Sembrar sueños en el África, una misión riesgosa pero apasionante
En plena pandemia se cumplieron 30 años de que la historia de vida de la baronesa Karen Blixen llegara a la pantalla grande del cine. El relato se posa en la década del ‘30 en África. Una danesa casada con un primo segundo arriba a Kenia para llevar adelante un muy difícil emprendimiento: una plantación de café. Casi 90 años más tarde, desde el corazón de la provincia de Buenos Aires y las “pampas argentinas”, desembarcó en aquel continente Jorge López Menéndez, un agricultor nacido en Bahía Blanca con las mismas intenciones de Karen: apostar a la agricultura. El tiempo dirá si la audacia de este agrónomo que ya trabaja con casi 300 personas entre Sierra Leona y Ghana le vale algún largometraje como fue el exitoso África Mía que protagonizaron Robert Redford y Meryl Streep.
Jorge cuenta a Tranquera Abierta la difícil decisión de embarcarse en esa desconocida misión que de antemano se la sabía compleja. Cruzar el Atlántico rumbo al África para emprender como agricultor no aparecía como una empresa sencilla. Pero eso no le alcanzó y entonces agregó el objetivo de ir más allá e intentar sembrar futuro para la comunidad.
“Es algo que tenía dentro mío; yo estaba en Argentina trabajando, produciendo y sufriendo como todo productor argentino. Y un día un amigo de la facultad, de la nada, me dijo ‘esto es para vos’. Y era una propuesta de trabajo en Nigeria, una empresa que hacía consultoría. Y le dije que no, que no sabía por qué creía que eso era para mí. Pero se vé que me quedó el bichito. Después conocí a quien es mi socio hoy a través de mi hermano; él estaba en Sierra Leona con un proyecto de arroz. Y me fui por una consultoría de 20 días y hace 7 años que soy socio. Fundamos la empresa allá que lleva la tecnología a los productores de subsistencia. Creemos que África es el futuro y la estadística así lo dice. Hay 10 Argentinas para poner en producción.
¿Por qué?
Porque tienen las condiciones de suelo, de lluvia, de lo que imaginen para ser líderes de la producción mundial. Falta desarrollarlo porque el pequeño productor produce para vivir y muchas veces ni siquiera le alcanza porque tiene muy bajo nivel tecnológico, muy baja inversión, muy bajo acceso a mercados. Y ahí fuimos nosotros. La nuestra es una compañía que se llama Warc Group que además de buscar una ganancia, como toda empresa, nos guiamos por objetivos de Naciones Unidas que son 15 y nosotros elegimos 5 para trabajar.
¿Por ejemplo?
Por ejemplo el de combatir la pobreza, igualdad entre hombre y mujer en las posibilidades de trabajo, entre otras. Este último punto tiene que ver con que está demostrado que en África si una mujer accede a un beneficio económico o a un salario, el 70 u 80 por ciento va al hijo; en cambio si va al hombre llega sólo el 30 o 40 por ciento. Por eso si queremos trabajar para las próximas generaciones y que tengan posibilidades de futuro, es más fácil y eficiente ayudar a la mujer.
¿Sobre qué otro objetivo trabajan?
Luego sumamos el cuidado ambiental. Y en eso vamos con todo lo que tiene que ver con siembra directa, rotaciones, cultivos de servicios, que es todo lo que usamos en Argentina y por lo que a nivel mundial somos admirados. Por ahí internamente no es tan fácil que se entienda, por determinados fanatismos que se ubican lejos de la ciencia, pero tenemos una agricultura que cuida el ambiente y mira al futuro, con organizaciones como Aapresid que plantea que el suelo no es una herencia sino un préstamo de las próximas generaciones. Y eso lo tenemos muy asimilado en el país y está bueno llevarlo a otros lugares.
¿En qué consiste el trabajo con los productores africanos?
Le damos herramientas al pequeño productor para que produzca como uno de Estados Unidos, Argentina o Brasil, con un montón de propuestas que además cuidan el ambiente y que apuntan a sacarlos de la pobreza. Que en vez de 500 kilos de arroz empiecen a obtener 3 o 4 mil kilos y eso les de la posibilidad de no depender de nadie. Estamos con este proyecto en Sierra Leona y en Ghana.
¿Son los dos lugares en donde están hoy?
En esos dos lugares tenemos permanentemente equipo, maquinaria y campos. Y después hacemos consultoría en varios países más. En Sierra Leona hace 7 años que estamos y 2 en Ghana, dos países muy distintos, pero el desafío está muy bueno en los dos. Sierra Leona es uno de los países más pobres del mundo, y Ghana es la princesita de west-África, el país que mejor está haciendo las cosas con 27 años de estabilidad, muy abierto a inversiones extranjeras. Por eso se ve otro panorama mucho mejor y están unos 10 pasos más adelante, aunque todavía con un montón de problemas.
¿Y cómo es el proceso de trabajo?
