un hijo en un lugar así, sino en un lugar chico y tranquilo como en el que me crié yo, que es Villaguay. Y terminé de decir eso que me di cuenta de que Villaguay para mí no fue seguro. 

-¿Sabe si la iglesia tomó alguna medida sancionatoria?

-La iglesia, cuando se enteró, le prohibió dar misa, pero por otro lado la iglesia nunca se nos acercó a las víctimas. No aportaron información, desde acá los fiscales tuvieron que viajar a Paraná para ver qué información había y se sabe que había cartas en las que otros curas denunciaban las movidas oscuras de Moya, pero esas cartas desaparecieron. 

-¿Qué expectativas tiene respecto al juicio que empieza hoy?

-Espero que la Justicia siga con la coherencia que ha mostrado hasta ahora. O sea que continúen alineados al gran trabajo que se está haciendo en Entre Ríos con este tema. No sólo a nivel judicial condenaron a dos curas abusadores, sino que toda una sociedad ha trabajado con coherencia. Así como lo estás haciendo vos en este momento en tu provincia, hay muchos periodistas y gente de la Justicia comprometidos. Me parece que en el caso de Moya hay un solo camino posible y es la condena. Cada condena a la que se llega es no sólo un resarcimiento en lo simbólico y en lo espiritual para cada denunciante, sino también un mensaje para la sociedad. Los invita a denunciar porque ahora son escuchados. Gracias a la propuesta de una senadora entrerriana, hoy este tipo de delitos prescribe a los diez años de la denuncia. O sea que, de alguna manera, son imprescriptibles.   



Alejandro Fara.  Redacción Puntal