El nombre de Mario González volvió a aparecer en las últimas semanas tras ser detenido por incumplir la restricción de acercamiento hacia una de las víctimas. Su caso vuelve a poner sobre la mesa los abusos en ámbitos deportivos, la responsabilidad institucional y la necesidad de contar con herramientas para prevenir y actuar
Stefanía Lisa conoce esa realidad desde otro lugar. Ella denunció a Ariel Gallero, quien había sido su profesor de tenis cuando era menor. Los hechos investigados ocurrieron entre 2006 y 2010 y la denuncia penal fue radicada a fines de 2019. En octubre de 2024, Gallero fue condenado a 11 años de prisión por la Cámara Segunda del Crimen de Río Cuarto y quedó detenido inmediatamente después de la sentencia.
Mientras el caso González vuelve a generar preguntas sobre lo que sucede dentro de los espacios deportivos, Stefanía vuelve a contar su propia historia. No para comparar las causas, sino para mostrar todo lo que puede quedar detrás de una denuncia: los años de silencio, la dificultad para comprender lo ocurrido, el impacto sobre la vida deportiva y el largo camino de reconstrucción.
El profesor, el alumno y una relación desigual
Stefanía comenzó a jugar al tenis desde chica. Cuando atravesaba su adolescencia, decidió abandonar y ahi apareció Gallero: “Él fue al negocio de mi papá y le dijo que me conocía, que sabía que jugaba al tenis y que quería ayudarme a entrenar”, recordó. A partir de entonces, comenzó a ofrecerle entrenamientos de alto rendimiento sin costo y a acomodar los horarios según las posibilidades de su familia.
Con el tiempo, esa confianza fue creciendo dentro de un espacio en el que Gallero ocupaba un lugar de autoridad y Stefanía, el de una adolescente que confiaba en su profesor.
Para Luciana Ghirardi, psicóloga especialista en Psicología Jurídica y Forense (ME 667), esa diferencia de roles es uno de los aspectos centrales para comprender los abusos en el deporte.
Un entrenador no es solamente alguien que enseña una técnica: "Tiene autoridad, puede influir en la participación del deportista, en su rendimiento, en sus oportunidades y en su permanencia dentro de una actividad. Y para los padres, es el adulto al que le confían a sus hijos durante horas.", explicó.
Ghirardi explica que esa relación puede ser utilizada para generar confianza y, posteriormente, facilitar situaciones de manipulación.
Es una de las cuestiones que también obliga a mirar qué controles existen dentro de los clubes y qué sucede cuando una institución recibe información sobre una posible situación de violencia.
Cuando todavía no se puede poner en palabras
Stefanía tenía pocos años cuando comenzaron las situaciones que hoy reconoce como abusivas. En aquel momento no podía comprenderlas de la misma manera que lo hizo años después.
“Me llevó años ponerle nombre al abuso”, contó.
Entre los hechos y la denuncia pasaron años. Dejó el tenis, siguió con su vida y recién en 2019 pudo llevar lo ocurrido al ámbito judicial.
Ghirardi explica que esto no es excepcional. Un niño o adolescente puede no contar con las herramientas necesarias para identificar determinadas conductas como abuso y, en algunos casos, puede continuar con su vida e incluso sostener su actividad deportiva. La revelación puede aparecer mucho tiempo después, cuando la persona logra interpretar de otra manera aquello que vivió.
Por eso, explica la especialista, la ausencia de una denuncia inmediata no significa que una situación no haya existido ni que quien la atravesó haya podido comprenderla en ese momento.
Una cancha que dejó de ser un lugar seguro
En el caso de Stefanía, el daño no terminó cuando dejó de jugar al tenis. Años después intentó volver. Y descubrió que ya no podía entrar a una cancha de la misma manera.
Contó que tuvo ataques de pánico y que sentía que había perdido sus capacidades como deportista. El tenis, que había sido parte de su vida, había quedado asociado a una experiencia de violencia.
La recuperación de su autoestima como deportista fue, según explicó, incluso más difícil que reconstruirse como mujer. “Tuve que irme del ambiente del tenis”, contó.
Terminó encontrando en el pádel otro espacio para volver a disfrutar del deporte.
En esa reconstrucción aparece otra dimensión que permite entender el impacto de los abusos en el ámbito deportivo: no solamente pueden afectar a una persona, sino también quitarle temporalmente aquello que más le gusta hacer.
El silencio alrededor
Tanto el caso González como la historia de Stefanía vuelven a poner sobre la mesa el papel que tienen las instituciones.
En su relato, Lisa cuestionó el accionar de quienes, según sostuvo, conocían lo ocurrido y permitieron que Gallero continuara vinculado al ámbito deportivo. También relató que durante años sintió que debía enfrentar sola las consecuencias de haber denunciado.
El caso González, por su parte, volvió a generar interrogantes sobre los espacios en los que una persona denunciada por hechos de abuso puede haber desarrollado tareas vinculadas con niños y adolescentes y sobre las respuestas institucionales frente a esas situaciones.
Cada causa deberá determinar sus propias responsabilidades. Pero el debate que generan trasciende a los protagonistas.
¿Qué hacen los clubes cuando reciben una denuncia? ¿Qué protocolos tienen? ¿Quién escucha a un niño que dice que algo le incomoda? ¿Qué controles existen sobre quienes trabajan con menores?
Para Ghirardi, son preguntas que ya no pueden quedar relegadas.
El deporte necesita ser pensado también como un espacio de prevención, donde quienes trabajan con niños y adolescentes tengan capacitación y donde existan mecanismos claros para actuar ante una sospecha o una denuncia.
"El fallo de la justicia me permitió sanar"
La historia de Stefanía no termina con la condena a Gallero. La sentencia fue una instancia importante después de años de atravesar el proceso judicial, pero después de denunciar también tuvo que reconstruir vínculos, recuperar espacios y volver a encontrar una manera de disfrutar del deporte.
Hoy continúa haciendo actividad física. No volvió a ser la misma deportista que era antes. Tampoco busca serlo. Encontró otra forma de vincularse con el deporte y, sobre todo, otro lugar desde el cual sentirse segura.
Por eso, cuando el caso de Mario González vuelve a poner el tema sobre la mesa, la historia de Stefanía permite mirar más allá de la detención, la denuncia o una sentencia.
Permite preguntarse qué sucede con las personas después. Cuánto tardan en hablar. Cuánto les cuesta volver a confiar. Cuánto puede doler regresar al lugar que alguna vez fue su refugio.
Y también qué deberían hacer los adultos para que un chico que entra a un club con una raqueta, o una pelota encuentre siempre un espacio para aprender y crecer, y nunca un lugar del que después tenga que escapar para poder reconstruirse.

