Alejandro Bazán: "Mi objetivo era sacar chicos de la calle y de la droga formando una cooperativa"
Recuperadores Urbanos Río Cuarto es una cooperativa de trabajo que se encarga de limpiar la ciudad recolectando plástico, cartón, papeles, metales y vidrio. La organización empezó con la idea de ayudar a las personas desempleadas ofreciéndoles un trabajo y con ello una forma digna de tener comida en su mesa.
Alejandro Bazán es el impulsor de esta organización y su presidente. Es un hombre de unos 55 años que recorre las calles de Río Cuarto en su motocarga de color rojo recolectando la basura de la ciudad. Se presenta como un hombre sencillo y amable. Viste un gorro de lana color negro que tapa su frente y sus orejas, apenas deja ver sus cejas negras que contrastan con una barba blanca de unos 7 días. Los pómulos rojos y brillantes por el frío resaltan la expresión de sinceridad en su rostro. Sus ojos marrones brillan como si estuviese al borde de las lágrimas de la emoción y saluda sonriente.
Bazán es la tercera generación de cartoneros y cirujas de su familia. “De chico dormía en los basurales, mi papá se crió en un basural junto con mi abuelo y yo igual. Después con mis padres cavamos un pozo en una barranca y vivíamos ahí. Estuve dos años y medio durmiendo en dos cubiertas de tractor, habíamos atado un nylon que nos cubría y esa era nuestra casita” cuenta con nostalgia.
Cuando lograron salir del basural, estuvieron muchos años viviendo en la calle, en casas de amigos o buscando resguardo de la noche en algún reparo de la ciudad. Alejandro pudo comenzar la carrera de Veterinaria, entonces, al mismo tiempo que estudiaba, “cirujeaba”. “Después a mi padre le dieron una casita y seguíamos trabajando hasta que a mi papá le cortaron las dos piernas por la diabetes, mi mamá tuvo dos ACV y yo tenía que cuidarlos. Tenía tres hermanos pero se fueron y nos dejaron solos”. Desde ese momento, Alejandro tuvo que dedicarse únicamente a trabajar y ayudarlos, teniendo así que abandonar la carrera universitaria en sus últimos años.
Ya de adulto sufrió la pérdida de sus padres y la separación de su primera esposa, quien lo abandonó y se fue con sus hijos sin dejar que tengan contacto con su padre, solo le pedía la cuota de mantención.
Pero esto no detuvo las ganas de querer salir adelante y luchar por tener una vida digna con derechos, que cualquier persona debería tener, educación, salud, un techo y un plato de comida.
“Mi objetivo era sacar chicos de la calle y de la droga, encaminarlos y formar una cooperativa porque yo veía muchos chicos que tenían hambre y no tenían comida”. Así nacía la idea de “Recuperadores”.
En la esquina de Mártires Riocuartenses y Luis Reinaudi se encuentra el predio donde trabaja la Cooperativa. Un sitio que ocupa casi la cuadra completa. Entrando por un portón de dos alas, lo primero que se ve son cuatro grandes galpones con paredes blancas y techos de chapa. Camionetas algo deterioradas, carros, montañas de cartón tapadas por nylon.
El sitio estaba abandonado cuando lo encontró Bazán junto con su segunda esposa. Empezaron a amontonar cartones en los galpones abandonados que había en el lugar y dormían ahí para que no se los roben. Cuando el dueño del lugar se enteró tuvo varias negociaciones con Alejandro, hasta que llegaron al acuerdo de alquilar el sitio, a un precio muy bajo a cambio de que cuidaran el lugar y lo mantuviesen limpio.
“A veces prendíamos fuego afuera o adentro si hacía mucho frío. Y de a poco empezamos a progresar. Yo siempre quise salir adelante y gracias a Dios tuve muchos estudios”, cuenta Alejandro.
Luego de mucho trabajo, comenzaron a reclutar chicos que quisieran trabajar y tener un sueldo digno. Consiguieron la primera motocarga gracias a la Asociación “Amigos de Río Cuarto”. Estuvieron presentes en el Encuentro Internacional de Recicladores que se realizó en Buenos Aires, en donde Alejandro fue disertante y se convirtió en el primer recuperador de Río Cuarto en recibir un salario por limpiar la ciudad.
Formar la cooperativa seguía siendo un trabajo difícil, se necesitaba mucho capital económico para poder tener un abogado y toda la documentación necesaria. Hasta que pudieron vender muchos kilos de papel de la oficina de un abogado y con eso pagarle para que comience con el papelerío correspondiente.
“Llegué a tener 60 personas. Hicimos una huerta, pintamos los galpones, limpiábamos, salíamos a cirujear. Conseguimos semillas del Inta y regaderas donadas. Les enseñé a leer, escribir y los números, porque no conocían la plata. Lunes trabajábamos y martes venían a estudiar. Conseguimos una computadora. La mejor arma del mundo es tener una lapicera en la mano”, apunta Alejandro.
Hoy en día hay alrededor de 12 personas trabajando en la cooperativa. ¿Qué pasó con las demás? Cuando el gobierno nacional puso a disposición de la cooperativa cerca de 60 tarjetas, es decir, 60 salarios para que trabajen limpiando la ciudad “había gente que les dabas la tarjeta en la mano, se iban y no venían más a trabajar. Entonces después de un tiempo empecé a dar de baja todas las tarjetas de las personas que no venían. La palabra de Dios dice te ganarás tu salario con el sudor de tu frente”, cuenta Alejandro y agrega: “Había una chica que venía y yo la quería mucho, pero empezó a vender droga acá. Así que la tuve que correr”.
