Espectáculos Alaniz |

El fuego sagrado

La notable pianista Teresita Alaniz ofreció una más de sus bellos conciertos con el marco acariciante de su casa de Alpa Corral.

Teresita Inés Alaniz es una de nuestras grandes artistas, aunque su nombre no suene profusamente en los oídos acostumbrados a la música de masas, e incluso repique menos de lo merecido en los MCM. 

Bastaría con repasar el curriculum que verifica una de las trayectorias musicales más destacas en el plano internacional de todos cuantos músicos han surgido de estas tierras. 

Hete aquí que desde hace un par de años, ha aparcado su periplo europeo por razones de salud y se ha aposentado en un bello caserón que posee desde hace mucho tiempo en Alpá Corral. 

Y es allí, en ese enclave bello y con algo de idílico, que se la ve aparecer , con dificultad pero ayudada por manos  amigas, rumbo al piano, ese universo  en el que, desde casi siempre, brilla con rara intensidad.

Está a punto de comenzar su XI concierto, que sostiene entre idas y venidas al Viejo Mundo, como un rasgo de calidez y agradecimiento con ese entorno que no siempre la aprecia como es debido. 

Pero tiene sus seguidores, sus  admiradores, quienes la arropan en cada oportunidad en la que se dispone a  ejecutar ese tributo que también lo es a sí misma, a su amor de siempre, al instrumento y la música. 

Alcanza con que haga sonar los primeros acordes de la Polonesa N° 1 op. 26 para que por los caminos apasionados de Chopin se vaya deslizando su propia pasión, esa que la alumbra y la sigue alumbrando. 

Después, uno de los puntos altos de la noche la interpretación de la famosa, hermosa y muy intepretada “Sonata N° 1 op. 2 en Fa menor de Beethoven, en la que brilla la capacidad de Teresita para entrelazar los estados de ánimo oscilantes, en la complejidad armónica que ofrece la pieza. 

El juego equilibrado e imaginativo de Alberto Ginastera y su “Rondó sobre temas infantiles argentinos” que llama a tararear los segmentos identificables sobre los que se requiebra en gran compositor argentino y la interpretación de tres de las “Doce danzas españolas” de Granados, brilante la prestación en “Andaluza”, di ó  paso al segundo gran momento del concierto.

El famoso “Sueño de amor: nocturno N° 3 en la bemol mayor” de Liszt, con esa cadencia melódica envolvente y ese continuo que pide matices para expresarse, se llevó por delante el silencio y el toque sensible de la pianista soltó el aplauso.

Despúes tres temas de “La Siesta” de Guastavino, y tres bieses, entre los que la maravilla llegó de la mano de la interpretación de un bellisimo vals Debussy, para completar ese esplendoroso momento musical producto del talento de una pianista que, a pesar de los pesares, mantiene el fuego sagrado. 

Ricardo Sánchez