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"Vengo a romper el pacto de silencio": el relato de Adriana Britos, hija de un represor

Hija del excomisario Hugo Cayetano Britos, participa en el juicio de lesa humanidad Di Santo/Gutiérrez y relató a Puntal recuerdos de la represión

Desde la primera audiencia de la megacausa Di Santo, que se desarrolla en Córdoba, Adriana Britos acompaña el proceso y escucha las declaraciones de los imputados. Su presencia está atravesada por su propia historia: es hija de Hugo Cayetano Britos, excomisario de la Policía de Córdoba condenado a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad en la causa por el asesinato de Ricardo Fermín Albareda.

Integrante de Historias Desobedientes, el colectivo que reúne a familiares de genocidas que repudian los crímenes cometidos por sus parientes, Britos busca romper el silencio que, según afirma, mantuvieron durante décadas quienes integraron el aparato represivo. Su testimonio está atravesado por recuerdos de la infancia, situaciones de violencia dentro de su familia y escenas que, con el paso de los años, pudo relacionar con los crímenes de la última dictadura.

“Vine desde la primera audiencia porque hay otra tanda del personal policial del Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba que efectivamente participó de los hechos de los cuales son acusados”, explicó. Aunque aclaró que no fue testigo directa de todos los delitos investigados, sostuvo que escuchó conversaciones y situaciones vinculadas con el accionar represivo.

Según relató, en su casa se realizaban reuniones de integrantes del D2, dependencia de inteligencia de la Policía cordobesa que tuvo un papel central en la represión ilegal. Su padre se había retirado como comisario de esa repartición y, durante su infancia, ella escuchó referencias a procedimientos que entonces no alcanzaba a comprender en toda su dimensión.

También recordó haber encontrado, cuando era chica, una caja con libros de guardia, sellos y documentación que llevaba la inscripción “estrictamente privado y confidencial”. En esos libros, aseguró, había listados de personas que luego eran quemados en el asador de su casa. Además, indicó que su padre habría ocultado otros documentos que todavía intenta localizar junto con su familia.

“Estos juicios tienen la necesidad de resarcir un poco a la sociedad y de ayudar con nuestro testimonio. Venimos los desobedientes a romper el pacto de silencio que celebraron nuestros padres genocidas”, sostuvo.

Recuerdos de una infancia atravesada por el terror

Britos contó que comenzó a cuestionar el accionar de su padre durante la adolescencia, con el regreso de la democracia y la aparición pública de los organismos de derechos humanos. Recordó que él reaccionaba con insultos cuando veía en televisión las rondas de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Para entonces, ella ya había escuchado en su casa conversaciones que vinculaba con secuestros y asesinatos.

Sin embargo, situó alrededor de 2008 el momento en que decidió dar un paso definitivo para romper con el silencio familiar y buscar a otras personas que atravesaran una experiencia similar. Así llegó a Historias Desobedientes, el colectivo de familiares de genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

Entre los recuerdos más estremecedores que compartió aparecen sus estadías durante las vacaciones en la Casa de la Dirección General de Hidráulica (conocida también como "Chalet de Hidráulica" o "El Embudo"), a orillas del Lago San Roque, un lugar que identificó como centro clandestino de detención. Allí, contó, llegó a observar un bote cubierto con una lona que contenía cuerpos, según pudo reconstruir posteriormente.

“Él decía que no fuéramos porque estaba el bulto. Después me entero de que eran cuerpos”, relató. También recordó una ocasión en la que se abrió la puerta de una habitación y pudo ver grilletes en las paredes y manchas de sangre. Cuando su madre le preguntó a Britos qué era ese lugar, él respondió, según su testimonio: “Ahí se ablanda hasta el más duro”.

La mujer afirmó que conserva fotografías de aquella época y que esos recuerdos forman parte de una historia que durante años permaneció dentro del ámbito familiar.

Las consecuencias de crecer en la familia de un represor

En diálogo con Puntal, Britos también se refirió a las consecuencias que aquellas experiencias tuvieron en su salud y en su vida cotidiana. Describió pesadillas recurrentes y juegos infantiles que, con el tiempo, pudo relacionar con las situaciones de violencia que escuchaba en su casa.

“Tuvimos estrés postraumático, porque a nosotros también nos hicieron daño”, expresó. Y agregó que su padre amenazaba a su madre y a sus hijas, que entonces eran menores de edad, para impedir que hablaran sobre lo que sucedía.

“Nos amenazó con que cualquiera que hablara o abriera la boca nos iba a quemar vivas”, recordó. Para Britos, la violencia que ejercía su padre dentro del hogar también dejó marcas profundas en su familia.

Su relato incluyó escenas de la vida cotidiana que contrastaban con la imagen que los represores podían mostrar fuera de los centros clandestinos. Recordó las reuniones alrededor de la mesa familiar, con integrantes de "la patota del D2", y a su padre sentado en la cabecera con una pistola sobre la mesa y una ametralladora guardada sobre un ropero.

También afirmó que su padre les disparó tanto a ella como a su madre, en un contexto de violencia extrema dentro de la vivienda.

Al evocar los procedimientos policiales de los que su padre hablaba al regresar a casa, describió una imagen que, aseguró, todavía conserva en la memoria: el olor a pólvora y sangre que percibía en su ropa, el mismo que asociaba con sus jornadas de caza.

“Ese mismo olor traía después de volver de sus tremendos allanamientos o tremendos procedimientos, como él les llamaba. Ese olor a pólvora y a sangre no me lo olvido más”, relató.

Romper el silencio antes de que desaparezcan los testimonios

Su testimonio adquiere especial relevancia en un proceso que busca establecer responsabilidades por delitos cometidos durante el terrorismo de Estado y reconstruir el funcionamiento del circuito represivo en Córdoba y el sur provincial.

Mientras escucha las declaraciones de los imputados, Britos vuelve sobre escenas de su infancia que, según explicó, reaparecen cuando se mencionan lugares como el D2 o las dependencias en las que estuvieron detenidas las víctimas. Frente a las negativas y los desconocimientos que atribuye a algunos de los acusados, insiste en la importancia de recuperar las pruebas y los testimonios que permitan reconstruir lo ocurrido.

“Hubo un plan sistemático de eliminación de personas, pero también hubo paralelamente cómo desaparecer las pruebas. Yo fui testigo de eso”, afirmó.

Como integrante de Historias Desobedientes, su presencia en el juicio busca aportar a esa reconstrucción desde un lugar singular: el de quien creció en el entorno de uno de los responsables de la represión y decidió cuestionar públicamente su historia familiar.

“Necesito ponerle fin a ese pacto de silencio”, resumió sobre la decisión que tomó hace casi dos décadas y que hoy vuelve a sostener desde las audiencias del juicio.