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Una semana clave, con Máximo de incertidumbre

Serán cinco días definitorios para el tratamiento del acuerdo con el FMI mientras ni el oficialismo ni la oposición tienen definida una posición uniforme dentro de sus propios espacios. Ayer, el Presidente sorprendió al decir que "desprecia" al Fondo

Mientras los opuestos de las dos grandes coaliciones políticas del país curiosamente coinciden en plantear sus objeciones contra el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), los sectores ubicados más al centro y con mayor ánimo de dialogar y consensuar intentarán encontrar una salida a la encerrona dramática que vive la Argentina y que la pone al borde mismo del abismo. No son pocos los dirigentes y funcionarios que destacaron que no acordar con el organismos de crédito sería un salto al vacío, a lo desconocido. Acordar, en esa lógica, podría considerarse el mal menor.

No habrá en breve un escenario mejor al actual sea cual fuere la decisión; pero lo que debería quedar claro es que no lograr un acuerdo provocaría una crisis aún mayor.

Esto parece aún no ser percibido por sectores de la dirigencia que siguen con actitudes irresponsables y egoístas, enfocados sólo en la próxima contienda electoral, que será recién el año próximo. Este es un punto central: recién comienza un año sin urnas y favorable para resolver profundos problemas que vienen de arrastre y sobre los cuales difícilmente alguna de las dos fuerzas mayoritarias puedan quitarse responsabilidades. Más allá de que constantemente aseguran que el origen de los males está en la vereda del frente. Tal vez eso pueda ser parte del problema: no tener en claro qué cuota de responsabilidad le cabe a cada uno y menos aún admitir que muchos son parte de esos problemas.

El oficialismo repetirá que la firma no implica ajuste previsional, tarifazos ni ninguna mala noticia de las que habitualmente traían las recetas del Fondo Monetario.

Lo cierto es que a partir de hoy se desandará una semana clave y definitoria por el acuerdo con el Fondo Monetario y ni el oficialismo ni la oposición tienen aún cerrada una posición. Los extremos siguen buscando alguna fórmula que les permita no ser responsables de una supuesta caída en default ni avalar los ajustes que consideran que vendrán de la mano de la firma. Buscan un milagro en el que su decisión no tenga costos y sume beneficios políticos. No habrá en breve un escenario mejor al actual sea cual fuere la decisión; pero lo que debería quedar claro es que no alcanzar un acuerdo provocaría una agudización de la crisis que seguramente terminará con más costos para los sectores más vulnerables y medios de la población. ¿Qué pasaría con las escasas reservas del Banco Central? ¿Qué pasaría con las importaciones si las reservas se agotaran? ¿Y si las importaciones tuvieran que frenarse, qué ocurriría con los insumos y el capital de trabajo necesario para mantener en marcha fábricas de todo el país? ¿Y si las materias primas y maquinaria para el trabajo no llegan, que sucedería con el empleo? Son apenas algunas de las dudas que hoy existen, por ejemplo, en el sector industrial del país, pero también en muchos otros. ¿Y con la inflación? Una brusca devaluación, sin acuerdo, sería casi un hecho y eso implicaría al menos un fogonazo en la ya recalentada suba de precios. Las consecuencias sociales de eso son conocidas.

Lo curioso es que frente a ese abismo, como lo califican hasta funcionarios de la Casa Rosada, ayer el presidente Fernández volvió a sorprender con mensajes que parecen ir para la interna, pero sin reconocer la cabal envergadura de su rol al frente del Estado nacional. El mandatario dijo que “desprecia” al FMI. Aunque eso sea cierto, no parece oportuno en este momento gritarlo a los cuatro vientos cuando el organismo es quien está del otro lado del mostrador como acreedor de 45 mil millones de dólares y con la lapicera en la mano. ¿Qué busca con esas declaraciones el Presidente? La etapa de negociación en la que se muestran los dientes ya finalizó. Ahora los términos fueron escritos y aceptados por el Gobierno y por eso el Ejecutivo los envió al Congreso para que esta semana los apruebe Diputados. ¿Fue un mensaje para adentro, para ubicarse un poco más cerca de los que dentro de su espacio ocupan el extremo e intentan encontrar la fórmula del milagro? En determinados momentos de la historia no se puede estar en dos lados incompatibles al mismo tiempo. El Presidente debería sostener lo que envía al Congreso porque ya dijo que fue lo mejor que pudo lograr en la negociación con el FMI y hacerse responsable de lo que pase de aquí en adelante, y en primer término reunir la mayor cantidad de votos posibles dentro de su bloque. Los gobiernos no pueden elegir los problemas y encima están para solucionarlos, vengan de donde vengan. Y cuando un gobierno asume, asume con todas las dificultades que el anterior dejó, y las debe arreglar. Se supone que para eso fue elegido: porque el electorado entendió en su momento que era la mejor opción. Pero desde hace un tiempo, todos los gobiernos optaron por responsabilizar a los anteriores por las dificultades que les toca transitar. De los últimos mandatarios, ninguno pudo salir a decir que había arreglado los problemas estructurales heredados y por ende al final de la gestión terminan acumulándose como una bola de nieve. A Fernández le quedan 2 años de este mandato y posiblemente esta semana se juegue mucho de ese futuro.

Hoy el ministro de Economía Martín Guzmán irá nuevamente al Congreso (anoche estuvo allí con diputados del Frente de Todos para definir la estrategia para hoy, cuando se presente ante las comisiones a explicar los detalles del acuerdo). El oficialismo repetirá que la firma no implica ajuste previsional, tarifazos ni ninguna mala noticia de las que habitualmente traían las recetas del FMI. Sin embargo, muchas actitudes del propio oficialismo se encargan al menos de poner en duda esos mismos dichos.

Gonzalo Dal Bianco. Redacción Puntal