Nos adaptamos a cada situación. Pero en general vamos a un lugar, hacemos un campo de entrenamiento, con 100, 200 o 300 hectáreas según el proyecto, tomamos empleados del lugar y les enseñamos a operar la siembra directa, el tractor nuevo, la cosechadora, la pulverización, el uso de herbicidas. Los capacitamos un año y luego van ellos y dan el servicio a los demás. Y alrededor de esas hectáreas les ofrecemos a todos en crédito lo mismo que usamos en nuestro campo: el híbrido, fertilizante, maquinaria, capacitaciones y les hacemos nexo con mercados que les pagan mejor su producción. Y ahí se genera una sinergia en el que todos ganan. A partir de ese momento, depende de cada uno el ritmo de crecimiento.
Buscan que escalen y salgan del autosustento...
Nosotros no creemos en eso que venden tan románticamente como agricultura familiar y de subsistencia. Eso es pobreza. Yo no los quiero ayudar a que sigan siendo pobres. Venimos a plantear algo disruptivo con recursos, herramientas y capacitación para que lo puedan hacer. Pasamos de alguien que tiene que ver qué come cada día a otro que comienza a tomar decisiones empresariales. En el medio hay mil problemas, pero es nuestro objetivo. No queremos ser una aspirina. Y nos encontramos con el planteo de que lo vienen haciendo hace 100 años, pero vemos esto como un cambio que lógicamente genera sus dudas.Pero por eso partimos del campo de entrenamiento que es donde corremos el riesgo nosotros y donde ellos pueden ver cómo se trabaja y los resultados.
¿Ese primer paso es el más difícil?
Sí, es la barrera más grande. Es gente que viene por generaciones haciendo lo mismo, con expectativas de vida muy bajas, que ven en muchos casos la muerte de sus hijos. Ellos tienen esa hectárea o dos y producen sus 400 o 500 kilos de arroz y plantearles un cambio es difícil. Tienen eso seguro, más allá de que por ahí no les alcance. Pero se entiende esa duda, porque además de esa decisión depende la alimentación de toda su familia. La segunda barrera es que se trata de una población con escasa educación, muchos no saben leer y escribir, y entonces todo lleva mucho tiempo. Hay que tener la paciencia para explicar y entenderlos. No se trata de imponer, sino de mostrarles otro camino mejor y que lo adopten. Yo no soy la Madre Teresa, yo voy con un proyecto que los incluye y les da la oportunidad pero la decisión es de ellos.
¿Y la Argentina?
Se extraña Argentina porque además la revolución agrícola que vivió el país dependió de mucha gente, de muchas comunidades. Soy agrónomo y tenemos nuestra cuota parte, pero sumemos al contratista, a los innovadores del interior. Hoy en cualquier lugar del país tenés un contratista que sabe más que yo de sembradoras, sabe regular la máquina, hay estudios de suelo, de lluvia. Y de todo eso en África no existe nada. No hay información ni contratista, ni nada. Entonces sos menos eficiente allá. Y además nuestra idea es que ellos lo aprendan y por eso los subimos a máquinas con un montón de tecnología. También es el desafío que te atrapa. Y empezamos a llevar jóvenes que trabajan en Argentina, recién recibidos; tenemos convenios con Aapresid, con la UBA, llevamos contratistas. Pero necesitaría muchos más. Son cosas que en Argentina ni pensas, como al romper un bolillero que te detiene el trabajo unas horas; allá tal vez tenés la máquina parada un mes o más. Los insumos los tenés que tener 6 meses antes.
Mencionabas el arroz, ¿pero qué cutivos incorporaron?
Todos. Nombré mucho el arroz porque Sierra Leona es el segundo país del mundo en consumo, comen 220 kilos por habitante por año frente a los dos kilos de Argentina. Comen arroz todo el día; si no lo hacemos nos echan! Y la condición ambiental da muy bien para arroz, pero estamos probando todo: girasol, maíz, soja, poroto, mijo, sésamo. La idea es producir todo el año y no sólo arroz. Para eso hay que diversificar. En Ghana hay mucho consumo de maíz y es la base de su dieta. Introdujimos soja, poroto, sésamo, mijo, y todo lo que demanda el mercado y tenga oportunidad. La rotación es todo para nosotros y más si querés hacer una cultura regenerativa. La idea es tener rotación porque es clave en siembra directa. Ahora vamos a hacer unas pruebas con maní con gente de Córdoba.
¿Cuánta gente trabaja con ustedes?
En Sierra Leona son más de 200 personas las que trabajan con nosotros y en Ghana estamos en más de 70, locales y extranjeros. Tenemos presencia de muchos países y eso enriquece mucho el proyecto. Tenemos australianos, rusos. Tuvimos de Pakistan, de Birmania.
Argentina por ahora es de visita porque creo que me quedan muchos años más allá y lo elijo contento, como un gran desafío. No es todo color de rosas pero lo sigo eligiendo hoy. En total estoy más o menos dos meses en Argentina y 10 meses en África. Estoy mucho allá y me gusta.