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Un amor sin límites: una pareja de Cabrera adoptó 3 hermanitos en Ucrania

Por años, María Eugenia Soave y Diego Torre aguardaron ser convocados en Argentina y darle un hogar a algún niño. Cansados de esperar, apelaron a la gestión internacional y desde hace 15 días son los papás de Nicolás (3), Maxim (6) y Yaroslav (8).

La voz de María Eugenia se oye plena, en paz, pero a su vez desborda de alegría y ganas de contar sobre su nueva vida. Es que desde hace algunos días en su hogar de General Cabrera todo es sorpresa, descubrimiento, ansiedad.

María Eugenia Soave y su esposo Diego Nicolás Torre lograron cumplir un sueño que venían persiguiendo desde hace tiempo: ser papás. Y fue en Ucrania donde lograron completar su proyecto de familia. Hasta allí viajaron en búsqueda de Nicolás (3), Maxim (6) y Yaroslav (8), tres hermanitos que vivían en un orfanato.

Fue después de esperar largos años inscriptos en el Registro Único de Adopciones en Argentina y sufrir la desazón de cada año tener que reactualizar las carpetas sin recibir convocatoria y enterarse allí que estaban en el lugar 400 para una posible adopción. Es así que decidieron indagar en otras oportunidades. Primero fue Italia y luego Ucrania los lugares que aparecían como posibilidades de lograr adopciones internacionales. Y finalmente lo lograron.

Adopción internacional

Ya instalados en General Cabrera y mientras los nenes duermen la siesta, la flamante mamá, María, cuenta a Puntal la experiencia, no sin antes aclarar que tanto a ella como a su esposo los moviliza el hecho de poder ayudar a otras parejas que transitan por situaciones similares.

“Yo empecé a ver por internet otras opciones. Soy ciudadana italiana  y empezamos a hacer el trámite, pero pasó que Italia es también burocrático como Argentina. No sabemos la carpeta dónde quedó, como que se fue demorando todo el proceso”, comienza a desandar la historia María.

En medio de la búsqueda, un dato acercado por un familiar que les envió la nota (periodística) realizada por Fernando Bonalumi -otro papá adoptante- sobre su experiencia en Ucrania abrió otra puerta de esperanza. “Me comuniqué con él y nos empezó a ayudar para armar la carpeta. Y dijimos por qué no intentarlo; si otras parejas pudieron, nosotros también”.

En medio se contactaron con Katerina, la facilitadora o persona que es el nexo entre las familias adoptantes y el gobierno ucraniano.

Una vez presentada la documentación, fue tiempo de esperar un llamado, una convocatoria. Y finalmente llegó. En junio pasado les avisaron a María y Diego que tenían una cita en Ucrania el 12 de junio. Fue todo una revolución prepararse para ese viaje, dejar ordenado el trabajo porque iban sin certezas, pero con muchas esperanzas. 

“Cuando llegamos nos mostraron las carpetas de niños. Hay muchos hermanitos,  nosotros teníamos la idea de adoptar hasta dos, pero a los hermanitos no los separan”. Luego siguieron detalles específicos de la salud, edad y demás datos de los chicos.

La pareja cabrerense se instaló en la ciudad ucraniana de Zaporiyia. Allí estaban el orfanato y dos de sus (hoy) hijos esperando.  “El más grande de los nenes estaba en otro lugar porque ya iba al colegio en la ciudad de Berdyansk, a 250 kilómetros de donde nos instalamos”, cuenta María.

A partir de aceptar a los niños, y a sabiendas de que no eran dos sino tres, fueron autorizados a visitarlos diariamente. Eran encuentros con una interlocutora, o bien utilizando el traductor de Google para entenderse. 

Antes de viajar María había tomado algunas clases de ucraniano, pero al llegar allí se encontraron que además los chicos hablaban ruso y hasta mezclaban los dos idiomas. “Era todo un lío. Pero por señas, juegos, nos entendimos desde el primer momento. Cuando los conocimos supimos que eran nuestros hijos”.

Instantes inolvidables

María asegura que la adopción fue un regalo de Dios y la Virgen. Lo reafirma diciendo que un día antes de su cumpleaños conoció a sus hijos y que su marido también lo hizo 10 días antes de dicha celebración.

Otro dato suma más emoción a esta historia: los dos hermanos más chicos no conocían al mayor y recién tomaron contacto una vez que fueron adoptados.

María aclara que los pequeños  fueron consultados sobre la adopción y que también los “aceptaron”. “Los veíamos dos horas por día a los más chicos, jugábamos, escuchábamos música y hasta hacíamos picnic en el orfanato”. Con el más grande se reunían una vez por semana.

Fueron largas semanas y meses de espera. El juicio de adopción se realizó luego de dos meses y finalmente el 19 de octubre llegaron la sentencia y el momento en que estos papás y sus tres niños fundaron la nueva familia. En un departamento en Zaporiyia comenzó la convivencia. “Éramos 5 extraños en ese momento”, admite.

Consultada la mamá sobre cómo fueron esos momentos y cómo se lleva la cotidianeidad, dice: “Para ellos todo es nuevo, todo los sorprende. Desde el momento en que se subieron por primera vez a un auto, viajar en avión, la moto que pasa por la calle. Todo es novedad, ver las fotos de lo que iba a ser su casa, todo”, asegura.

En medio del relato, María suma otra anécdota: “En el orfanato en el que estaban los dos nenes más chiquitos pasaban todo el tiempo aviones, porque está cerca del aeropuerto. Así que el día que subieron al avión no dejaron lugar por tocar”.

Fueron 17 largas horas de viaje desde Turquía a Buenos Aires. Pero antes, una hora y media entre la ciudad donde se encontraban hasta Turquía. Ya en Argentina, viajaron hasta Córdoba y en el aeropuerto esperaban tíos, abuelos, primos y amigos para la recepción.

Hace 15 días están en su nuevo hogar, en General Cabrera. “Comparten el cuarto porque iban a ser dos, pero son tres”.

El idioma del amor

Sobre la barrera idiomática,  esta orgullosa mamá afirma que no existe. “En casa les hablamos todo en español, salvo si en algún momento no los entendemos, y si ellos se ponen incómodos recurrimos al traductor”.

Es que mezclan el ucraniano con el ruso y el castellano. 

Nicolás, Maxim y Yaroslav están deseosos de aprender y no rechazan ningún desafío. “Se adaptaron rápidamente a nosotros, a la familia, a la comida. Son muy disciplinados y por haber estado siempre en orfanatos son organizados, se ayudan”, destaca esta mamá orgullosa.

Por el momento no hay muchos amigos en medio, pero llegada la temporada de verano María adelanta que irán a alguna colonia de vacaciones: “Para que se adapten más rápidamente y tengan sus amigos”. 

Y el año que viene, a la escuela. “Ya están inscriptos, uno en la sala de cuatro, el del medio en segundo grado y el más grande en cuarto”.

María y Diego se desempeñan en la empresa de la familia, pero es el papá quien ya volvió al trabajo. Mamá se quedó en casa a acompañar a los chicos, que necesitan de tiempo y companía. “Diego los llevó al campo, todo los asombra: los tractores, los perros”.

Por último, y sobre cómo fue tomada la noticia en General Cabrera, María precisa: “Mucho no habíamos comentado de todo esto, así que cuando la gente se fue enterando nos apoyó inmediatamente, nos acompaña y nos felicita”.

Feliz de la decisión tomada, María asegura que lo haría de nuevo.  “Es una experiencia dura, larga, pero hermosa. Digo que la Virgen fue la gran intercesora para que esto sucediera”.

Patricia Rossia

Redacción Puntal