Nacionales | alarma

Alarma por el costo de los medicamentos: cada vez más jubilados suspenden tratamientos por falta de cobertura

Por la suba constante de los precios y la reducción de coberturas del Pami, cada vez más jubilados se ven obligados a suspender o modificar tratamientos médicos esenciales. La compra de medicamentos se ha vuelto insostenible para quienes cobran la mínima, y muchos optan por reemplazar fármacos recetados por versiones genéricas más económicas o directamente dejan de tomarlos.

Los jubilados, con haberes retrasados porque quedaron rezagados con respecto a la inflación.

 

Cuando ya no alcanza la jubilación mínima para cubrir siquiera la medicación diaria, el problema deja de ser económico y se vuelve existencial. Marta, una jubilada de 72 años, lo resume con una frase que resuena como un grito calmo: “Es de vida o muerte lo que tengo que tomar”. Es diabética, tiene un stent y una arteria tapada. Hasta hace poco, el PAMI le cubría todo. Ahora, paga cerca de 50 mil pesos por mes por sus remedios. Cobra la mínima. Y sobrevive gracias a la ayuda de sus hijos. Su testimonio no es el único. Es parte de una realidad extendida: una trama de vulneraciones donde la vejez se vuelve un campo de batalla contra la desprotección, el miedo y la soledad.

Para el Dr. Carlos Presman, médico gerontólogo y ex director del PAMI, la situación actual de las personas mayores en Argentina es “absolutamente crítica” según declaraciones a diario Puntal. Lo dice con serenidad, pero también con la contundencia de quien ya no puede callarse. Presman renunció a su cargo como director de la obra social cuando la deuda acumulada del organismo con las farmacias y proveedores volvió insostenible el funcionamiento en el 2002. Pero su renuncia fue también un gesto político: una forma de decir “esto así no se puede seguir”.

Lo que antes era cobertura integral, hoy se transformó en recorte silencioso. Según él, “el dinero escaso de los adultos mayores se destina a la supervivencia: alimentos, impuestos, vivienda, abrigo”. La salud queda relegada, como si pudiera esperar. Como si pudiera adaptarse a las cuentas del mes. Los tratamientos se ajustan no a criterios médicos, sino a la billetera. Muchas personas mayores dejan de tomar medicamentos. O los reemplazan por genéricos más baratos, aunque no siempre igual de efectivos. O empiezan a tomar una pastilla día por medio, en vez de todos los días. O directamente se resignan.

En las farmacias ya no sorprende esta conducta. “Cada vez más jubilados preguntan por opciones más económicas. Antes era ocasional, ahora es constante”, dice Martín Pereyra, farmacéutico del barrio General Paz. Medicamentos para la presión, la diabetes, el corazón, la depresión. Nada escapa al ajuste. Según las cámaras del sector, los precios aumentan entre 5 y 7 % cada mes. En lo que va del año, los incrementos superan el 70 %, con medicamentos que duplicaron su valor en apenas unos meses. Y mientras tanto, la jubilación mínima sigue inmóvil frente a la inflación.

Presman habla con datos, pero también con humanidad. Señala que en 2024 se registró un exceso de muertes entre personas mayores que, según los informes oficiales, alcanzó niveles similares a los que se vieron durante el peor momento de la pandemia de COVID-19. Pero esta vez, no hubo un virus como causa principal. “Eso que muchos vivimos como una sensación, la angustia de no llegar a fin de mes, de no poder comprar comida o pagar un medicamento, se refleja en algo muy concreto: más muertes entre personas mayores”, advierte ante Puntal. La diferencia, subraya, es crucial. Mientras que en 2020 la tragedia fue provocada por una crisis sanitaria global, en 2024 la crisis es el resultado de decisiones económicas que impactan de forma selectiva. “Acá hay sectores que se benefician. Se bajan las retenciones a grandes grupos económicos, mientras se recorta en el sector previsional. Se castiga a los jubilados. Eso es discriminación” sostuvo.

La política, sostiene, dejó de mirar a la vejez como una etapa a proteger y empezó a verla como un costo a reducir. La frase del presidente Milei, al referirse a los mayores como “viejos meados”, sintetiza esa mirada de desprecio. No es solo un exabrupto. Es una señal. Y detrás de esa señal, vienen las políticas: restricciones en el ingreso al sistema previsional, eliminación de coberturas, degradación de derechos adquiridos. Se trata, en palabras de Presman, de un “ajuste con carga simbólica”: no solo se recorta el gasto, también se descalifica a quienes lo necesitan.

La deuda del PAMI con las farmacias en Córdoba alcanzaba, en 2024, los 12.000 millones de pesos, lo que amenazaba la atención a jubilados en varias localidades. En paralelo, las ventas globales de medicamentos cayeron en ese año en unas 60 millones de unidades. Más específicamente, la compra de medicamentos por parte del PAMI se redujo en un 22 %, equivalente a 3,7 millones de remedios menos adquiridos; además, entre octubre y diciembre de 2024 se registró un descenso del 32 %, es decir, 6,4 millones de unidades menos. La caída es doble: menos compra, menos acceso. El resultado es una salud en retirada. Una medicina que se aleja. Un Estado que abandona.

Presman no es apocalíptico, pero sí firme. Describe el presente con palabras que no buscan alarmar sino sacudir: “Este aislamiento, este miedo conjugado con la soledad, son factores de riesgo para la enfermedad, para la patología, para el acortamiento de la vida”. Y agrega: “Nunca vi una situación igual entre los adultos mayores. No solo por las dificultades económicas, sino por el nivel de desesperanza. Porque no hay nadie diciendo que esto va a mejorar. No hay estrategias de contención. No hay una mirada de futuro. Solo incertidumbre”.

La medicina, para él, es también un acto de justicia. Un modo de reparar. Y cuando esa reparación se niega, lo que se rompe no es solo un sistema sanitario, sino el pacto básico entre generaciones.

Y así volvemos a Marta, que cuenta sus pastillas una por una como si fueran monedas. Que calcula, cada mes, cuánto puede estirarlas. Que le agradece a sus hijos la ayuda, pero no puede evitar la culpa. Que sabe que sin sus medicamentos, no hay margen para resistir. Y que, como tantas otras, no pide milagros. Solo la posibilidad de seguir viviendo.