Los trabajadores
Es plena primavera pero el cielo está gris, la llovizna y la neblina no dejan ver a lo lejos. Se siente un frío húmedo y gélido, como si fuera invierno. Un frío de los que sólo se les puede hacer frente con un plato caliente de comida y estando cerca de un calefactor. Pero en el hogar de Emiliano Murúa, el viento helado se mete por las grietas que hay entre las paredes y el techo, no hay calefactor y no hay plato de comida, sólo unos mates para engañar el estómago.
El lugar es uno de los galpones que estaba abandonado y que forman parte de la cooperativa. Ahí Emiliano tiene su cama con patas de ladrillos, la cual tiene que mover de lugar cuando llueve para que no se moje, al lado un escritorio con una computadora. Un sillón con un gran agujero en el medio, dos o tres alacenas de madera. Muebles reciclados de seguro. Y un caloventor eléctrico que apenas emana temperatura pero no alcanza para pasar el frío cruel que entra en el lugar.
Emiliano es uno de los trabajadores de la cooperativa que vive en el lugar y uno de los cuales Alejandro pudo ayudar.
“Había sacado 9 chicos de la droga. Un hombre que tuvo 5 intentos de suicidio porque su esposa se fue y lo dejó con sus hijos chiquitos y me decía: ‘Yo no sirvo más para nada’. Otro hacía 9 años que vivía abajo del puente cerca de Estudiantes y después del Juan Filloy. Estaba sumido en la droga. También vino acá”, recuerda Bazán y agrega: “Fue difícil. Muchos de los que traía a trabajar se tomaban 20 pastillas con vino, se fumaban 12 cigarros de marihuana, 2 o 3 gramos de droga”.
Otro de los trabajadores de la cooperativa es uno de los hijos de su fundador, que ya de adulto buscó la ayuda de su padre para salir adelante. “Yo tengo tres hijos, que cuando me separé de la mamá no me dejó verlos más. Tribunales no hizo nada, pero yo siempre les pasaba plata, tenía que cirujear como loco. A los 8 años uno de mis hijos empezó a consumir. A los 19 años viene y me dice: “Papi, quiero salir de la droga, ayúdame, tengo un bebé que hace una semana no toma leche porque me gasto la plata en droga”. Y empezó a trabajar conmigo”, recuerda Bazán.
El modo de trabajo
Los trabajadores recuperan por toda la ciudad cartones, papeles, diario, vidrio, chatarra, muebles y tarimas que deben vender a chacariteros que pagan muy poco por muchos kilos de basura y por ende, por muchas horas de trabajo. “El plástico es el que más trabajo nos da. Porque hay que clasificarlo y no todo es el mismo: la lavandina, el detergente y el shampoo van para un lado. Las botellitas donde viene ahora la leche y las botellas de aceite van a otro lado. La retornable para otro lado, las tapitas para otro diferente. Botellas verdes van para otro lado”, cuenta Alejandro. Otro problema del plástico es su volumen, si contaran con una máquina picadora, siete bolsones de botellas que arman, se podrían convertir en uno, lo que implicaría menos viajes para venderlos y, por ende, menos combustible para gastar.
El cartón lo debe vender afuera de la ciudad porque la chacharita paga $ 23 el kilo y afuera $ 50. El plástico la chacharita paga $ 52 el kilo de botella blanca, son unas 24 botellas. La chatarra $ 17 el kilo, afuera pagaban $ 35 el kilo.
“Nosotros no podemos llevar directo a la fábrica porque no podemos esperar todo el mes para juntar el papel que nos piden por contrato, porque nosotros tenemos que vender y tenemos que comer. El cobre acá lo pagan $ 3.000, en Buenos Aires $ 7.500. El aluminio acá $ 180, allá a $ 700. Si querés venderlo, véndelo, sino deja que los chicos sigan comiendo de la basura. Nosotros seguimos así, un chico durmiendo acá en este galpón, hay veces que no tenemos para comer, tomamos unos mates y así estamos. Por lo general hacemos una comida al día”, cuenta con enojo Alejandro.
“Nosotros los cirujas recolectamos el 25% de la basura de Río Cuarto. Hay que andar todas las noches frío, viento, lluvia, lo que sea hay que salir. Acá si ganamos 60 mil pesos tenemos 100 mil pesos de gastos, luz, combustible”, comenta, pero ya no enojado, baja la mirada y agrega: “Me da vergüenza decirlo, pero hay veces que comemos cosas de la basura”.
El medioambiente
La cooperativa tiene dos grandes objetivos, ayudar a que las personas tengan un trabajo y un sueldo, brindando contención a quienes lo necesiten por un lado y por otro limpiar la ciudad, ayudar al medioambiente.
“Yo hice la cooperativa para que los chicos se sientan contenidos y la contención no se brinda con un bolsón de alimentos”, remarca Alejandro.
No hay que dejar de lado, además, las enfermedades a las que se exponen cada día estos trabajadores al manipular constantemente la basura sin ningun tipo de protección.
“Todos los días estoy expuesto a enfermedades, todos los días estoy alzando perros muertos, jeringas, aguja, bolsas con todas las enfermedades. Ni guantes tenemos. Yo quiero al planeta, quiero a los animales, a los gatos, a los pajaritos, a la planta esta que está en el patio y que me da sombra y me refresca en el verano. Lo quiero”, dice Bazán
“Trabajamos para limpiar Río Cuarto. Amamos Río Cuarto. Tenemos que cuidar el ambiente entero. Nuestro planeta se muere con el plástico. El día que todo esto se caiga, que no haya más una planta, ni un animal y que no tengamos nada para sembrar se van a dar cuenta de que el dinero no se puede comer. Ya no quedan plantas, hay calentamiento global”, concluye Alejandro.